Con su letanía creciente de amarguras y dolencias, la vejez se nos hace intolerable. Ya no encuentra – como en otro tiempo – el ámbito al que acogerse, la atmósfera cálida bajo la que ceder dulcemente a la inexorable gravedad de la muerte. Se ha perdido el espacio mismo en que reclinarse pacientemente, revolviendo los recuerdos con el deleite de una pena sagrada. Nadie entiende la complaciente tristeza de los viejos.
¿Cómo podrían conocer el lugar que les corresponde en los espacios de la casa? Las viviendas tecnológicas: lineales, higiénicas, iluminadas, no dejan rincones de acogida, penumbras para el descanso silencioso, rincones espiritualmente saturados, hechos de la sustancia de la tierra: piedra, barro, madera. No se encuentran rincones vividos durante generaciones, en los que se conservaban las radiaciones de otros cuerpos que – presentes en el nuestro – le comunican un calor inestimable. Las tecnologías inteligentes exigen morfologías funcionales, figuras plásticas, pantallas fugaces. Se han perdido los depósitos del trato, las cosas que pasan de mano en mano, útiles gastados con huellas de su uso: escotaduras, lañas, erosiones que son heridas en el cuerpo de las cosas y signos vivos de esos auténticos acumuladores de tiempo humano. En el orden del consumo masivo y el reciclaje – antítesis de la conservación y el cuidado – nada viejo llega a nuestras manos.
Las casas se reducen a domicilios: residencias más o menos amplias, peor o mejor decoradas, pero sin perspectiva: desarraigadas del continuo trascendental de la vida. Es raro que la habiten varias generaciones de una familia. Cuando la familia misma se disuelve, la casa pierde su valor de foco de irradiación, de hogar beatífico o núcleo desde el que se sale al mundo. Sin niños que envuelvan la vejez, la muerte se presenta como terminal e infranqueable. Los viejos que ya no reconocen el mundo, pierden a la vez el camino de regreso a los elementos de la vida: la comida, el juego, la compañía: la comunicación esencial que conserva al final los principios de la vida y consuela del olvido de nuestro paso por el mundo, porque es el signo de una trascendencia cierta.
Perdida toda función económica la casa es el sitio para dormir, el área del fin de semana, lugar de paso que carece de todo valor de estancia. En el presente sin dimensión de un tiempo cuyos plazos se han ido acortando, a velocidad creciente, el viejo conserva – para su dolor – usos y costumbres olvidados. Entre los muros de la casa se preservaba el firme sedimentario de un orden humano, que pudo parecer inexpugnable. No lo es y lo hemos visto desaparecer. Los gestos del anciano resultan del todo extraños: ignora el uso de una domótica que ha barrido toda radiación trascendente de los espacios de la vida. La vivienda, contra su propio nombre, es hoy una estructura diseñada para la satisfacción de funciones elementales, dado que no podemos suprimir las exigencias animales de la máquina de vivir. Mientras no podamos – al menos – someter esas exigencias al ritmo métrico de un tiempo exacto, habrá que contar con espacios interindividuales de reposición y tránsito.
Los viejos de mañana serán jóvenes exánimes, el transhumanismo ignora la vejez o la recubre con la máscara de una juventud decrépita que nos llevará, con positiva jovialidad, al umbral de la institución gestora del último tránsito.
Hace un tiempo se exigió a los bancos una atención personal para personas mayores, ajenas a la tecnología reciente que, a la vez que sublimó al extremo el dinero, pulverizó los espacios que exigían un encuentro personal. Formará parte de la burla trágica de nuestro tiempo que los bancos vayan a suplir las funciones más radicalmente humanas. En el banco el viejo oirá todavía la voz del rostro que le habla, cuando hace tiempo que en su casa no suena más voz que la emitida por los nuevos ingenios de la telemática.
Las inteligencias artificiales, que se presentan como formas separadas, inteligencias sin cuerpo – angélicas o demoníacas – carecen del lastre de un cuerpo que se curva hacia la tierra, que se rompe en humores pestilentes y pierde toda comprensión del mundo. Los ángeles de la tradición envidiaron, sin embargo, el cuerpo de los hombres y lucharon por apropiárselo. Acaso mañana las inteligencias artificiales invistan nuestras entretelas y, carne de nuestra carne, nos lleven a una vejez capaz de existir en el orden tecnológico de un presente sin ayer y sin mañana. Me alegraré de no contemplar ese mundo de viejos dinámicos, con sus cuerpos sin llagas y su conciencia artificial: ágil, feliz, desesperada.