Si hace catorce años comentábamos y escribimos sobre la novela histórica de Héctor Huertas Camacho, Francisco Abad Chaleco. El húsar de La Mancha, y hace trece sobre la también novela histórica Orisón de Oreto, ambas en Editorial Sial, ahora, en la presente, también en la misma editorial, que vamos a comentar, la novela histórica se acerca casi ya a nuestro tiempo que es prácticamente biografía y vida del autor, en cuanto que la historia de un padre y su entorno no puede ser historia sino vida tangible y comprometida. Es así que en la evolución novelística de nuestro amigo se pasa de la Historia a la vida. Enhorabuena, Héctor, por esta evolución. De hecho, aquí la vida pugna por salir de la Historia cuando el sujeto omnisciente en 3ª persona a veces aparece en 1ª persona, como sujeto periférico. Y, sin duda, se podría hacer un trabajo narratológico, siguiendo la retórica de los sujetos de Genet, buscando el sentido de ese juego de sujetos diegéticos/metadiegéticos, sujetos homodiegéticos/heterodiegéticos que tiene esta novela. Toda buena novela histórica es un teatro crítico, con decorado y vestuario propios, y Héctor Huertas ha sabido muy bien documentarse en la época y en los cachivaches de época. La novela comprime la historia, globaliza el tiempo, hace suyo todo lo muerto porque todo lo muerto estuvo vivo un día. Dicho esto, la buena literatura no necesita la verdad para nada.
En esta gran novela de Héctor Huertas Camacho la Historia Nacional, la Historia de España desde los inicios de la IIª República hasta el triunfo del autoritarismo franquista, nueve años de histórico frenesí y constante trepidación de violencia, resuena en el pequeño ámbito de una familia burguesa, a través de las noticias que le llega por la Prensa, o por las emisiones de las ondas hercianas, las que le traen otros personajes de la propia novela, algunos de dimensión histórica, y de la propia vivencia de esa Historia de España en las calles de Valdepeñas. En aquellos nueve años de conmoción se leía mucho en familia, y había lectores públicos de periódicos, porque los analfabetos estaban tan sedientos de noticias como de televisión en nuestros días. Esta familia ilustrada, campana en que resuena nuestra historia, no es uniforme ideológicamente, lo que hace que la familia pueda representar, como un Parlamento doméstico, las distintas voces y sentires que habitaban aquella España. Todos los avatares desgraciados pasan como por un tamiz formado por ese entorno familiar, gracias al cual nuestro novelista consigue recrear una Historia que, aunque ya conocida, es interpretada de modo original y no oficial por Emilio y otros miembros de su familia y amigos con distintos puntos de vista. En ese sentido toda la novela es una reflexión coral sobre la República, casi unánimemente saludada con alborozo por todos los españoles, y ya contestada por la mitad a los pocos meses, ahí está el discurso de Ortega, “Rectificación de la República”, que presagia el infierno incivil, y, sobre las atrocidades propias de una Guerra Civil y la represión feroz posterior. Sospechamos que esta familia que padece la Historia, pero que no es historia sino vida palpitante – se vive o se hace historia, pero no se puede hacer las dos cosas – es la propia familia de Héctor Huertas, y que Emilio Marcos, el protagonista, no es más que el padre del autor, el reconocido médico valdepeñero Don Ernesto Huertas. Pero tanto el pudor como el distanciamiento necesario para escribir literatura lleva al autor a disfrazar las identidades. Hemos dicho que la Historia novelada resuena en el interior de esta pequeña campana familiar, y resuena de tal modo que hasta los personajes históricos de esta época se hacen de algún modo familia de esta familia; son miembros también familiares de la familia. El gran Marañón, profesor de medicina del propio protagonista, el general Sanjurjo, marqués del Rif, picado personalmente con el Rey, y con razón, Miguel Maura, el republicanismo católico, el coronel Josep Maciá, un reiniciador más del problema catalán, Manuel Azaña, el héroe de Emilio en los inicios de la novela, Federico Tedeschini, el prudente nuncio del Vaticano en España, el egoísta y resentido presidente Niceto Alcalá Zamora, el intransigente cardenal Segura, Ortega y Gasset, el mayor referente moral para Emilio, Pérez de Ayala, el poeta local Juan Alcaide Sánchez, Ernesto Giménez Caballero, el responsable del azul mahón de las camisas de falange, el color del trabajo obrero, el zamorano Ramiro Ledesma Ramos, Alfonso García Valdecasas, cuya evolución deriva desde una democracia burguesa ilusionante a un autoritarismo que desembocará en el franquismo, Alejandro Lerroux, Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero, Diego Martínez Barrio, Fernando de los Ríos, el gran ministro de Instrucción Pública, Rodolfo Llopis, y cien personajes más entre los que destaca ominosamente el general Franco. Todos entran y salen en espíritu de la casa de Emilio, de su ámbito familiar. Lo mismo que también harían sus entradas y salidas en todos los hogares de Valdepeñas y de España.
Existen en la novela capítulos de pura reflexión moral, como son los comentarios que se hace a sí mismo, en una especie de corriente de conciencia, Emilio, el protagonista, cuando lee los discursos en ABC de Victoria Kent y Clara Campoamor sobre el derecho electoral de las mujeres, nada más ni menos que la mitad de los españoles. Lástima que a veces los más nobles ideales se conviertan pronto en catequesis linchadoras de carácter totalitario, aquelarres de estirges o sortiñas con escoba. Es natural que gran parte del pueblo español, secularmente hambriento y despreciado por los sectores opulentos, intentasen utilizar el nuevo régimen de libertad, la República, para exigir quizás por primera vez sus derechos milenariamente olvidados. Era la primera vez que el pueblo español se ponía de pie. Pero estas exigencias, justas exigencias inveteradas, venían acompañadas de la prisa, de una aceleración frenética y precipitada, de una ansiosa urgencia, de una premura imprudente, de un loco apremio, que no dio tiempo a la bienintencionada República a garantizar sus justos derechos mediante la Constitución, las leyes y los reglamentos. La benemérita República se vio desbordada por un pueblo necesitado, lo que aprovecharon los poderes fácticos, anacrónica acuñación en la novela, para ir socavando un Régimen que no gustaba a los españoles que consideraban que no todos somos iguales. El único lugar en que el español no tiene que aceptar las categorías sociales es en el sueño. A partir de la Sanjurjada las gentes de España, y los personajes de esta novela, comenzaban a preguntar, unas con miedo, y otras con esperanza: “Y de Franco, qué se sabe?” Precisamente el año de la Sanjurjada, intento de golpe en el que también cayó preso el coronel manchego Esteban Infantes, futuro héroe de la División Azul, Emilio, o el “Marcos” al que se dirige Marañón, comenzó a ejercer como pediatra, especialidad que también ejerce su hijo, nuestro novelista. La Sanjurjada llegó cuando España se divertía con Sopa de ganso, de los Hermanos Marx, y La reina Cristina de Suecia, de la Garbo, es valquiria joven pintada por Bourne Jones o, quizás, Alma Tadema. Cuando Sanjurjo, ya en prisión, le pidió al general Franco que lo defendiese, éste dijo algo que nos lo define por completo.
El pensamiento liberal en España nos dio la España renovada que hoy consideramos abuela de la presente, la España más venerable que conocemos. De esta última novela de un Héctor Huertas remembrante emana un civismo ético que cuaja en una mundivisión liberal, muy española y quijotesca. Si España quisiera mejorar, haría esfuerzos inauditos por ser más antigua. Todo lo nuestro noble no es más que un vestigio funerario en nuestro mundo. Y como dijo el más grande valdepeñero, “el recuerdo es historia viva, a la vez que representación alucinada”. Que la libertad nunca más vuelva a fracasar.