Raúl no conocía los jardines de Sabatini. Había pasado delante de ellos cientos de veces, me dijo, pero siempre a horas nocturnas, con la atención ocupada en otros asuntos. Nunca los había visto con luz diurna, y esa contemplación le supuso un primer avistamiento, la posibilidad de descubrir lo que podrá ser recordado a partir de ese día.
Caminábamos con rumbo a otra parte, donde un amigo le esperaba en la terraza de un bar, pero como buena tarde de finales de agosto que se preciara, guardaba ese as en la manga para contener la prisa —que en realidad no había por parte de ninguno— y que pudiéramos detenernos ante la puesta de sol que limaba de naranja y beis el horizonte, desde la Casa de Campo y los edificios de Carabanchel hasta los limítrofes con la sierra. El resplandor del lubricán esmaltando el palacio, ennegreciendo los pinos, pero exento de vinculaciones con el temor del día que se marcha y tener que aguardar el próximo. Solamente importaba que nos uniésemos al silencio de muchos otros en la misma tarea —parejas, turistas, algunas familias, unos sacando fotografías, otros que correteaban entre los setos y los magnolios polvorientos—. Entramos en los jardines. Unos segundos, nada más. La línea del cielo ya era la piel lavada de una fruta, pero el calor seguía a cuestas del aire, llevando su pesadez con más resignación. Nos apoyamos en el balaustre de la escalera principal. La piedra ardía y el contacto no aguantaba si querías apoyarte. Raúl cruzó sus brazos y reposó los codos. Yo no evité decir lo caliente que estaba la piedra. Qué flojo eres, y se rió, volviendo su vista y sus pensamientos al sol en fuga, pues era inevitable que la postal que se formaba removiera los que, ante lo bello, se agitasen por miedo a deshacerse.
Dos amigos, la compañía de gentes en similar faena, ¿y abajo? Se cedía el protagonismo a los jardines: ‘el oquedal marino de los árboles,/ la cúpula conífera/ que corona el espacio/ con agujas de pino,/ el trazo circunflejo/ que simula en el óleo/ cristalino del cielo/ la deriva del ave,/ el helecho que anima,/ movimiento instintivo,/ la ficción de la roca’, como dice uno de los primeros poemas de Fruto previo, un libro de Juan Antonio Bernier que había leído a comienzos de agosto, en mi pueblo, más alejado de las inquietudes y presto a empaparme de las lucideces de las que hablan muchos de los que contiene.
Los ratos de lectura, semanas atrás, se hermanaban con esos minutos de especial significación, pero la que cada uno quisiera otorgarle, claro. En el caso de uno, por el romanticismo patológico, cómo no, con la venida de esos poemas, tan finos y milimetrados, pues Bernier es un poeta que, si puede decir algo con poco, intentará hacerlo con menos, corriendo el riesgo de dejar exhausto el lenguaje, tan ceñidos sus versos a la brevedad con que pueden ocurrirnos. Si uno no se apura en tomarlos, se irán para no volver, y sería una lástima desechar aquello que asegura: ‘y en la voz que no veo/ veo mi pensamiento.’
Esa pasividad que mantiene alerta, por lo que se encuentre y se retenga, puede conducir a una obsesión por lo que perdura. ¿Y qué lo hace hoy día? ¿El trato humano? Poco, poco le podemos confiar. ¿Los afectos? Depende, son casi igual de huidizos que quien los maneja. Según los versos de Bernier, será la naturaleza la que ponga una mirada que suplique ser escuchada, y de esa dificultad, a priori, lograremos extraer algo: para ello, serán necesarios el aburrimiento, la sobriedad, las alucinaciones, la claridad de esas alucinaciones, etc. Perduraremos gracias a ella, remitiendo todo a un tiempo anterior, igual que uno frente a los jardines, igual que semanas atrás en el pueblo.
Hay un poema en particular que habla de ese tránsito en el que asociamos una esplendidez con otra:
‘Antonio escoge flores,/ distraído, para la mesa de ayer./ Se santigua Gorán, sin darse cuenta,/ mientras juega a otra cosa./ Las flores y los juegos,/ aspiraciones fuertes./ Me viene a la memoria aquel alumno,/ el mismo que afirmaba/ con total inocencia/ que parasiempre se escribía junto,/ por razones obvias.’
Sus hijos y ese alumno, los gestos de cada uno, desembocan en un intento de aspiración a la permanencia. En la flor escogida, en la persignación, en la ocurrencia esclarificadora. Son respuestas válidas a los deseos que refundan los tramos de nuestra vida.
¿Cuál se estaría abriendo en la callada forma de Raúl mientras miraba el sol? Su vida, la de un bailarín profesional, está siempre receptiva a lo que traiga su imaginación o la de otros. En esa hora de la pintura en la que nos encontrábamos, ¿imaginaba el paisaje, tantas veces nocturno hasta entonces, para poder recordarlo con más precisión de día, cualquier otro día?