Durante el mes de agosto y principios de septiembre, Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas críticas más leídas de libros destacados. ¡Felices lecturas!
Traducción de Xavier Gaillard y Miguel Ángel Romero. Random House. Barcelona, 2022. 732 páginas. 23,90 €. Libro electrónico: 10,99 €.
Por Matías Jaque Hidalgo
Se publica traducida al español la última novela del premio Nobel Orhan Pamuk, Las noches de la peste, una obra ambiciosa en la que su autor vuelve sobre los temas que le obsesionan (Oriente y Occidente, la búsqueda de identidad entre la tradición y la modernidad) y lo hace a través del despliegue de las técnicas narrativas que le son habituales (el discurso histórico como género literario, la novela como método de indagación histórica, breves cameos borgeanos del propio autor en la obra). Ambientada en la isla imaginaria de Minguer (“la joya del Mediterráneo oriental”), la novela relata la crisis a la que se enfrentan sus habitantes una vez que se confirman, en abril de 1901, los rumores de un brote de peste bubónica. Mientras intenta contener el avance de la epidemia, la comunidad, atravesada por el surgimiento de su conciencia nacional, buscará liberarse del dominio de un decadente imperio otomano próximo a desaparecer de todas formas. Se trata de una “falsa novela histórica”, a la vez que un thriller detectivesco en el que el asesinato de Bonkowski Pachá, un connotado químico otomano, desencadenará el cambio de fortuna de sus protagonistas y de toda la isla.
Al margen de las intenciones de Pamuk, podría aventurarse que, de haberse publicado antes de 2020, la peste y el poder que tiene para direccionar el curso de la historia habrían sido interpretados casi con seguridad de forma metafórica o alegórica; más o menos como en La peste de Camus, se ha querido ver una metáfora bien de la ocupación nazi en Francia, bien del peso que un destino absurdo tiene sobre el ser humano y sus posibilidades éticas de redención. Pero nunca, literalmente, una historia sobre la peste o, en general, sobre la enfermedad y la fragilidad de los cuerpos que, en última instancia, dan sustento material a la historia de un pueblo. Quiso el destino que esta novela, cuya gestación se iniciara, según ha declarado su autor, hace unos diez años, se publicara sin embargo en 2021, momento que le hace cobrar de golpe una rabiosa actualidad, como si esa historia de epidemias e intrigas otomanas de hace más de un siglo fuese un retrato solo apenas disimulado de nuestro presente.
De alguna manera, la cruzada de Minguer contra la peste, a la vez que su lucha por el levantamiento de su identidad nacional, es una epopeya de nuestros torpes intentos de domar el cuerpo y la materia, y de la rebelión de la realidad cada vez que concedemos una importancia excesiva a su interpretación simbólica, política o artística. Dicha pugna atraviesa la novela en su conjunto. Aparece en los dilemas de Sami Pachá, gobernador de la isla, por resistirse al reconocimiento oficial del brote de peste, cuya conveniencia se medirá más por los efectos que tendría para la política exterior de la isla que por el número de muertos que podrían o no salvarse al tomar las medidas de cuarentena promovidas por los médicos y científicos. Se manifiesta también en los delirios románticos del comandante Kâmil, héroe de la independencia, quien, en una escena memorable, se enemista con el arqueólogo de la isla, toda vez que la verdad histórica que este le proporciona no coincide en absoluto con la que el comandante juzga idónea para consolidar el sentimiento nacionalista que tanto, al parecer, hace falta alimentar.
No en vano, el gesto que, según se relata, pasaría a la historia como uno de los hechos fundacionales de la incipiente nación minguerense es la toma de la oficina de correos y el corte del telégrafo, a través del cual se recibían las erráticas instrucciones provenientes de Estambul. La fundación de este novus ordo seclorum pasará, así, por romper los vínculos con los hechos, con el pasado, con los otros. A ratos sentimos que la peste es metáfora del nacionalismo; a ratos, que el nacionalismo es metáfora de la peste. Pamuk no nos dejará, sin embargo, subordinar un plano a otro, dejándonos con la sensación de que la Historia es siempre una dialéctica entre los cuerpos y los símbolos.
Por cierto, esta tensión entre los hechos (la peste el más urgente de ellos) y la trama de símbolos humana (la nación, el más ambicioso de ellos) se cruza con la tensión entre Oriente y Occidente, de formas nada obvias ni libres de polémica, pero tampoco carentes de una buena dosis de ironía y humor. A través de la novela, los médicos, con el damat doctor Nuri a la cabeza, representantes de la modernización europeizante de una nueva generación otomana que pone en primer plano el examen desinteresado de los hechos, deben luchar contra el oscurantismo religioso del jeque Hamdullah y sus seguidores, que se resisten a reconocer otro amparo que los designios de Alá (son, de forma simplista y peyorativa, etiquetados como “fatalistas” por los observadores occidentales).
Los primeros encarnan un espíritu cientificista y pragmático, la puesta en práctica del “método Sherlock Holmes”, en apariencia libre de ideologías, que de seguirse ahorraría mucho dolor y muerte a la castigada isla de Minguer; los segundos, un fondo de creencias ancestrales con el que se entablará una delicada y extenuante negociación, toda vez que los isleños musulmanes solo harán caso a los médicos si sus medidas, según sancionen los líderes religiosos, sean compatibles con el respeto a las tradiciones.
Pero, aunque la correlación es tentadora, no es que Occidente represente, en definitiva, la objetividad, y Oriente la ideología. Oriente y Occidente son dos representaciones, dos imágenes, que solo dialogan entre sí a través de unos personajes que son, en cierta medida, sus artífices involuntarios (una breve mención a Edward Said, hacia el final de la obra, arroja una clave en retrospectiva). Ya al comienzo de la novela, la primera imagen de Minguer que los viajeros se encuentran es un “romántico paisaje que los pintores que se dirigían a Oriente guiados por un impulso representaban con un fondo de nubes negras de tormenta”. Minguer, la joya del Mediterráneo oriental, es lo que el aventurero occidental ansioso de exotismo necesita que sea. Pero el sesgo funciona, por supuesto, en el sentido opuesto. El “método Sherlock Holmes” no es, por ejemplo, herencia directa de la influencia europea, sino del mismísimo Abdulhämit, último sultán del imperio otomano, aficionado a las novelas policiales (y a Conan Doyle en especial).
El sultán, una de las pocas figuras históricas de la novela, no se siente atraído por el método científico que atraviesa esa nueva literatura guiado por una aspiración ilustrada, sino más bien por todo lo que aprende sobre venenos y estrategias de asesinato encubierto. Y su predilección por las novelas “en las que el detective, sumamente inteligente, colabora con el Estado y las fuerzas del orden” arroja una incómoda sombra sobre la propia intriga de la novela que leemos: el damat doctor Nuri y su esposa Pakize Sultan, sobrina del monarca, están en la isla, recordémoslo, por orden del sultán para resolver el misterio de la muerte del químico imperial Bonkowski Pachá. Diríamos, en suma, para hacer de Minguer el escenario de una novela policíaca de su gusto.
Como es usual en la prolífica obra de Pamuk, las tensiones entre Occidente y Oriente, entre Modernidad y Tradición, se entrecruzan de formas sutiles y siempre aleccionadoras. Incluso si Oriente es un gran invento de Occidente y, con ello, Occidente una gran ficción de sí mismo, Las noches de la peste nos muestra que nuestras invenciones pueden sin embargo tener una existencia muy real, y determinar el curso de las vidas humanas tanto (si no más) como el microbio responsable de un brote de peste.