Opinión

Entre Botero, Carlos III en París y Phileas Fogg

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 21 de septiembre de 2023

La muerte del fecundo Fernando Botero nos recordó su ingente obra, reconocible, admirada, original, puntillosa y hasta divertida, moviéndose entre la solemnidad que imprime los artistas y el público que la acogió sin reparos. Lo sublime se mezclaba con lo grotesco, lo reclamante y lo mirífico. Fue un reto a la estética, a los más decantados cánones, desafiándolos, por más que negara que pintaba o recreaba “gordos”, pese a ser aludido siempre por su fructífera obra como “Las gordas de Botero”. Pudo negarlo hasta la saciedad, empero pasará a la Historia como el señor que pintaba gordos. Qué se le va a hacer.

A mí me agrada su arte. Vi dos exposiciones en la capital mexicana, ambas magníficamente concurridas, montadas la una, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso y la otra, en el Palacio de Bellas Artes. En sendas ocasiones escribí en el libro de visitas qué ojalá que donara a la Ciudad de México una escultura de esas tan emblemáticas. Desconozco si lo hizo o a cuáles instancias correspondía gestionarla. Una de gran formato no tenemos entre sus principales avenidas. Ni hablar. Su obra no dejará de ser siempre inequívocamente identificable y estupenda.

A otra cosa. Los reyes británicos han tenido de suyo, siempre con París una relación de impecable infaltables glamour y derroche. Una suerte de fascinación mutua que no cualquiera alcanza y refrenda como suelen hacerlo. Desde el viaje de la reina Victoria restañando las heridas que dejaran las guerras napoleónicas, para encontrarse con el atufado, petulante y zalamero Napoleón III, cada regreso es un capítulo de órdago para la capital francesa. Así, podemos enlistar las visitas oficiales y sexosas de Eduardo VII como heredero al trono, de Jorge V en vísperas de la I Guerra Mundial y de Jorge VI y su esposa, Isabel, en el periodo de entreguerras, poco antes de iniciarse la II Guerra Mundial, desencadenando el lucimiento que suponía acudir a la Ciudad Luz. Isabel II y sus encuentros con De Gaulle, sus desplazamientos a Versalles, sus acercamientos en tiempos más recientes con Hollande y hasta timbrando el mercado de flores denominado en su honor ya bajo la actual alcaldesa, la francoespañola Anne Hidalgo, marcaron su amor profundo, esa complicidad que existió entre la capital del Sena y Su Graciosa Majestad.

Carlos III es el nuevo eslabón que une a los soberanos británicos que lo antecedieron en el trono, con París. Si bien, uno pensaría que no se puede quedar mal ofreciendo el Arco del Triunfo o una cena de gala en el mismísimo Versalles –ese que todos copiaron y nadie igualó entre las testas coronadas del antiguo régimen– la opinión pública francesa ha reprobado el despliegue, cuando, que no, el derroche. Sin embargo, ya que siempre será un argumento que cale, se concite y provoque secundarlo, porque no deja de ser sensato oponerse a tales merecimientos y prodigalidades, resulta no menos cierto que ha de recordarse que los franceses son los más monárquicos de entre los republicanos y Francia goza de un patrimonio tal que, difícilmente, puede sustraerse a prodigarlo, máxime en tratándose del monarca británico, siempre ovacionado, seguido inexorablemente por los medios. Hay que asomarse a la cobertura de los medios franceses para constatar cómo se referían a esta visita real, para comprobar que, en términos generales, los apabulla. Y claro, estos reyes, los de Gran Bretaña, los más. Guillotinas e historia compleja entre ambos países, aparte. Por eso, ha de remarcarse esta visita. No es cualquiera, sino una acendrada en antiguos vínculos, por paradójico que nos resulte. No es una simple y farragosa propia del premier británico, sino la del mismísimo rey de Gran Bretaña, por mucho que sea su figura solo simbólica, retórica y representativa sin más.

De cualquier manera, no es óbice todo lo anterior para remarcar que este sujeto, Carlos III, que ha esperado 70 años para ascender al trono, primara visitar Alemania y Francia para estrechar lazos. No es indiferente a la importancia que le reviste a su país, pues conforma con ambos, una triada que contribuye –se esté dentro o no de la UE– a la estabilidad de Europa. Por eso, ni es un simple y soporífero recorrido protocolario más ni solo ribeteado de firuletes y ostentación. Y así hay que leerlo: como la presencia de un monarca que en el evidente estrecho margen que posea, no es indiferente a la realidad política europea y que, tal y como sus antecesores, pone un pie en París para refrendarlo, que París es lo que es y lo que representa. Mas no escatima París en rendirse a los pies del monarca británico. No es y nunca ha sido cosa menor su presencia oficial allí. Clamó por amistad y confianza, si bien esa relación bilateral es como la telenovela aquella, es una de suyo, relación borrascosa que las coloca a Gran Bretaña y a Francia en su calidad de amigas y rivales.

Termino: en este año 2023 se cumplió el sesquicentenario de la publicación por entregas –como era lo habitual, entonces en tiempos decimonónicos– de la afamada La vuelta al Mundo en 80 días. Para variar, es Julio Verne el que colocó en el candelero la idea no solo de reventar el hito de ser posible circunvalar el planeta en esa cifra, sino que, además, cronómetro en mano, apresuramientos incluidos y teniendo en vilo al lector, mostró que el inolvidable protagonista de este portentoso periplo, Phileas Fogg, no requirió de 80 días para conseguirlo. Léase la obra, por supuesto y desentrañará mis palabras. Este siglo y medio transcurrido desde que concluyera la distribución primigenia de esta historia, me ha recordado mi aproximación a tan entretenida narrativa. Una cuajada de datos, mostrando el autor sus conocimientos y su conciencia acerca de la extensión del Imperio británico, la primera potencia de su tiempo. Aludir a México en esa agobiante ruta fue un nuevo acercamiento, no el único en la fructífera obra del referido novelista. La disfruté en su día y he releído algunos pasajes que recordaba particularmente, amenos. Verne casi nunca decepciona, salvo en obras como París en el siglo XX. Invito a leerla, ya que La vuelta al mundo en 80 días posee una vigencia inusitada, formidable, entretenedora. Es vigencia y regusto por lo antiguo, incomparable y sumamente envolvente y atractivo. No le quepa la menor duda.