Opinión

El enredo del PP

TRIBUNA

Fernando Maura | Jueves 21 de septiembre de 2023

Michel Rocard, que sería primer ministro de Francia entre los años 1988 y 1991, escribió un ensayo que tituló “Le coeur à l’ouvrage”, que en español fue traducido como “Trabajar con el corazón”. En él, el político socialista enumeraba las tres condiciones que deberían caracterizar los liderazgos. La primera, la definición de una estrategia clara a seguir; la segunda, la elección del mejor de los equipos posible; y la tercera, la gestión de las crisis.

Si damos por buena la tesis de Rocard y la pasamos por el tamiz de la actuación del PP una vez concluido el periodo electoral -sin perjuicio de una eventual repetición de las generales-, no parece que el actual presidente de ese partido acierte en ninguno de los tres componentes que caracterizan a los buenos dirigentes. Su estrategia se muestra las más de las veces atropellada y confusa, convoca manifestaciones multitudinarias que luego convierte en un mitin de partido, mantiene conversaciones con el grupo parlamentario que dirige desde Bélgica un prófugo de la justicia, además de acreditar que no sabe cómo tratar al único socio de alguna relevancia con el que pueda pactar. El capítulo de los miembros de su equipo merece también comentario aparte: un titular de la prensa de papel decía el 19 de agosto de 2023 que Feijóo busca estrategas de primer nivel para reforzar su equipo (El Mundo), lo que supone que le faltan, a la vez, la primera de las características demandadas por el político francés -la estrategia- y la segunda -el equipo-. Y en cuanto a la gestión de la crisis, más vale no pensar en que le pudiera surgir un escenario de este tipo en el caso de que en alguna ocasión se encuentre en el gobierno.

Y es que gobernar, a través, eso sí, de diversas mayorías absolutas, una Comunidad Autónoma como Galicia, caracterizada por un importante componente rural, un acendrado conservadurismo y unas élites locales que se integran poderosamente con el viejo -que no caduco en esas tierras y en otras de España- caciquismo, no es lo mismo que aspirar a gobernar España y hacerlo además desde esa desquiciante máquina de picar carne que es Madrid.

Un proyecto de país y para el país no es tampoco una “suma de regionalismos compatible con la unidad de España”, como aseguraba el diario ABC el pasado 29 de agosto, que era el proyecto de Feijóo. Porque España no es, no podría serlo, una adición de sus regiones; por lo mismo que tampoco lo es la sola integración de jóvenes, mayores y personas de edad madura o intermedia; ni de españoles de nacimiento, de adopción, o de los que aspiran a serlo y devoran para ello los artículos de una Constitución que otros españoles se empeñan en enterrar; tampoco una suma de clases sociales o de ocupaciones profesionales.

Un país, una nación, no se constituye sólo con sumandos diversos, por muy importantes -y lo son todos- que sean. Una nación es, además de eso, un intangible que se forma de lo que une a todos los españoles: una lengua común, sí, a pesar de lo que se la castigue; una historia compartida, a pesar de que se la distorsione; una manera específica de vivir…

Una nación no es solamente el río que atraviesa su cauce en el momento en el que lo contemplamos. Se compone del agua que ha pasado ya y de la que aún está por llegar… decía don Antonio Maura. Por eso, gobernar, más aún, liderar un país, no se parece a dirigir un puzzle de componentes diversos. Se trata ante todo de captar el alma de ese país y de sus gentes, comprendiendo bien lo que quieren y ofreciendo soluciones a sus problemas, aunque algunas de las ofertas que le presenten no sean necesariamente asumidas por la ciudadanía. Porque gobernar es también pensar en los retos que presenta el futuro y no sólo fijar la atención en la demoscopia.

Nada de esto se advierte en el actual discurso -por otra parte embarullado- del PP. Es evidente que un partido que no ha sabido todavía encontrarse a sí mismo, difícilmente podrá entender a los ciudadanos, menos aún diseñar una idea de nación a la que servir. Ni siquiera le es suficiente afirmar que se trata de un partido constitucional cuando el otro partido clave del sistema -el PSOE- se mueve por otros derroteros. España es su Constitución, pero es también un país que existió antes y que existirá después, con ésta o con otra Carta Magna.

Quizás convendría investigar los orígenes de esta insuficiencia, sin duda coherente con un vaciamiento ideológico y de proyecto en un partido que abandonaba buena parte de sus referencias para concentrarse -que no centrarse- en la obtención de los votos de un espacio político que nadie más que ellos ocupara. De esta deshabitación de principios -unida a la corrupción de algunos de sus componentes y su equívoca gestión del desafío independentista- surgirían, Ciudadanos, primero, y Vox, algo más tarde. Desaparecido el primero de sus citados rivales, el PP ha sido incapaz de rearmarse ideológicamente, y contener así la fuga de votos hacia el partido presidido por Abascal.

A fuerza de convertirse en un partido que “atrapa todos los votos” (de “catch all votes”, de la expresión anglosajona) el PP genera más frustración que satisfacción entre muchos de sus electores, que siguen instalados en el síndrome del mal menor, que es el que se produce al introducir la papeleta menos mala de entre las opciones existentes.

No hay mucho tiempo tampoco para congresos ni convenciones cuando el país se asoma al probable abismo de una vuelta de tuerca que vuelva irreconocible el proyecto de convivencia que acordamos en el 78. Para desenredar la madeja es preciso saber qué hacer y con quién, como necesaria antesala para poder encarar la crisis que se avecina.