Opinión

Ante un gran desquicio

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 25 de septiembre de 2023
La palabra desquicio alude entre otras cosas a quitar de una persona la cordura o la paciencia para que agarre hacia cualquier lado. El desquicio conduce hacia diversas direcciones entre ellas la del hartazgo y en esa condición se altera y se trastorna la convivencia, que puede derivar en otra forma aún más riesgosa (o desquiciada) que es la violencia ante una situación a su vez desquiciada y desquiciante. Hoy la Argentina está en puertas de un conflicto social y político de dimensiones impredecibles. Si se efectúa una comparación histórica, se verá cómo convergen los factores que llevaron a otros países a un tipo de crisis que abarca una economía extremadamente precaria, con franjas de la población empobrecidas y humilladas, con sentimiento generalizado de angustia e incertidumbre y de desconfianza en la mayoría de las instituciones, con élites desprestigiadas e impotentes para resolver los problemas. En ese contexto se puede dar un surgimiento de liderazgo antisistémico que se enfatiza con impronta redentora, siendo la respuesta que encuentra la sociedad para enfrentar las desgracias que la aquejan. De manera entonces que las perspectivas son sombría para un país desesperado y con una economía destruida bajo propuestas de líderes poco o nada creíbles.

Todos sabemos que la historia se repite; sino en una misma forma, con parecido sospechoso. Si nos retrotraemos al siglo pasado, incluyendo lo que ya llevamos de este, la secuencia no solo es un similar ritorno al segno, como quería don Giambattista Vico; en este caso con descontento hacia la democracia que facilita el acceso al gobierno de líderes personalistas, de vocación autoritaria, cuyos argumentos para legitimarse son cargar las culpas del sufrimiento popular a las que están sometidas las élites. En la Argentina los políticos recibieron el principal embate, debido a su responsabilidad indelegable, pero también al hecho de que su conducta queda expuesta al juzgamiento público, diferenciado de lo que les ocurre a los otros sectores de la ciudadanía. Es así que la llamada “casta” se nos presenta como un adjetivo oportunista y eficaz, aunque no menos dudoso que sorprendente. Tampoco lo deja de ser el significado que se le atribuye, siempre cargado del sentimiento popular que lo expresa. Por consiguiente, si existe asombro es porque los políticos encerrados en sus propias contradicciones creyeron que, a pesar del enorme desencanto social, esto no los iba a alcanzar. Sin embargo llegó y aquí se los ve con el pecho expuesto a las balas.

Pues bien, si ampliamos el paralelismo histórico comprobamos que en todo el territorio hispanoamericano se puede entender por qué se ha suicidado la clase dirigente argentina, muy afín a los autoritarismos pasados en consonancia con el presentes; todos precedidos por síntomas de descomposición de un sistema que se sintetiza en la actuación de los malos gobiernos, con imposibilidad de acuerdos con sus pares, beneficiada por grandes privilegios y tentada por la corrupción. Algo que ha llevado a una forma de delito contra las personas, subestimación de los problemas, indiferencia y el padecimiento de las masas que representan. En esas condiciones se desata un drama que la política no tiene respuestas materiales ni simbólicas a las demandas que la desbordan mientras ellos se niega a ver.

En la Argentina de los últimos años se administró mal y se acentuaron las divisiones entre los partidos. Populistas y republicanos libraron una guerra tan destructiva que convirtió sus ocasionales triunfos en victorias pírricas. Luego, en una deriva irracional, los republicanos se trenzaron en una interna feroz, que no tuvo ni tiene aún “vencedores ni vencidos” y en la cual perdieron todos y ahora están sufriendo las consecuencias trágicas de tales desatino. Todos estos equívocos, esta suma de errores son los que permiten imaginar quién tiene más chances de alcanzar el triunfo en estas próximas elecciones, cuyo nombre inquieta y desconcierta a los otros interesados. La razón de fondo es muy probable que no sea sus cualidades, sino las insuficiencias y lo errores, en apariencia irremontables, de sus rivales.

Una lista de los candidatos nos lleva a empezar por el que representa al actual Gobierno que a poco de un año de su gestión como Ministro de economía ha hecho que la inflación supera el 120 por ciento anual, con crecimiento de la pobreza, pulverización de la moneda y un Banco Central que carece de reservas en dólares y produce entre otras cosas un déficit fiscal casi sin precedentes, con una incontrolable inseguridad no da respiro, con un Presidente de la Nación y una vicepresidenta desaparecidos y planes electoralistas visiblemente mentirosos e irresponsables. Este candidato es el ministro Sergio Tomás Massa, cuya gestión no cierra por ningún lado; es más, si con estas condiciones ganara el oficialismo que representa, se desataría un debate mundial acerca de cómo se consigue la legitimidad política, ya que los gobiernos que cuidan el equilibrio fiscal comprobarían que lo que reditúa es la inflación galopante, y los que procuran ser racionales concluirían que son ilusos. De esta forma la excepcionalidad argentina alcanzaría el paroxismo.

En la vereda de enfrente, la candidata opositora, Patricia Bullrich, no tiene las cosas más fáciles. Su candidatura es consecuencia de lo que llamamos antes una victoria pírrica: la consiguió con el costo de tantas pérdidas y extravíos, que el recuento de fuerzas arroja al momento datos deprimentes. Logró derrotar al alcalde de la ciudad de Buenos Aires, un oponente moderado y ahora debe representar, sin demasiada convicción, el papel de aquel que venció, porque para capturar esos votos independientes se aprecia más la mesura que el todo o nada. No basta con expresar su desprecio hacia el Kirchnerismo ni ridiculizarlo, se necesitan propuestas más concretas y programas de gobierno convincentes. Su candidato a Ministro de Economía, es más un payador que un exitoso economista; pero tampoco allí terminan sus problemas. El jefe del partido que integra, el ingeniero Mauricio Macri simpatiza con los valores del candidato outsider y, aunque diga que ella es su preferida, el líder -rememorando también sus épocas de Presidente- no termina de convencer. Y sus asesores tampoco la ayudan, al sugerirle que no ataque al que va primero, valiéndose del estereotipo de que no hay que cuestionar al preferido de la gente. Si se sacudiera estos equívocos, tal vez el ingeniero podría dar una sorpresa. Aunque ojo, porque la sinceridad en términos políticos no conduce a nada.

¿Qué sucede ante esta situación? ¿Tiene posibilidades Javier Gerardo Milei el locuaz candidato libertario? Concluyamos que sí; en parte porque el juego recién empieza y quienes compiten con él no se presentan como una opción clara, sino todo lo contrario pues el frente de tormenta que deben enfrentar internamente amenaza con arrasar a Bullrich y a Massa. Digamos que los problemas de sus rivales, le suman puntos a Milei. En especial porque atrae con un tipo de creencias que están tan próximas a la religión y al misticismo como a la política; características por lo general propias de este tipo de liderazgo carismático. Lo cual hace que muchos de sus votantes lo justifique y asuman su fanatismo, convencidos a su vez de que superará todas las dificultades e impedimentos. Si a sus seguidores se les plantea que la dolarización es prácticamente imposible, contestan: “Él hombre la prometió y sabrá sin duda cómo hacerla”; si se les dice que es un desequilibrado, responden: “De eso lo acusan los políticos, porque saben que los va a meter presos”. Existen también deseos indolentes de estallido, que lo ayudan: “No vendría mal que de una vez por todas explote el país; así no se puede vivir más, todos deben de ir presos”. Y otros, los menos escépticos que resignados dirán: ¿Qué podemos perder si ya lo perdimos todo?”. En la ascensión de las propuestas fascistas estos fanatismos son argumentos válidos e históricos.

Además, lo que sin duda prevalecerá en este enfrentamiento electoral inédito es el voto de los estafados; es decir, de los que están hartos de soportar tanta desfachatez. No sabemos si es posible descifrar esta compleja actitud del candidato libertario; es probable que las claves que lo llevarán al triunfo o la derrota se den en esta dirección.

Pero los escenarios cambian cotidianamente en este alegre y patético país. Se debate ahora en el centro de la discusión la construcción de un candidato más racional y con más atención puesta en la gobernabilidad. Se ha dado así muy recientemente la aparición de la candidata a vicepresidenta de Milei, una joven señora que aparece como vocera y matiza sus arrebatos con un demencial negacionismo, que debe leerse como un refuerzo de la cara femenina del postulante, que es resistido por muchas mujeres. Ahora, claro, habrá que ver si todos estos recaudos pueden torcer la naturaleza del personaje, que -eso sí- emerge con violencia insultante y absoluta intolerancia a cualquier contradicción. Asunto que nos hace pensar que el escorpión suele ser uno de los enemigos más temibles de los asesores de campaña.

Las sombrías perspectivas se basan en la convicción de que si ganara este hombre, el país se volverá ingobernable. Como hemos sostenido, la conjunción de una sociedad desesperada, una economía destruida y un líder desequilibrado semeja a los dragones y endriagos que en los grabados medievales se devoran a los navegantes que flotaban en tierra incógnita. En una época que utilizamos el GPS, perderse en esas aguas amenazantes nos muestra hasta qué punto hemos retrocedido los habitantes de esta República del irrespeto.

Creo que ya nadie discute que la Argentina es un país tan insólito y demencial que desde hace décadas se viene agotando en su propia salsa. Ahora mismo enfrentamos un juicio que viene desde los Estados Unidos por una fanfarrona torpeza de prepotentes funcionarios.

Al finalizar este texto advertimos que el periodismo ha dejado fuera de agenda del debate presidencial el tema de la educación, la cultura y la salud pública. Algo que se da en la primera elección post pandemia y con el sistema educativo y el sanitario en su peor crisis.

En fin, cuando el desquicio es grande cualquier cochinillo se alimenta de las sobras. Qué sea lo que Dios quiera.