Opinión

El liberalismo es pecado

TRIBUNA

Miguel Cornejo | Miércoles 13 de septiembre de 2023

Se atribuye a la versión revisada de 1927 del catecismo del padre Ripalda (el original es del siglo XVI) la afirmación de que votar a un candidato liberal es “generalmente pecado mortal”, porque el liberalismo defiende un conjunto de doctrinas condenadas por la Iglesia. Aunque esa supuesta adición al texto ya no está presente en la de 1957, se hizo muy popular en el argumentario republicano. Y era mucho más popular en el siglo XIX.

El liberalismo se atrevió a negar la jurisdicción de Cristo (y por tanto de su iglesia) sobre los individuos y las sociedades. Se atrevió a negar la obligación de aceptar la revelación, la infalibilidad de la doctrina de cualquier iglesia, y su derecho a decidir qué es cierto y qué se puede publicar. Se atrevió a defender la igualdad de todos los cultos, y el carácter civil del matrimonio. Se atrevió a decir que la moral es independiente de la religión, y a negar la obligación de cumplir los mandamientos.

Nuestro sistema educativo no ayuda a recordarlo, pero en el siglo XIX el liberalismo libró guerras civiles para romper el absolutismo político y el confesionalismo religioso. Se enfrentó a los reyes absolutos y a las castas aristocráticas, y se enfrentó a los que querían dictar cómo se podía pensar y cómo se podía vivir. Lo hizo de palabra, de obra, en elecciones y por las armas. Fue el liberalismo el que trajo el sufragio universal, y la desamortización, y la posibilidad de educar en colegios no religiosos. Fue el que acabó con castas y privilegios, y con la separación de España en distintos reinos. Y sí, fue también responsable de atizar las independencias americanas, que en gran parte fueron rebeliones contra esos reyes y principios absolutistas, y de muchos excesos.

Tampoco confundamos liberalismo con anticlericalismo. Pese a la propaganda, los liberales originales eran católicos, y entre ellos estaban destacados religiosos. No se opusieron a la religión ni a la iglesia, sino a su dominio sobre la sociedad y las conciencias.

Aunque el liberalismo como tal es un invento español, no nació en el vacío, y sus ecos se hicieron notar en las revoluciones que agitaron y transformaron Europa durante el siglo XIX e inicios del XX (y que tampoco se suelen estudiar mucho en nuestro país). La revolución rusa, sin ir más lejos, fue liberal, aunque los comunistas la transformaran en otra cosa con un golpe de Estado.

Los antecesores del liberalismo europeo (con perdón de “levellers” y “capuciati”) se sentaron a la izquierda en la Asamblea que derribó la monarquía absoluta francesa. Progreso, liberalismo e izquierda han sido sinónimos durante dos siglos. Cuando mucho después aparecieron movimientos “obreros”, se fueron apropiando poco a poco de la etiqueta. Hoy en día, sólo en EEUU se sigue llamando “liberales” a los progresistas.

Y hoy, finalmente, se ha cerrado el círculo. Hoy los reyes son decorativos, y las iglesias casi tolerantes. Hoy se hace llamar “izquierda” un conjunto de doctrinas que defienden derechos especiales para diferentes colectivos autodesignados, que dan derechos a los territorios por encima de las personas y separan a la gente con banderitas y fronteras arbitrarias, que rompen la solidaridad, que niegan la legitimidad a sus rivales políticos, que se permiten dictar cómo se debe vivir, cómo se debe hablar, qué se debe pensar… y que emiten anatemas intentando excomulgar de la sociedad a los que se niegan a vivir según su nuevo catecismo.

Lo que hoy llamamos “izquierda” lo habrían reconocido muy bien los liberales originales. Porque, si le quitas el elemento dinástico, es el absolutismo sectario y confesional con el que acabamos en el siglo XIX. Es la esencia rancia de lo que dice combatir, porque ya no quedan entre sus principios ni rastro de la defensa de la igualdad de las personas y de sus libertades, ni de los trabajadores y sus derechos, ni de la misma democracia que protege a las minorías de los abusos de la mayoría y los caprichos del gobernante.

Hoy, de nuevo, ser liberal es pecado. Disfrutémoslo.