El actual obispo de Zamora, de la lejana Murcia parlera, y que gracias a él vuelven las Edades del Hombre a su diócesis como un nuevo time to hope, ha decidido abandonar el palacio obispal, paredaño a la bizantina catedral, con su infinito archivo polvoriento, para irse a vivir a la casa en que naciera el gran sainetista zamorano Miguel Ramos Carrión, cuyo teatro epónimo se levanta en frente. Los sainetes solían representarse en el siglo XVIII como prólogos a los autos sacramentales, que mezclaban lo sagrado con lo profano. Eran los sainetes como el felpudo en que el espectador limpiaba sus zapatos antes de entrar en aquella representación sagrada, pero encarnada por actores y actrices de vida perdularia, que despertaban en el público la chanza y el regocijo. Con el tiempo la gente no asistía a los abstrusos autos sacramentales si faltaban estos sainetes de divertido realismo en el inicio y los intermedios. Ramón de la Cruz ha sido quizás el mayor sainetero de nuestra literatura. Si acabó encontrando en el sainete su mejor medio de expresión, será sobre la base de hacer de cada sainete una piececita satírica, con la misma finalidad de los escritores de comedias clasicistas: presentando estilizadamente los personajes sobre los que recae algún vicio o alguna mala costumbre y castigándolos al final. Ramón de la Cruz no sólo crea el madrileñismo costumbrista – los madrileños y las madrileñas las descubrió Ramón de la Cruz – sino que creó un tipo de sainete que es muchas veces la síntesis, o como el esbozo, de una comedia de caracteres, cercana, por tanto, a la comedia clasicista. Ramos Carrión fue quizás el mejor epígono del sainete de Ramón de la Cruz, con un majismo que Ortega llegó a llamar plebeyismo, y que llega hasta el mejor teatro costumbrista de la cuarta parte del siglo XX, que es el teatro de Francisco Nieva, en donde vuelven a aparecer, como personajes, taberneros, castañeras, verduleras, tenderos del Manzanares, sacristanes, picadores, beatas, aguadoras, viejecitas, caseros, golfillos, ladrones, brujas, señoritos galantes, mendigos, lechuguinos, chulapos y chulapas, príncipes y princesas, lumpemproletariado, curas libidinosos y presidiarios. El sainete dio lugar con el tiempo a la ópera española, que es la zarzuela. Y ahí esta esa espléndida zarzuela “Agua, azucarillos y aguardiente”, de este gran Ramos Carrión, cuyo lugar de nacimiento ocupa un obispo sin duda con sensibilidad literaria. Aquella España del género chico se modernizaba en sus clases altas o superiores, pero en su totalidad el país entero se reclamaba de una cultura de abruptos perfiles vernáculos, una sociedad que, a pesar de ser ya una sociedad urbana, permanecía sólidamente anclada en el pasado, en los sagrados usos y costumbres de pueblo, hoy quizás sólo protegidos y consignados en el Año Cristiano. Y no podemos olvidar, como ya dijera Benjamin Constant, que conservar la sociedad a veces se antoja más difícil que cambiarla. En el género chico aparecen como personajes gente chica, el óchlos del evangelio, lo que debía corresponder con la prédica del señor obispo que habita en el inmueble en que naciese Ramos Carrión. En espacio de pocos años este pequeño mundo teatral generado por la zarzuelita corta, por el sainete con música, reflejó con gruesos y salados trazos todo lo silvestre y pintoresco que caracteriza una época epigonal en los inicios de otra, la época industrial. El teatro de Ramos Carrión, como el de Arniches o los hermanos Quintero, se convirtió en emblema de la identidad española, arcaizante y popular. En el esquema dramatúrgico de cualquiera de aquellos sainetes hallamos casi siempre una fiel y sencilla interpretación de los cánones aristotélicos, una sumisión a los grandes clásicos de la Antigüedad, como Menandro y toda la comedia alejandrina. El aleccionamiento de los escritores dieciochescos - ¡Ramón de la Cruz! – y el precedente del vodevil francés contribuyeron a que no se disparase la imaginación de los autores, y a que se sujetara. Es así que a ninguno de estos sainetes les falta su exposición, nudo y desenlace, ni los predeterminados efectos teatrales que enumera la poética de Aristóteles. No olvidemos que tanto en arte como en política civilizada lo que impide que haya arbitrariedad y desconchados feos es la observancia y dominio de las formas. Las formas son las divinidades tutelares del arte y de las asociaciones humanas. Sorprende e intriga el venero de preciosas ideas musicales que generó este humilde teatro doméstico, y que hasta tal punto se enraizó la música de la zarzuela en el pueblo español que se convirtió en música patriótica, exactamente igual que el vals vienés. No nos estremece menos de patriotismo la música de muchas zarzuelas que l propio himno nacional. Y quizás la mejor música fuese la de Federico Chueca, montada sobre los libretos de nuestro paisano Ramos Carrión. Auténtica música celestial para organillo. No es más de lo que quiere ser y lo es de un modo maravilloso. Acusa en el género chico una caligrafía de gestos estereotipados que hacían las delicias del público, y que hace unos años aún veíamos en algunas tabernas del Madrid con raciales azulejos pintados, que festoneaban la plaza de Tirso de Molina, en donde aún podías comer cocido madrileño y callos con buen vino de la frasca, pero que hoy han desaparecido con incomibles platos para turistas. Y es que los gestos del artificial sainete se habían salido del teatro y caminaban por las calles. Yo celebro la decisión del Sr. Obispo, porque, como ya he venido a decir, las gentes por las que se interesaba Jesús son las más parecidas a los humildes personajes de zarzuela. Jesús no se constituyó jamás como uno de esos jefes únicos que necesitan residir en un palacio fortificado, y cuyas proezas sólo pueden consignarse en solemnes tragedias y epopeyas. Quizás los palacios obispales deben ir perdiendo sacralidad e ir adquiriendo operatividad. Marx se dirigía todavía en marzo de 1850 a la Liga de Los Comunistas con el imponente vocativo de HERMANOS. Luego los marxistas – que no Marx – sustituyeron el término por el de CAMARADAS. Quizás lo hiciesen porque el de “hermanos” estaba ya desgastado y vaciado de cualquier contenido ético que comprometiese. Recuperémoslo desde la humildad del género chico.