Opinión

Populismo y democracia

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Martes 05 de septiembre de 2023

Terminada la guerra mundial se desató en el “mundo libre” un proceso de neutralización ideológica de las clases populares que, abandonando la escatología marxista del proletariado, pasarán a ser objeto de análisis en principio sociológicos, empezando por un número abundantísimo de estudios en torno a la familia y la cultura de la “clase trabajadora”. En todos ellos, la clase de obreros asalariados se contemplará como lugar de un autoritarismo que se percibe como asidero adecuado de las organizaciones totalitarias. Se observará que los padres trabajadores recurren al castigo físico, más fácilmente que los padres de las clases superiores, y a esa disciplina más severa se añaden – en una lista siempre creciente – nuevas infracciones de las prácticas liberales o ilustradas: las familias obreras asumen estereotipos sexuales rígidos, un sentido desproporcionado del honor personal, incapacidad para la expresión emocional, falta de sofisticación en las relaciones interpersonales y una profunda ignorancia en materia psicológica… La personalidad autoritaria es propia de la gente del común.

Esa figura psicológica autoritaria conduce a los trabajadores a una creciente indiferencia hacia la política democrática, que se identifica con los principios de un progresismo liberal. El desprecio por los políticos, el resentimiento hacia el mundo financiero y los grandes negocios, junto a un sentimiento de profunda impotencia son rasgos propios de dicha clase. Esa posición no es nunca tomada de frente y puesta en cuestión, sino cada vez más reducida a categorías psicopatológicas. Nadie se pregunta si hay alguna verdad en la percepción de las cosas por parte de la clase económicamente menos favorecida, sino que sus posiciones se explican como producto de una mentalidad autoritaria, de un complejo de usurpación o de un ego subdesarrollado... En resumen, la ideología democrático-progresista se presentará como criterio de evaluación de la salud mental y cualquier distancia hacia la misma como una forma de respuesta psicológica mórbida.

Los promotores de esta visión terapéutica de las ideas populares se deshacen pronto del “prejuicio” según el cual la democracia necesitaría de un aval popular mayoritario. La pasividad e indiferencia hacia la política de la mayor parte de la población antes que escandalizar, alivia a los que observan que las democracias funcionan bastante bien con el aval de menos de la mitad de la población. Las clases superiores educadas, libres de la tara populista con sus rasgos autoritarios, se harán cargo del gobierno del Estado. Una élite cosmopolita y desarraigada dará el tono de la política democrática desde los años cincuenta en Europa y Estados Unidos y algo más tarde también en España. Se trata de esa élite que todavía hoy puede despreciar a sus conciudadanos más desfavorecidos juzgándolos como un “canasto de deplorables” en palabras de la señora Clinton o de esa vanguardia consciente que emprende renovadas campañas contra costumbres y tradiciones populares desde los más modernos ministerios, bajo la idea de que esas costumbres son el vestigio de un autoritarismo atávico proclive a un fantástico fascismo.

El retraso de esa masa de población que podríamos llamar trabajadora – que conservaba rasgos del pueblo – se considera procedente, ya sea de esquemas familiares autoritarios o patriarcalistas, ya sea de una falta general de educación. La solución pasa, por tanto, por intensos programas de (re)educación – más o menos formalizados – que se difunden a través de las instituciones educativas y de los medios de comunicación de masas y por la redefinición de la idea misma de familia.

Las élites intelectuales internacionales – dotadas de la oscura jerga que las identifica, a la vez que las aísla – define las líneas de una política abstractamente privilegiada, lejos de una muchedumbre deplorable de incapaces: eso que en otro tiempo se reconocía como el pueblo, más tarde como clase obrera y hoy como una masa atomizada al albur del diseño social que se les imponga.

Esa élite se erige en portavoz del progreso y la democracia y todo el que niegue su posición será considerado populista o trastornado. Lo que es hoy como siempre, según el juicio ilustrado de tan sabias señorías, la antesala del fascismo. Todos los que, pese a todo, nos negamos a reconocer carácter democrático o popular a esta gestión del mundo por las élites de la ingeniería social contemporánea somos, se pongan como se pongan sus señorías, la orgullosa prolongación del pueblo, quiero decir, de los numerosos pueblos de la tierra. Contrafigura positiva de su lánguido, homogéneo y desvaído género humano.