Opinión

Contra la disolución de fronteras

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 15 de septiembre de 2023

Escribía Hughes, con su singularísimo gracejo literario, siempre atento a lo pequeño para secularizar e incluso profanar lo pretendidamente grande, el 10 de septiembre, un artículo titulado “La jeta en grado lupino”. Entre otras cosas en que se muestra que el miedo propio nos hace realistas y nos hace caer en el sentido común, describía en este artículo el miedo del alcalde de Nueva York, Eric Adams, ante la avalancha de 11000 inmigrantes que todos los meses sufre Nueva York. Con esta ola constante de variegada humanidad Nueva York dejará de ser Nueva York. Unos cuantos miles más de humanidad tipo Muñoz Molina-Elvira Lindo y Nueva York desaparecerá, como Nínive o Babilonia, Hattusas o Ugarit, disueltas en humanidad informe, amalgama de sustancias étnicas heterogéneas. Y ello me da pie a mí ahora para hablar acerca de que todo grupo humano al que pueda calificarse con una característica común necesita de frontera, de una zona gris, como dirían los comentaristas de la guerra de Ucrania, en la que unos ni otros la dominan, en la que se desarrolla materialmente el conflicto, y la que sirve de frontera incierta entre unos y otros. Pues bien, una familia necesita esa zona gris o “limes”, una zona neutral, que la separe de las demás para tener una identidad propia. Lo mismo ha ocurrido siempre con la “gens”, la fratría o curia, la tribu y el Estado nacional, que es ahora lo que tenemos y que se está perdiendo y disolviendo peligrosamente en un lodo viscoso de humanidad. Sin esas fronteras la familia no tiene apellido o nomen, la “gens” no tiene antropología y la tribu y la nación no tienen ni historia ni carácter. De hecho, ninguna de esas estructuras humanas podría existir. Esta zona de frontera venía a ser lo que el bosque limítrofe de los germanos, el desierto que los suevos de César creaban alrededor de su territorio, el “îsarnholt” ( en danés “jarnved”, o limes Danicus, como lo llamaban los romanos ), entre daneses y alemanes el “Sachsenwald”, y entre eslavos y alemanes el “branibor” ( en eslavo eclesiástico “bosque protector” ), que dio su nombre al Brandeburgo entre alemanes y eslavos. Además de este territorio-frontera o zona gris que protege nuestras identidades tribales y nacionales está el idioma, que nos separa de los extranjeros, subrayando nuestra personalidad: nuestros pensamientos los producen una determinada gramática. Por eso cada pueblo tiene su filosofía propia y sus posibles filosofías futuras, que nunca podrán ser agramaticales. Por esa razón los chinos no pudieron descubrir la teoría de la relatividad, porque a diferencia de las lenguas indoeuropeas, el chino no expresa el tiempo y el espacio con la misma categoría gramatical, como sí lo hace el indoeuropeo ( v. gr. acusativo de extensión en el espacio, acusativo de extensión en el tiempo, etc. ) La lengua y la historia de cada nación crea su propia épica, y de ésta su literatura nacional. Sólo cuando una nación conquista a otra o a otras puede haber dos, tres o cuatro idiomas, pero la lengua oficial será la que habla la parte dominante, la que ha vertebrado la nación. Otro elemento de frontera espiritual que subraya las identidades nacionales es la religión predominante con la que ha nacido la nación y las solemnidades religiosas comunes ( en nuestro caso la Navidad, la Semana Santa, señaladas fiestas locales, etc. ) La religión no sólo construía y cohesionaba la antigua ciudad ( Fustel de Coulanges ), sino que es la base de la moral nacional y de su mundivisión. La argamasa nacional que une las más pequeñas partes con la Nación: de los dii familiares a los dii curiales, de los dii curiales a los dii tribales, de los dii tribales a los dii civitatis. Y lo mismo que Roma en Grecia y en la India indoeuropea. La religión constituye la primera base de la organización de una comunidad. Y también su fuerza espiritual. De ahí que en la Edad Media compitieran los reinos y las ciudades en atesorar cuerpos y huesos de santos. Los cuerpos de estos muertos estaban cargados de una energía divina que hacía poderosas a las naciones en donde reposaban. Hasta se robaban unos a otros estas reliquias poderosas. También los miembros de la nación suelen tener el derecho de elegir y deponer a sus jefes ( el poder representativo de la continuidad y el poder representativo de la opinión ), cosa que no la tienen los que están al otro lado de nuestras fronteras territoriales. Cada país tiene su paisaje que se ajusta a una economía con sus propias fortalezas y debilidades, y es siempre peligroso que otros te pongan un cinturón contra el crecimiento económico, o que elijan por ti los sectores de su desarrollo, so pena que se reciban compensaciones. Y aún así no es bueno. Cada país tiene su doctrina para hacer la guerra que como señalaba Clausewitz locura sería coger la de otro con distintas fuerzas y distintos enemigos. Las doctrinas militares tienen que ser producto de la situación y peculiaridades de cada país. Una doctrina no es nunca superior a otra en abstracto, sino en relación con las circunstancias. Los ejércitos que se convierten en subsidiarios doctrinales de otro – v. gr. los ejércitos europeos respecto a los EEUU -, por el simple hecho de ser éste más poderoso, renuncian a uno de los factores teóricos de eficacia más importantes. Una nación que ha sabido entender a Clausewitz como nadie ha sido la nación israelita. Fracasan siempre los que viven del plagio de doctrinas ajenas. Corea y Vietnam dieron claros ejemplos de cómo un ejército inferior puede enfrentarse a uno superior ( e invalidar supuestos “principios”, como el de que la posibilidad de la victoria terrestre está condicionada por la superioridad aérea ). La nación pequeña, como la familia, la gens, la curia, la fratría o la tribu, no debe tratar nunca de copiar la doctrina del más fuerte, sino adoptar la que conviene a sus circunstancias e idiosincrasia, a su identidad. En resumen, las fronteras crean estructuras nacionales y con su desaparición regresamos a la horda, a una perpetua estampida de búfalos hollando nuestra civilización y nuestra historia perdida en la noche. Lo que existe tiene la ventaja de existir y sustituirlo por lo que no existe puede suponer un sacrificio suicida.