Cuando se oye un debate parlamentario conviene recordar lo que dijo Talleyrand, que el lenguaje no sirve para manifestar sino para ocultar el pensamiento. Feijóo, como bajá turco, bajó de su bajalato de meigas de bosques sin luz, para dar un golpe en su propio partido, defenestrar a un joven palentino de mirada limpia, castellana, y tomar él las riendas del poder sobre una cohorte de cobistas profesionales y satélites de pitiminí, casi los mismos que tenía Casado.
Hoy se pone la corona de rhêtor para hablar en nuestra Boulê, y usa uno de esos textos que lo que tienen de bueno es que valen para cualquier dêmêgoría, y la bondad de esta dêmêgoría consiste en que valdrá para cualquier texto. Que fuera de la ley no ha libertad, la graphê paranomôn de los griegos, ya estaba en boca de Demóstenes y de todos los demócratas posteriores; tal verdad de Perogrullo, y otras verdades eternas, no merecen una voz empastada de descubridor de las Américas.
No obstante, iría contra la verdad el hecho de no reconocer que Feijóo estuvo brillante en las contestaciones y contrarréplicas, y que, sin duda, se ha convertido en el Debate de Investidura – aunque pareció más una moción de censura contra Sánchez, usurpador de la soberanía política, y su Gobierno provisional – en el mejor parlamentario del Congreso, incluso con diferencia; lo que tampoco es mucho decir en estos tiempos, que ya no son los de Fraga, Carrillo, Sole Tura y Roca, que Feijóo recordó con razón y con admiración como luminarias en la noche que deberían guiarnos en el camino. El generoso patriotismo de Vox, prescindiendo de todos los profundos peros y diferencias, vota sí a Feijóo. Ojo, que Vox no acabe comido por el posibilismo oportunista que hoy fundamenta el PP. El director de un golpe contra la democracia interna de su partido está decidido ahora a salvar la democracia de España, y detener el deterioro institucional de esta Democracia.
Estas contradicciones personales, estas intenciones opuestas, estos fingimientos culpables y jactanciosos, esta conversión de partido en pandilla, suelen en la historia minúscula deshacerse como un jirón de niebla. Bufonada política, jeroglífico indescifrable. Bien es cierto que no significando nada puede significarlo todo; eso es lo bueno de no saber el público qué tiene en la cabeza. Los chinos lo llaman “casas vacías” y los romanos “verba omnibus”. Al haberse alejado tanto el PP de sus principios fundadores, aquellos grandes principios de los noventa, se tiene que quebrantar siempre la elocuencia y la argumentación del líder, por grande que sea su agudeza, lo mismo que se debilitaban las fuerzas de Anteo cuando se separaba de la Tierra, su madre. Feijóo no tiene autoridad para pedir una insurrección civil que venga en auxilio de la Constitución; ahí están sus intentos ocultos – apud latebras – de pactar con Puigdemont, a través del pornógrafo Esteban González Pons, y quizás un día puedan publicarse estas conversaciones para vergüenza de la derecha.
No es verdad que su integridad personal le haya impedido ser presidente; le ha impedido ser presidente el portazo que le dio Puigdemont. Y es lamentable que confiese en el Parlamento que en esto de apoyar el sistema burgués y el sistema de producción capitalista sí se siente hermano de sangre con el PNV y Junts. ¡Cómo enseña la patita el lobo! No está en sus costumbres hacer lo que dice ni decir lo que hace. ¿Qué barricadas puede levantar hoy la persona de Feijóo contra la revolución motorizada del gobierno? ¿La Nación española? ¿La lengua española? ¿La religión? ¿La familia? ¿La educación? ¿Las amistades convenientes? Usa hasta el exceso, con obscenidad, la figura del Rey en propio provecho, y al presentar al Rey como aliado del PP debilita peligrosamente la Corona. Eso no lo puede hacer un monárquico de corazón. Pero la verdad es que necesitamos a este espabilado y astutísimo gallego, porque aunque no sea de fiar del todo, es evidente que está más preparado que Sánchez, que no sabe gobernar, aunque tenga habilidades para enrocarse en su fortaleza de La Moncloa.
España se va al traste con Sánchez si éste la sigue pilotando. Pero está visto que contra Sánchez, ensoberbecido por una derrota moderada, toda indignación moral y todos los principios de decencia política rebotan en su rostro de granito. A los ataques desenfrenados y salvajes de Óscar Puente, plebs sordida, opuso Feijóo una actitud digna y correcta, la calma mayestática de los grandes técnicos del Estado. Y cuando el patio de colegio se encrespaba con el patear y los gritos, Francina Armengol, como una mamá cariñosa pedía paz y respeto entre los partidos. En algún momento la presidenta llegó a parecérseme al famoso diputado Lamourette, de la Asamblea Legislativa en tiempos de la revolución francesa. Se hizo famoso al proponer el 7 de julio de 1792, que se pusiera fin a las disensiones entre los partidos mediante un beso fraternal. Y parece ser que bajo la impresión de esta propuesta, los representantes de los partidos en pugna se echaron unos en brazos de otros con besos en la boca. Aquí todo se andará con Francina Armengol, que es capaz de amortiguar tensiones de ese modo. Desde luego el pueblo español, una vez más, ha sacrificado sus intereses a sus emociones. Feijóo elogió con inteligente ironía a Enrique Santiago por su sinceridad, y es que los hombres implacables, altivos e inflexibles como este comunista pueden ser censurados, pero nunca son sospechosos.
Los caracteres moderados se corrompen con mayor frecuencia. No cabe duda de que de los tres poderes del Estado el Parlamento es el más errático en sus movimientos. Lo mismo los separatistas hacen lo imprevisible. Nuestra Constitución, por otra parte, debe perder sacralidad y adquirir operatividad, sobre todo en esta España polarizada que necesita buscar su inspiración en ella. Estuvo también bien Feijóo con su defensa del sentido del límite en la acción de gobierno, y sólo el derecho es capaz de construir las formas que impiden caer en la arbitrariedad; únicamente el derecho se encuentra en condiciones de establecer límites en forma de reglas fijas, esto es, de frenar una autoridad, que cuando no responde a principios convierte lo arbitrario en su signo de gobierno, como Sánchez, dux fatalis que se ha vuelto a escapar del impeachment de su propio pueblo. En fin, torneos infecundos del Parlamento.