Recientemente hemos asistido a una tragedia anunciada. Un batiscafo, botado por algún magnate, con la idea de conseguir un récord de descenso a las profundidades oceánicas, ha implosionado acabando con las vidas de los ocupantes.
La expedición era tan arriesgada que hace pensar en su motivación. ¿Por qué alguien que lo tiene todo, apuesta su vida por conseguir esa pasajera notoriedad?.
También, recientemente, hemos conocido el lanzamiento al espacio de otro caprichoso al que le han organizado un oneroso “yo he sido el primero”. Reflexionando sobre ello me asaltan, inmediatamente, las imágenes de esos expedicionarios, “haciendo cola” para alcanzar la cumbre del Himalaya. Arriesgan, también, sus vidas, por poder alardear de haber culminado esa prestigiosa hazaña a pesar de que, este siniestro empeño, está ya en las ofertas de las Agencias de Viajes.
Y pensando más sobre ello me asombro de las “hazañas” que el ser humano es capaz de emprender para intentar destacar de la masa y adquirir notoriedad. Y no llego a comprender los motivos que hacen que eso sea tan deseado como para arriesgar la vida o dedicarla a ello.
No me refiero a actividades de científicos, inventores, técnicos, escritores o artistas que, llamados por la vocación, realizan trabajos cuyo objetivo principal es aportar un beneficio a los otros y cuya notoriedad se obtiene como efecto secundario. Me refiero a esas acciones que tienen el objetivo, químicamente puro, de destacar de la masa como las tantas y tantas recogidas en ese libro inaudito, esa Biblia del narcisismo humano, El libro Guinness de los récords. En él puede verse a qué cosas inimaginables puede entregar su vida el ser humano por llegar a estar en sus páginas.
Hasta en el Arte, mi territorio, hace tiempo que irrumpió lo de “el primero que” como mérito que ha logrado suplantar a la belleza en lo que ha dado en llamarse Arte Moderno, Arte Conceptual o Arte Actual.
Como experiencia más próxima os contaré que en una de mis primeras exposiciones, me acompañaba en la sala contigua, una pintora que presumía de ser la primera que había “pintado” con tiritas. Aunque, a la vista del resultado, ese era el único mérito de su “pintura”.
Actualmente, el hallazgo de las redes sociales ha recrudecido el interés de casi todos por alcanzar una notoriedad más o menos cotidiana y hasta tal punto ese afán está enraizado en el ser humano que muchos han hecho de ello el eje de sus vidas.
Y me temo que, en definitiva, con redes o sin ellas, esta es la gran dedicación y propósito del ser humano, el prestigio social. Y como complemento, ignorar los méritos del otro que hace tan excitante ese claroscuro entre el que brilla y el prójimo. Lo que no se ve no existe.
Y a partir de ahí, el que ha sido superior a otro, en algo o por una vez, a lo largo de la vida, pretenderá una superioridad para siempre y en todo. Hasta los hay que pretenden alcanzar notoriedad, no ya por méritos propios, sino por los de sus familiares: “Mi padre es”…. o mi abuelo tuvo….son los que un amigo llamaba “los del tuvo”.
El que ha nacido en una familia de status más elevado pretenderá mantener esa superioridad para siempre y se pretenderá, por el que se considera afortunado, mantener la antigua entelequia del linaje, mediante el que el nacido dentro de él mantenía el prestigio del fundador
¡Ay, amigo!. Es el ser humano, que a pesar de que hemos convenido, que es un ser racional, nunca deja de sorprendernos por sus actividades fuera de la razón.