Opinión

Brisas de nada

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 10 de septiembre de 2023

‘De repente, sin pensarlo acaso, una brisa, una simple brisa, se ha llevado el verano. Y se lo ha llevado en pleno estío, el último día de agosto.

Yo no sé qué llevaba en ella esa sencilla brisa que tantas veces hemos sentido pasar sin que…’

Termina ahí el comienzo de un artículo de Edgar Neville que llevo conmigo en una captura de pantalla guardada en el móvil y del que no conozco más. Todavía no lo he buscado y leído. Podría, desde luego, pues ha sido recogido en una edición con sus obras completas. No entraña dificultad alguna. Si no lo he hecho, es porque esas tres primeras líneas me resultan tan sugestivas que no me apetece cambiar un atractivo por otro que pueda tener el texto por entero, sin desmerecerlo por si alguien sí lo conociera en su totalidad. Es suficiente, más que el verano, más que cualquiera, y por ello su clausura es importante.

Cada año la misma rutina. Los adioses y la venida de septiembre. Los días que hacen su entrada, cuando este artículo ya se haya publicado y se camufle entre la hinchazón borrascosa que traerá lluvias y demás parte meteorológico unido al sentimental, algo tan socorrido en los diarios literarios y los escritos en prensa de misma índole. O no, y el buen tiempo permanecerá, no acabando de mudar el clima ni los humores.

Caemos con gusto en esas repeticiones porque nos renuevan. Las comentamos para que vivan con nosotros. Nos convencemos de ellas y eso activa el riesgo de entristecernos, pues es natural que el convencimiento sea la muerte de una ilusión. Bajo el sol alto, la estrechez cada día más notada en las horas, síntoma inequívoco de lo que está por concluir.

Septiembre trae una implicación —también estética, si se requiere— que invita a perder el tiempo. Lo efusivo de los tres meses anteriores se vuelve historia. Ahora, mediante sensaciones sutiles, llega la inercia que nos descoloca y de primeras nos hace luchar contra las convenciones sociales: la vuelta a los horarios de los trabajos, las rutinas, los que cogen las vacaciones al revés que el resto, redoblando la extrañeza de irse cuando todo el mundo regresa —de dónde y a dónde cabría preguntarles a unos y a otros, pues pocos lo consiguen, en realidad—. Deberíamos actuar de manera contraria y aceptar esas intrusiones que iban a suceder de igual modo. Cuando se las abraza y se entiende que todas forman parte de la normalidad, por mucho síndrome posvacacional y demás pirotecnia verbal a modo de maquillaje barato que nos excuse, es posible cultivar una sana indiferencia contra esos golpes insustanciales que tanto decimos que nos afectan. Perder el tiempo ayuda a tener una mejor relación con lo vivido porque hace diferente lo que ya ha pasado y subraya la diferencia en lo que ocurrirá. Tal vez sólo sepamos divertirnos, y esto costará más en consecuencia, pero, como escribe Pessoa en su Libro del desasosiego, ‘el sol de nuestra preocupación egoísta está en el ocaso y nuestro hedonismo se enfría en colores de crepúsculo y contradicción.’

Tomémoslo como un favor que se nos hace. La luz irá bajando con un frío indolente, sin que pensemos en su crudeza venidera; no la busquemos, no ha lugar. Es labor de las brisas de nada. Ellas nos tendrán inconscientemente ‘suavizados y musicados’ mientras alrededor se agrupan las señales de la estación cambiante, salvaguardando nuestras personalidades para que no se deshagan o puedan sufrir como las de los demás.