Nicolai Hartmann tomó la palabra antinomia de Kant, que propuso una tercera antinomia en su “Crítica de la Razón Pura”. El tema es el mismo que la primera de las tres que luego propuso Hartmann. ¿Cómo es el hombre libre frente a la causalidad de la Naturaleza?
Incluso podemos ampliarla. ¿Cómo es el hombre libre frente a todas las fuerzas o impulsos que le empujan causalmente o a tergo? Por la espalda, por así decir. La lista de todos esos condicionamientos es interminable. En primer lugar está nuestro cuerpo, íntegramente inmerso en el mundo de la naturaleza causal. Estamos de mal humor, porque la comida nos ha sentado mal. No digamos ya las diversas enfermedades físicas, que tanto afectan a nuestro estado de ánimo. Están también las pasiones, los impulsos que nacen de nuestra psique, que también pertenecen a la naturaleza causal. Podemos añadir las depresiones y demás enfermedades psíquicas.
Pero también nos empuja causalmente la opinión de los demás, el entorno social, el qué dirán. No nos atrevemos a llevar la contraria a la opinión dominante en la sociedad del momento. Igualmente ocurre con la educación que hemos recibido o los libros que hemos leído, las amistades que hemos tenido. Etc, etc.
No es el caso de detallar más estos impulsos causales a tergo. Nunca completaríamos la lista. Baste la primera impresión de que son múltiples y muy poderosos. Hartmann denominó a esta enorme lista Kausalantinomie. La solución de Kant y Hartmann es la correcta. Por muchos y potentes que sean todos los impulsos causales, por mucho que converjan hacia la decisión A, en el hombre hay un poder superior, capaz de dominarlos y reconducirlos a la resolución contraria no A.
Aparece la libertad positiva. Nos constituye como personas capaces de hacer el bien o el mal. Pues no se trata de la materialidad de la acción A, sino de los valores o antivalores que pueda haber en ella. Hartmann insistía en que la libertad positiva es un plus de determinación. Emerge sobre el haz de todos los impulsos causales y ciegos al valor, y los dirige finalmente hacia el bien o hacia el mal.
Como inmediata consecuencia de ello vienen los conceptos de responsabilidad e imputabilidad. Hartmann añade la culpa. De nuestra libertad positiva, y sólo de ella, viene el mal de nuestras acciones. Sólo ella es responsable. Sólo a ella es imputable. Pero también puede decirse lo mismo del mérito de nuestras acciones buenas. También son nuestras.
Así pues, la Kausalantinomie lleva a la noción de libertad positiva o capacidad de hacer el bien o el mal. En definitiva, ser dueños de nuestro destino eterno. La segunda antinomia es llamada por Hartmann Sollenantinomie o antinomia del deber. Está en relación inmediata con los valores. Valor es lo que debe ser, sea o no sea. La pregunta ahora suena así ¿cómo es el hombre libre frente a la finalidad prescrita por los valores?
Los valores señalan al hombre un fin para su conducta, pero no le empujan en absoluto. Son como el cartel en la carretera que dice A Sevilla. Nuestro coche no se acelera por el solo hecho de pasar ante él. Digamos que los valores éticos nos intiman a fronte, desde adelante.
Por eso Hartmann ve aquí un minus de determinación, que precisamente llenamos con nuestras decisiones. La Sollenantinomie lleva inmediatamente a la noción de libertad en sentido negativo. Es una noción óntica. Indica el abanico más o menos abierto de posibilidades efectivas de actuar que tenemos en nuestras manos para realizar o violar valores.
De ordinario podemos hacer el bien o el mal en la calle. Pero si nos secuestran y encierran en una habitación, disminuye la libertad negativa. En cambio, la libertad positiva sigue intacta. Dentro de la habitación podemos insultar a los secuestradores o perdonarles. Y si se molestan por nuestras recriminaciones y nos ponen un pañuelo en la boca, podremos mirarles con odio o con perdón. De nuevo se cierra el abanico de las acciones concretas con las que hacer el bien o el mal, pero la libertad positiva sigue intacta como antes. Es un todo o nada. O se tiene íntegramente, o no se tiene en absoluto. En cambio, la libertad negativa depende de los demás. Puede aumentar o disminuir según lo que hagan. Y si todos a mi alrededor vivieran todos los valores, mi libertad negativa estaría abierta al máximo. No podría aspirar a más libertad para elegir una acción concreta. Tendría toda la que me conceden los valores mismos.
Hartmann planteó correctamente la Sollenantinomie y definió bien el concepto de libertad negativa. Pero justo ahora se hace patente la profunda contradicción del conjunto de su doctrina.
En la primera parte de su Ethik defiende la objetividad de los valores éticos, siguiendo a Scheler. Sólo hay un valor que radique allí donde todos tienen dirigida la mirada desde la misma carencia y el mismo anhelo. No cabe imaginar otras normas del bien y del mal en la situación dada. Sólo hay un valor que corresponda a la cuestión vital en cuestión, y que le de una repuesta viable. Ninguna otra puede substituirla. (Cap. 6, b)
Pero en la tercera parte leemos esta tremenda afirmación. Si el hombre culpable de violar algún valor se eleva a sí mismo hasta el exaltado sentimiento de aceptar sobre sí su culpabilidad, ese sentimiento constituye en verdad el más alto tipo de libertad. (Cap. 78, a)
No ofrece Hartmann una solución concreta para la Sollenantinomie. No indica cuál pueda ser el ámbito a la elección que debiera estar abierto a la libertad negativa. Más adelante, y de manera incoherente con su propia exposición, introdujo una Tercera antinomia, como oposición entre las dos primeras antinomias. ¿Qué pasa si se viola un valor ético?
Su respuesta sería la antes calificada de tremenda afirmación. Bastaría asumir la culpa y ahí termina todo. Por lo tanto, Hartmann mezcla el correcto planteamiento de la Segunda antinomia con su propuesta de solución para esa Tercera antinomia. En rigor, no hubiera debido anunciar siquiera una Tercera antinomia, sino haber propuesto claramente su tremenda afirmación como solución concreta a la Sollenantinomie.
Ahora bien, si buscamos la solución correcta a la Segunda Antinomia, la encontraremos en la distinción entre fines y medios. No hay libertad positiva en cuanto a los fines que deben ser. Incluso la lógica moderna nos ha revelado que las relaciones lógicas entre los tres conceptos modales -necesario, posible e imposible son exactamente las mismas que entre los tres conceptos deónticos -obligatorio, permitido y prohibido-. El deber ser de los valores éticos se formaliza igual que el Ser necesario. En cambio, somos libres en sentido negativo en cuanto a los medios con que vivir los valores-fines. Si el fin propuesto es valioso en sí mismo, hay multitud de caminos prácticos para llegar a él.
Una vez propuesta una solución concreta para la Segunda antinomia, es el momento adecuado para introducir la Tercera. Surge en efecto de la oposición entre la Sollenantinomie, que prohibe violar los valores éticos, y la libertad positiva de la Kausalantinomie, que los viola de hecho. Hartmann no le da nombre. Cabe bautizarla como Sündeantinomie o antinomia del pecado. Por supuesto Hartmann jamás habría la palabra pecado. Este deja se esfuma automáticamente, si asumimos la culpa de haberlo cometido.
En resumen, de la Kausalantinomie emerge el concepto de libertad positiva. El ser humano la posee como poseedor de los operadores lógicos, y por tanto del lenguaje. La libertad positiva para elegir entre la verdad o la falsedad entra dentro del afirmador-negador, el primero de los operadores lógicos.
Por otra parte, de la Sollenantinomie surge la noción de deber-ser, que nos obliga a decir la verdad y nos prohibe mentir. Y a continuación del valor de la verdad aparecen los diversos valores éticos, y la intimación a nuestra conciencia de vivirlos. Ni siquiera dejan abierta la opción de no cumplirlos. Omitirlos es ya violarlos.
En esta batalla constante entre la libertad positiva y los valores éticos, en que consiste la Sündeantinomie, se diría que vence la libertad positiva, a juzgar por lo que ocurre en este mundo. Pero no se trata de eso, sino de la cuestión teórica ¿qué ocurre si se violan los valores éticos?
Según Hartmann no ocurrirá nada. El ser humano echa sobre su conciencia la responsabilidad de violar los valores, y ahí termina todo. En último análisis los valores éticos son ideas platónicas, para este autor. Las personas de carne y hueso son reales. En caso de conflicto, lo real vence a lo meramente ideal, según su conocida ley categorial básica.
Obviamente, la solución correcta para la Sündeantinomie es la Justicia divina, que dará a cada ser humano su merecido moral, positivo o negativo que sea. Si no existiera esa Justicia divina, todo estaría permitido, como decía Dostoiewsky. Al menos para los que puedan escapar a la justicia humana en este mundo.
En una correcta axiología los valores éticos son vistos como perfecciones reales de Dios. En los actos justos de este mundo intuimos destellos inconfundibles del valor supremo de la Justicia, tal como existe en Dios. Dios no hace Justicia, como los jueces de este mundo, sino que es la Justicia. Por fuerza los valores éticos acabarán triunfando sobre la libertad positiva que los viola. Por eso Calderón aconsejaba en su “Gran teatro del mundo”: obrad bien, que Dios es Dios.