Todavía queda mucho por hacer en la recuperación musical histórica española. No obstante, en las últimas décadas se ha apreciado una voluntad encomiable a la hora de sacar a la luz obras y autores injustamente olvidados. En este sentido, uno de los ejemplos a destacar es el trabajo llevado a cabo en torno a la figura del coruñés Andrés Gaos. Además de su faceta como compositor de obras notables, este gallego destacó como pedagogo y violinista. Si bien en España resulta incluso lógico su desconocimiento —pasó gran parte de su vida fuera del país, desempeñando una labor como profesor, intérprete y compositor—, no parece tan normal que su nombre apenas suene internacionalmente, en concreto allí donde dejó más huella —en Europa (Francia, por ejemplo, donde estudió, realizó diversas giras de conciertos y dirigió la Orquesta Lamoreux de París)— y en Argentina —allí, junto a su primera mujer, América Montenegro, trabajó como profesor en el Conservatorio de Música de Buenos Aires y fundó el primer y segundo conservatorio Gaos—. A la mala fortuna que tuvo compositor —los éxitos de sus estrenos fueron acompañados incomprensiblemente de un olvido posterior— hay que añadir que el propio autor no valoró en lo debido su propia obra: dejó sin pasar a tinta los movimientos segundo y tercero de su primera sinfonía y obvió catalogarla, abandonándola entre sus papeles —se llegó a pensar que sólo contaba con una sinfonía escrita—; también dejó inconcluso su Allegro para violín y orquesta. La razón que justifique esta ingratitud del autor con su obra tal vez radique en el doloroso recuerdo que en ocasiones le traía de períodos difíciles.
A pesar de todas estas dificultades que han pesado en la visibilización de Gaos, por fortuna su suerte ha cambiado en los últimos años. El tiempo impone su justicia, desbancando el criterio erróneo o la desidia humana. El Consello da Cultura Galega, el grupo de investigación Organistrum de la USC, el Consorcio para la Promoción de la Música o los sellos como Tritó, Arte Nova y, sobre todo, Columna Música, han ido sacando a la luz progresivamente la obra del autor en su registro sonoro, incluyendo la música orquestal, las obras para violín y piano e incluso la operística. La calidad músical de Gaos es incuestionable, siendo capaz de aglutinar la estética propia de su país —el folklore gallego por ejemplo en su segunda sinfonía, o la atmósfera orientalista en Granada, un crepúsculo en La Alhambra— con los estilos de música pura de su tiempo. Se trata de obras que desprenden una grandeza difícilmente igualada por sus coetáneos, encontrando en el ámbito sinfónico el medio más eficaz para lograr la naturaleza sublime que las caracteriza.
Nacido en A Coruña en 1874 y fallecido fuera de nuestras fronteras en 1959 — concretamente, en la provincia argentina de Mar de Plata (Buenos Aires)— con apenas seis años Andrés Gaos se desplazará con su familia a Vigo, donde su padre dirige un establecimiento destinado a la venta de instrumentos musicales y partituras. Será en esta ciudad donde Gaos inicie sus estudios de solfeo y violín, participando en certámenes y recitales que le brindarán clamorosos éxitos. Tal es así que, cuando contaba con sólo doce años, el gran violinista Pablo Sarasate propondrá a su padre llevarlo a París para terminar su formación, dadas sus dotes musicales. Aunque el padre se negó a ese viaje, dos años después el joven Gaos se traslada a Madrid para culminar sus estudios musicales. Allí, durante tres años, recibirá clases de Jesús de Monasterio —escogiéndolo como alumno predilecto— en el conservatorio de la capital. En 1889, Gaos recibe una beca concedida por la Deputación da Coruña que le llevará a ampliar su formación en el extranjero, primero en París y después en Bruselas. Con diecisiete años, inicia su primera gira como concertista por Francia, Bélgica, Portugal, España, siguiendo después por México y Cuba. Este será su primer contacto con Latinoamérica, que no abandonará hasta el fin de sus días. Será allí donde centre su faceta como compositor. Siguiendo sus composiciones cronológicamente, el oyente podrá apreciar la metamorfosis de su estilo a medida que alcanza el dominio compositivo y, lo que es más importante, la madurez estilística, su personalidad creadora.
Columna Música ha llevado a cabo una elogiable labor editando la obra sinfónica completa de Andrés Gaos. Mediante un doble CD y un pormenorizado libreto —pleno de fotografías y textos, como la reseña biográfica escrita por Andrés Gaos Guillochon (hijo del compositor) o el análisis en torno a las obras musicales del crítico musical Julio Andrade Malde—, el melómano más exquisito podrá acceder y gozar de obras como Sinfonía Nº 1, Sinfonía Nº 2. En las montañas de Galicia, Granada, un crepúsculo en La Alhambra, Fantasía para violín y orquesta, Impresión nocturna o Suite a la antigua. Interpretadas por la Orquesta Sinfónica de Galicia, cuenta con la batuta del prestigioso director burgalés Víctor Pablo Pérez. La portada de este disco queda ornada por una pintura del pontevedrés Virxilio Blanco (1896-1948), coetáneo de Gaos y cuyo Puerto evoca en sus pinceladas la música impresionista del compositor.
La firma de Gaos como autor con identidad propia se advierte ya en la primera composición que inaugura el primer disco, su Sinfonía Nº 1 —compuesta con sólo 25 años en Buenos Aires—. Acababa de pasar por una enfermedad nerviosa denominada en su tiempo como neurastenia y actualmente como neurosis de angustia, que le había imposibilitado todo esfuerzo físico e intelectual. Incapaz de escribir música en ese período, su recuperación favorecida por tiempo de reposo y un viaje en barco —emprendido con América Montenegro durante casi un mes— le animó a llevar a cabo la composición citada. De forma abstracta y compuesta por tres movimientos, el primero —en forma de sonata, titulado “Allegro moderato e ritmico”— se inicia con una introducción misteriosa y solemne que da paso a un tema enérgico y posteriormente a otro más amable, deviniendo en la recuperación de los temas anteriores. Unos y otros dialogan mientras se desarrollan, alternando momentos plácidos con otros dramáticos, de clara influencia romántica y con presencia del violín como instrumento melódico dominante. Su coda supone un remate del impresionante tema primero. El segundo movimiento, “Andante”, contiene también —en su forma de lied— elementos sonoros poderosos, si bien sirven para presentar un tema de personalidad melancólica. El tercer movimiento —en forma de rondó y titulado “Allegro moderato”—, lo conforma una parte central animosa, contrastada con otras más oscuras. “De una forma abstracta nos describe con su fuerza juvenil” —en palabras de Francesc Serracanta— “una lucha entre momentos dolorosos y otros de felicidad”. Sin duda, esta sinfonía representa el carácter de su autor, sus vaivenes anímicos, la fuerza vital y la tristeza que describen una dualidad personal.
La segunda obra que ofrece el disco —y segunda sinfonía también del autor—, se acompaña del subtítulo En las montañas de Galicia y fue compuesta entre sus 43 y sus 45 años. Son años importantes en el ámbito sentimental, pues en el primero se divorció de su primera mujer —después de veinte años de matrimonio y cinco hijos— y en el segundo contrajo nupcias con Luisa Guillochon —de ascendencia francesa, alumna suya y veinticinco años más joven—, con quien convivirá cuarenta años hasta su muerte. Como vemos ya desde el título, las tierras gallegas de las que Gaos procede serán protagonistas en esta nueva obra. De hecho, originalmente la sinfonía iba a llamarse Galicia cuando la presentó en 1923 al Concurso de Composición convocado por la Institución Mitre de Buenos Aires —y en el que obtuvo el primer premio con medalla de oro—. Treinta años después, volvió a presentarla con su título definitivo a un concurso patrocinado por el Centro Gallego de Buenos Aires, ganándolo también. Más allá de que el organizador del concurso fuese de origen galaico, resultaba inevitable que Gaos compusiese una obra de gran magnitud inspirada en su lugar de origen. Hay una “morriña” alegre en esta sinfonía, dominada por temas populares y estructurada en tres partes de idéntico tipo que la primera —sonata, lied y rondó—. A pesar de contar también con una similar orquestación, tiene una duración mayor y se aprecia una madurez en el compositor. Ello —según Andrade Malde— no desmerece su primera composición, sino que ésta “es fruto de un Gaos joven, lo que se pone en evidencia en un mayor desorden, pero también en un formidable ímpetu juvenil”. Su primer movimiento, Fiesta de aldea, recoge elementos de la famosa Alborada gallega. Original de Pascual Veiga, su melodía no se despliega literalmente sino que se somete al desarrollo del discurso musical de Gaos. Los instrumentos populares gallegos con que se interpreta —gaita y tamboril—, son sustituidos en su timbre por el fagot y el oboe. El segundo movimiento, Cantos celtas, sustituye cualquier reminiscencia musical que nos recuerde a los orígenes ancestrales gallegos para asemejarse más a la forma del Scherzo —clásico de toda sinfonía—. El tercer movimiento, Danza campestre, parte del ritmo de la muñeira como típico baile gallego aunque se adapta al rondó. El viento tiene gran presencia, con trompas, trompetas y trombones, concluyendo en la cuerda.
De todas las composiciones de Gaos, tal vez fue Granada, un crepúsculo en la Alhambra aquella de la que más éxito gozó como compositor. Se trata de un auténtico poema sinfónico dominado por las sensaciones evocadoras: el ocaso tiñendo de colores cálidos el paisaje andaluz o la arquitectura árabe y la vegetación que la rodea. A los elementos naturales se suman los típicos ritmos andaluces, conformando una atmósfera que le valió la ovación del público en sus estrenos en Nueva York, en distintos lugares de España —en Madrid fue acogida con “entusiasta aplauso”, como le comunicó al autor el compositor Tomás Bretón—.
Con 22 años inicia la composición de su Fantasía para violín y orquesta —previsto inicialmente como Concierto—, que culminará siete años después. Se trata del primer acercamiento sinfónico de Gaos, lo que hace que incurra en algunos errores —como la inclusión del trombón como instrumento excesivamente estruendoso para compatibilizarlo con un instrumento solista tan delicado como el violín—; no obstante, la obra en sí posee una belleza indiscutible, procedente de unos sentimientos tan hermosos como los que pudo sentir el compositor hacia su primera mujer, que estrenó la obra como violinista protagónica. Fue tal vez por ello —referíamos antes a los recuerdos difíciles que algunas obras evocaban a su autor— por lo que posteriormente Gaos renegó de ella, siendo su hijo el encargado de rescatarla de su archivo.
Impresión nocturna, tal vez la obra maestra de Gaos, posee un aire hondo, meditativo y melancólico, cuya carácter insinuante nos recuerda a otras composiciones como las creadas por Samuel Barber —su famoso Adagio para cuerdas— o Edward Grieg —uno de los autores predilectos del gallego—. A diferencia de la anterior pieza, su carácter abstracto permite que cada oyente —como bien explica Andrade Malde— evoque imágenes diferentes escuchándolo.
El segundo disco se cierra con Suite a la antigua, concebida por Gaos cuando contaba con 24 años. Originalmente escrita para piano, posee una estética que podemos asociar con la Suite Holberg de su admirado Grieg. Se compone de cuatro movimientos —Canone, Sarabande, Fughetta y Fantasía. Obra de gran profundidad, se advierte ya en el joven autor un sólido conocimiento de las formas clásicas y una capacidad para moldearlas a un estilo propio.
En mi caso, he de reconocer que el conocimiento de Andrés Gaos me llegó ya hace bastantes años y de una forma poco ortodoxa. Gracias a la “inteligencia artificial”, mediante una serie de asociaciones establecidas por una aplicación a la hora de escoger música afín a mis intereses, mientras trabajaba en un texto académico. De esta forma apareció Un crepúsculo en La Alhambra —tal vez favorecida por la pieza anterior que había escuchado: la pieza sinfónica En la Alhambra, de Tomás Bretón (influida por la misma corriente “alhambrista” que impulsó al gallego y a otros como Chapí o Monasterio)—. Desde entonces, la obra de Gaos siempre me ha acompañado como ejemplo de aquella música que me hubiese gustado componer, de haber profundizado más en mis estudios musicales. Creo que ese es el mayor elogio que puedo hacer de un compositor y de su trabajo.