El primero, el Grand Old Party (GOP), se articuló a partir de la década de los 80 sobre el fusionismo de Frank Mayer, el pensador político más importante de la segunda mitad del siglo XX porque su influencia se ha extendido a toda la derecha mundial. Su teoría fusionaba conservadurismo social con liberalismo económico. Este planteamiento permitió a los Republicanos convertirse en una gran coalición que agrupaba a la Derecha Cristiana, los libertarios de clase media alta y alta, los sectores moderados y los paleoconservadores pacifistas, contrarios a las aventuras exteriores. Gracias a esa coalición, Ronald Reagan pudo alcanzar la presidencia en 1980. Sin embargo, a partir de ese momento, el establishment del partido –integrado por conservadores blancos de clase alta– puso en marcha un proyecto político definido por los siguientes postulados: desregulación de la economía y apoyo al proceso de globalización, reducción de impuestos en favor de las rentas más altas, disminución del gasto social, política exterior agresiva e intervencionista que favorecía a las grandes empresas del sector con programas de armamento enormes y una superficial retórica cristiana que, sin embargo, mantuvo el derecho al aborto. El resultado fue que este programa solo beneficiaba a un sector de los votantes del partido, los libertarios, partidarios de la reducción de impuestos, de la desregulación económica y de la globalización. Sin embargo, el resto de los grupos que integraban la coalición Republicana vio cómo sus intereses no eran satisfechos por este partido
El segundo, el Demócrata. Este partido se configuró durante la presidencia de F. D. Roosevelt (1932-1945) sobre la “Coalición New Deal” –integrada por los blancos del Sur, las minorías étnicas y religiosas, los sindicatos, los trabajadores, los intelectuales y la población de las grandes ciudades–, que le había permitido dominar la Presidencia durante veintiocho años entre 1932 y 1963. Durante este periodo se estableció el sistema impositivo más progresivo del mundo –con un tipo máximo del 91% para las rentas superiores a los 400.000 dólares (3.500.000 de 2023) en 1963–, que permitió construir una red de servicios públicos sin igual en el mundo de la que se beneficiaron las clases bajas y medias, cuyo nivel de vida era el más alto del planeta, y que se mantuvo durante la Presidencia de D. D. Eisenhower (1953-1960), un republicano New Dealer. Sin embargo, durante la presidencia de L. B. Johnson (1963-1968) esta coalición fue destruida como consecuencia de dos hechos. El primero, la aprobación de Civil Rights Act (Ley de Derechos Civiles), el 2 de julio de 1964, que puso fin al sistema de segregación racial en el Sur. A partir de esta norma, los blancos de esta región, mayoritariamente conservadores y antaño fieles votantes demócratas, comenzaron a pasarse en bloque al republicano. El segundo, la Great Society de Johnson que auspició numerosos programas de acción afirmativa (discriminación positiva) en favor de las minorías. Esta política enemistó a los demócratas con los blancos pobres –no incluidos en estos programas–, lo que supuso que muchos de ellos abandonaran el partido. Este cambio se ha demostrado irreversible y actualmente el Partido Demócrata esta formado por una coalición multicultural de blancos progresistas y de alto nivel adquisitivo, negros y latinos, con sede en las grandes ciudades grandes y diversas, en la que prima la defensa de la globalización, el cosmopolitismo y que incluso vincula el nacionalismo y el patriotismo con el racismo y el fascismo.
Estas transformaciones de los dos grandes partidos han afectado a toda la sociedad estadounidense, pero más concretamente a un grupo de enorme importancia que ha quedado completamente fuera del sistema político: los trabajadores blancos de clase baja y media, que abandonaron el Partido Demócrata a partir de los años 60 al no identificarse con sus políticas de afirmación positiva y que se inclinaron a partir de entonces por el Republicano, con el que se identificaban por sus valores conservadores. Sin embargo, la apuesta de este partido por la globalización, su no oposición a la deslocalización empresarial y a la inmigración ilegal, que les afecta especialmente porque los migrantes se convierten en sus competidores en el mercado laboral y en sus vecinos, su política de bajada masiva de impuestos que ha afectado a los servicios públicos esenciales, como la educación, o su oposición a cualquier sistema de sanidad pública (el tipo máximo impositivo bajó con Reagan al 28%, aunque actualmente es del 37%) ha provocado que este sector social tampoco se identifique con el GOP.
En esta situación de progresiva desorientación, que afecta a la política estadounidense desde comienzos del siglo XXI, apareció la figura de D. Trump. Resulta evidente que se trata de un personaje poliédrico con múltiples aristas, con una imagen claramente “machista”, que tiene una visión escéptica sobre el cambio climático, que rechaza las energías alternativas y que no ha dudado en utilizar las redes sociales para lanzar Fake News, en poner en tela de juicio instituciones centenarias y en recurrir a teorías conspirativas. Pero también ha demostrado ser un hábil político capaz de elaborar un programa con el que se sienten identificados importantes sectores de la sociedad norteamericana porque apela tanto a la derecha dura como a los votantes cuyos intereses económicos, en décadas pasadas, los habrían clasificado como moderados de centro izquierda. Sus principales bases son:
Política Interior
Política Exterior
Política Económica
Este programa político fue el que le llevó a la victoria en 2016, gracias al voto del electorado blanco (65% del total) y, dentro del mismo, del 72% de los hombres y el 62% de las mujeres sin estudios; y del 54% de los hombres y el 45% de las mujeres con estudios, que viven en pequeñas ciudades (menos de 50.000 habitantes) y en zonas rurales, donde consiguió el 62% de los votos. Esta masa de la población norteamericana incluyó a los sectores que han apoyado tradicionalmente al Partido Republicano, pero también a otros grupos que optaban por los Demócratas, como los trabajadores de los Estados industriales del Nordeste. En 2023 siguen apostando por Trump porque sus demandas no han sido satisfechas por J. Biden y no se ven reflejadas en los programas de los otros candidatos Republicanos, que siguen vinculados con el establishment del partido y el fusionismo de Meyer, bien que algunos, como el gobernador de Florida Ron DeSantis, lo barnicen con una fuerte retórica religiosa cristiana.