Opinión

La poética de la razón de Pilar Blanco Díaz

CRÍTICA LITERARIA

Javier Mateo Hidalgo | Martes 26 de septiembre de 2023

Para la primera mujer en ganar el Premio Cervantes, María Zambrano, la filosofía debía enfocarse desde una razón poética. Daba así un paso más frente a su maestro, José Ortega y Gasset, que desde su razón vital venía a decir que el individuo no debía primar sobre la realidad, sino coexistir con ella —“yo soy yo y mis circunstancias”—; Zambrano defenderá una poética vital, donde se pueda acceder al conocimiento a través de una nueva razón creadora que aúne el aspecto racional e irracional de la existencia. La pensadora andaluza reivindicaba la recuperación de la poesía para la filosofía —escisión provocada por Platón al expulsar a los poetas de la República—, con el fin de lograr a través de ambas el conocimiento total de las cosas.

Así, desde la poesía ha existido siempre una voluntad filosófica, un interés en comprender esas “circunstancias” por parte del poeta a través del impulso lírico. Uno de los ejemplos actuales más claros es el de la bembibrense Pilar Blanco Díaz, cuya trayectoria poética ha estado surcada por esas ansias de conocimiento y comprensión de las cosas. Podría decirse que sus creaciones se caracterizan por una “lírica filosófica” o por una “poética de la razón”. Una voz respaldada por algunos de los premios y editoriales más prestigiosos: desde sellos como Visor —A flor de agua (2000)— o Hiperión —Ceniza (2005)—, pasando por selecciones como Ilimitada voz. Antología de poesía escrita por mujeres (2003) o galardones como el Premio Adonais —El jardín invisible (2006)—, el Alegría (2005), el Internacional Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2003) o el de la Crítica Literaria Valenciana (2021) —la autora reside hace años en Alicante—. Será precisamente en su última etapa donde nos centraremos, en concreto en sus libros más recientes: Vigía de tu paso (2018) y Yo escribo la noche (2020) —merecedor del último premio mencionado—, ambos publicados en la colección “Chamán ante el fuego” de Chamán Ediciones. Trabajos que condensan los posos poéticos de esta creadora.

Por sus referencias la conoceréis: es Pilar Blanco deudora de grandes poetas que, como rasgos faciales, van explicando su personalidad heredada como escritora. Nombres bien personales como pistas intencionadas de un estilo: Inger Christensen, Juan Eduardo Cirlot, Elías Canetti, Rosario Castellanos, Hugo Mujica, Piedad Bonnet, Pascal Quignard, Wislawa Szymbroska, Rainer María Rilke, Alejandra Pizarnik, William Blake, Laura Giordani, Antonio Colinas, Francisca Aguirre o Fernando Pessoa. Así, este último refiere en un pasaje citado, elementos que nos son familiares si pensamos en lo anteriormente expuesto: el ser y el todo como amalgama —“transeúntes eternos a través de nosotros mismos, no hay paisaje sino el paisaje que nosotros somos”—. Aprendiendo de los poetas, de la historia de la deconstrucción poética, Pilar desmonta el lenguaje, lo adapta para transmitir mejor lo que difícilmente puede expresarse en palabras. Lo hace único y personal, rompiendo su lógica tradicional o esperada según los límites convencionales.

La poética de Pilar Blanco puede ser sencilla y compleja al mismo tiempo, como el mínimo grano que explica un desierto o la gota que forma parte del discurrir de un río. Partir de lo pequeño para llegar a lo grande, explicando el sentido de la existencia desde la perspectiva de uno de sus habitantes terrestres, de una mirada lírica hecha de Naturaleza que quiere comprenderse a sí misma, asumir y explicar su misterio. Ese que se escapa como arena o líquido entre los dedos. Todo parece encontrar su espacio en nosotros porque, a su vez, nosotros formamos parte del todo. Vigía de tu paso es ejemplo claro de ello. Lo vemos en poemas como éste: “De un ojo a otro ojo cabe / la agonía de un niño, / la extinción de una raza, / la pérdida de todo, / la creación de un mundo, / la luz (atenebrándose) / la oscuridad, / este planeta inmenso en su nonada”. La complejidad del enigma de la vida busca ser traducido en su propio proceso o mecanismo, visibilizándose su sistema mediante la razón e intuición poéticas, aún a pesar de sus frustrantes resultados: “Hay un estado, dentro de la enajenación que precede al alumbramiento poético, en que se pierde contacto con la realidad”. Para Blanco, este momento equivale visualmente a la poderosa imagen de una gacela que “cruza veloz y se esconde en la espesura”: “Salimos tras ella sin pensar en los riesgos, sin conocer a dónde nos conduce, si sabremos volver”. El espíritu poético asume ese riesgo, el moverse en terreno incierto, de suelo pantanoso, pues está conformado por la misma naturaleza que aquella en quien busca inspirarse: “la poesía es un ejercicio de anhelo y desengaño. Lo que al final conseguimos transmitir no esplende nunca con el fulgor que nos cegó”. Por ello, los poemas —al igual que la pintura, la música y otras manifestaciones materiales del alma humana— equivalen a “lo que la gacela huidiza […] dejó entre las uñas; briznas apenas, piel de sueño y memoria”. Lo evocado y recordado, lo deseado o anhelado y lo que la vida ha dejado tras de sí en nosotros, más o menos cierto por lo que tiene de reconstrucción la recreación. Las palabras se hacen insuficientes ante ese misterio —”del hondo al aire / del aire a esos abismos que la palabra / cerca y no alcanza, / roza y no explica”— buscando reflejar lo visto, como “vigilantes” del paso de lo que nos atañe y desconocemos. Un misterio, como dijo Roberto Juarroz en una de las citas del libro, “cuyo mayor misterio” es “su claridad. Un misterio que consiste en mostrarse”. Lo tenemos delante pero no nos conformamos con verlo. Queremos mirarlo, llegar a su médula mediante esos “rayos” platónicos que nuestros ojos desprenden en su poética.

El título del libro, queda como testimonio de uno de los poemas anteriores, que dice: “El alma busca un ojo que vigile su paso, / sujete su caída, / tremole si ella tiembla”. El alma busca un testigo que la testimonie, que deje huella de lo que ella no puede testamentar. Surgen así poemas perfectamente imperfectos, necesarios aunque en su acción haya algo de imposible. En su poema inaugural, la poeta —representando su difícil tarea— no sabe “con qué ojos” vigila “la vida que está siendo”. Su tarea le brinda alas con las que elevarse, aún desconociendo “con qué ojos contemplar lo que / abajo” le deslumbra.

Llegamos a las diferentes partes que conforman este poemario, empezando con la continuidad lógica de “El que observa” —es decir, lo que se ve—, siguiendo por “La criatura” —la que ve— y concluyendo con “El espejo del agua” —la que se ve reflejada en lo que se ve—. Como el testigo también es esencialmente lo que debe testimoniar, también este sujeto busca ser entendido y explicado: “Venimos para ser lo que aún no somos / y estiramos el hilo del nosotros / de pie sobre el abismo / en busca de esos ojos que nos nombran”. Existimos porque otros nos reconocen, saben de nuestra existencia. Pero también el propio ser observado es su observador: “Soy la estrella que veo contemplarme”. Una tarea doblemente ardua ese conocerse a sí mismo: “Lo que quisiera / saber, pero no sé, es lo que se esconde / debajo de mi rostro”. Para llegar a ese autoconocimiento es necesario ir abriéndose al mundo, sin reflexionar en lo que está por venir ni en lo que ya ha sido —en cierta forma inútil, pues lo hecho ya no puede corregirse o lo que acaba haciéndose poco tiene que ver con cómo se había imaginado—: “No hay meta ni detrás ni un infinito de estrellas / [suicidándose”. Es la vida un constante hacer y hacerse —“vivo en lo no definido. […] Acudo a las metamorfosis de la duda”, o “no eres un peregrino; no conocerás nunca / a dónde te diriges”—, algo que nos hace sentir derrotados pero que nos impulsa a seguir batallando: “Como árboles secos, como esculturas de algún / sueño imposible, mástiles de sí mismos, se alzan los / demás náufragos, / los cuerpos despojados, los sin respuesta. / Con ellos yo. Uno más”. Un ir hacia delante que sólo debe hacerse desde la autonomía y libertad, sin tutelas ni ayudas condicionantes, que aprisionen y priven de decisiones: “Si algo te contiene, te limita. / Si te abriga te exige, / como piden los troncos a la llama / memoria del calor”. Se es responsable de uno mismo —“No hay ojos más terribles ni juez más implacable que aquel que me vigila desde mis propias células”—. Una ausencia de perfección cuyo destino final lo marcará la muerte, mostrándose lo efímero de nuestra materia, como proclama este aforismo: “avanzas al no ser / y sin las horas / espigas para el pan que alimenta a los muertos”. Contra el Tánatos, refulge el Eros o amor como hálito de la vida, como lo que nos hace eternos. Unas veces correspondido y otras ingrato, es ahí cuando el poema se vuelve desgarro, reproche o denuncia de lo que ensombrece, de lo que se muestra inhumano: “Si desde algún lugar […] desventráis la emoción para esparcir sus vísceras”. Si por contra no deseca ni desertifica sino que sirve como riego, la Naturaleza relumbra —presente siempre, tratada como metáfora o como única realidad posible—. El mundo funcionará siempre que se le dé cuerda desde el corazón.

En Yo escribo la noche se incide en el carácter nocturno como evocador de la irracionalidad zambraniana, ancestral, ritual o iniciática. No cabe aquí el abrumador peso de la costumbre, la moral o el deber y se abre la libertad de “las alas contra el aire”. El individuo reivindica su naturaleza y “erige fortalezas invencibles” contra lo preestablecido: “se hará sabio, aunque lo llamen loco, […] profeta, aunque a nadie fecunde su palabra inflamada. / Se hará poeta y luego / creará un universo en su locura”. Siempre ha sucedido con el carácter visionario. Esa mirada única, libre e insobornable que despierta recelos y se cree nada cuerda. Pero es la que abre camino y permite ese progreso —siempre tardío en asumir—. El poeta se convierte en mártir de la sociedad, que lo condena por decir esas verdades difíciles de reconocer: “Como extranjeros, / entramos en el mundo sin saber / que en este nacimiento del amor / abrimos la mirada a lo que no existía, / creamos la existencia en esos ojos / que dicen lo que somos, lo reflejan”. Ese carácter iluminador para lancear las tinieblas y sacar a la luz lo que está por conocer en nuestra Naturaleza.

De nuevo, el amor aparece como motor vital, como en este otro poema que proclama: “Del laberinto del lenguaje, de su maraña de sonidos […] yo escojo solamente una palabra: / amor”. Es este sentimiento el que permite entablar con el otro un lenguaje que de otro modo queda vacío, el que logra expulsar al ser amado de esa desolación que es patria de los hombres, el que logra desensimismarle, abriéndole al mundo e iluminándole nocturnamente. También el amor forma parte de esa noche, contradiciendo a la razón para reclamar los sentimientos que también humanizan a la persona, aportándole calor. En esa noche nada debe temer la luz —“desdicen las estrellas”—. La luz puede tomarse sombría —“luz que es el túnel mismo”— cuando el insomnio lo puede todo, o pertenecer a un candil que guíe cuando los faros no bastan —“seré virgen prudente, aguardaré / la noche y con la noche el viaje y en el viaje las sombras / [que encender con mi antorcha”—.

Estructurado en tres partes como Vigía de tu paso, predominan en los capítulos de Yo escribo la noche los pronombres personales: “Ello” —con su tercera persona neutra refiriendo a la luz como “germen de oscuridad”—, “S” —a modo de juego, letra entendida como añadido al término que titula la anterior parte (esto es, “ElloS”) con su sentido masculino—, y “Ella” —la parte femenina que falta en la fórmula pero que, ambiguamente, alude a muchos femeninos: las mujeres míticas que narraron el dolor propio desde su poética (personificando el dolor de las demás), la Belleza como imposible de poseerse (solo posible siendo amada), la resistencia personificada en la valentía y la soledad, la juventud y la vejez, la muerte y la nada—.

Existen otras muchas invocaciones en este y en el otro libro, que acabarán conformando las distintas facetas de la personalidad poliédrica de Pilar Blanco. Una voz hecha de muchas, tantas como lectores pueda tener.