Opinión

Francisco dice lo que no queremos escuchar

EN LA FRONTERA

Rafael Ortega | Sábado 23 de septiembre de 2023

Francisco nos vuelve a decir a todos lo que nos negamos a escuchar. Y esta vez lo hace desde Marsella, la ciudad francesa que acoge a decenas de miles de emigrantes, la mayoría árabes, que llegaron allí tras cruzar el Mediterráneo , este mar nuestro que desde 2014 es la tumba de 26.000 hombres mujeres y niños que murieron ahogados cuando intentaban llegar a un mundo que seguro, ellos creían era mejor.

Y el Papa ha lanzado un gran grito en Marsella: “No nos acostumbremos a considerar a los naufragios como noticias y las muertos como cifras”. Un grito que tenemos la obligación de oír y que no debemos olvidar, aunque muchos ya ni siquiera quieran recordar aquel primer viaje del Pontífice a la isla italiana de Lampedusa que vio a FRANCISCO con lágrimas contenidas y con rabia evidente y también con emoción, cuando lanzó al mar esa corona de flores que quería ser un símbolo, un flotador de esperanza, para esas miles de personas sepultadas en el mar.

Aunque no lo queramos, porque estas noticias molestan, no debemos olvidar que la emigración es un fenómeno muy complejo, ya que está impulsado en gran medida por las desigualdades del mundo en el que vivimos y el instinto humano de sobrevivir y buscar seguridad y oportunidades. Lo que estoy seguro es que bloquear las llegadas, no sólo contrasta con nuestras obligaciones legales y morales hacia los refugiados sino que también ha resultado en gran medida inútil.

A nuestras costas del sur de la península y de las Islas Canarias llegan todos los días pateras y cayucos con decenas de personas, y digo decenas porque otras muchas han muerto en el trágico viaje, que muestran en sus ojos miedo y esperanza. Miedo sufrido en la aventura y esperanza por encontrar una vida mejor de la que dejaron en su país de origen a miles de kilómetros. Si a esto unimos a aquellos que escapan de tragedias o de conflictos bélicos, tenemos un cuadro difícil de enmarcar en esta Europa que las naciones del norte del llamado viejo continente, tratan por todos los medios de amurallar, mientras los del sur pretenden, pretendemos, que lleguen ayudas para solucionar este tremendo problema que solo parece preocuparnos cuando hombres como FRANCISCO toca la campanilla.

El Papa termina la tarde del sábado su viaje a Marsella en donde, como decíamos, ha tocado la campanilla cuyo sonido espero, esperamos, haya llegado a los oídos de todos y poder recordar que los rescates son un deber de humanidad. Su 44 viaje apostólico al extranjero y el primero de un Papa a Marsella desde 1533 ha suscitado un gran interés pese al declive del catolicismo en Francia, país laico desde 1905 y donde las acusaciones de abusos sexuales en la Iglesia aceleraron la crisis. FRANCISCO advirtió que su viaje no es una visita oficial a Francia, sino que busca clausurar un encuentro entre obispos y jóvenes del Mediterráneo, con las desigualdades, el diálogo interreligioso o el cambio climático en la agenda y sobre todo, y no lo olvidemos, la tragedia de la emigración.

FRANCISCO ha viajado de nuevo a las periferias, aunque estas se encuentren en una gran ciudad de primer mundo. Marsella ha visto a un hombre en silla de ruedas, anciano, pero en primera línea de lucha ante las injusticias que son, y es culpa nuestra, silenciadas en la mayoría de los casos por los medios, que ese día han recogido con grandes titulares e imágenes la visita del Rey Carlos de Inglaterra a Francia, que ha coincidido con la visita del Papa. Yo, particularmente, prefiero la fotografía de FRANCISCO abrazando a un niño emigrante que la de la gran mesa del banquete del Macron a Carlos III.