Opinión

¿De qué habla H.A. cuando nos habla de amor?

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 01 de octubre de 2023

Me disculparán si ha sido fácil, previsible, la alusión en el título al famoso libro de relatos, pero creo que al autor que me ocupará estas líneas pueda hacerle gracia. O no, nunca se sabe con el humor ciclotímico de los poetas.

Escribir sobre el amor. La premisa más antigua, la más ambiciosa, pero renovada con cada recién llegada oportunidad de sorprendernos por el apunte novedoso que nos haga aprender, o mejor y más acorde a nuestros tiempos, replantear una fórmula que consideramos sabida pero muchas veces cercana al agotamiento. El amor, no obstante, como la tristeza en la frase célebre del pintor, durará siempre, y podremos y podrán seguir los llamados a intentar comprender sus causas y desencadenamientos de nuestras acciones más inesperadas.

Este libro de poemas se pone en la fila de los que van a proseguir tal empeño, pero Lugares donde quienes se amaron se amaron mucho no guarda intenciones de añadir un valor particular, porque no es un libro que haga esperar nada ni desea destacar, y a su vez, su planteamiento es totalmente contrario al que podría figurarse a priori.

Para su autor, Héctor Aceves, el amor no supone un arranque de reflexiones trascendentales, tan propias de la literatura lírica o prosista, pero en sus poemas no dejan de brotar pensamientos que pudieran permitir otras aperturas a las fórmulas repasadas y gastadas por lo mismo en tantas ocasiones anteriores. Aceves es un poeta contradictorio. Le gusta el vacile, pero será tomado en serio. No leía en bastante tiempo a alguien tan empeñado en no querer parecer un poeta y sin embargo a cada página ofrecerte una muestra más de su conocimiento y mirada dispuesta a la particularidad idónea para ser escrita mediante versos. Juega su papel frívolo y bromea despreocupadamente sobre los intríngulis literarios, filológicos incluso, que acarrean el escribir un poema de amor, comentando sus filias y fobias, revelándose tan paternalista como inclasificable en sus preferencias, tan rebelde y atrevido como sencillo, pero llegando a la misma desembocadura, lo buscase él o no: la oda, la celebración, la exaltación de los amantes. ‘No, nada sé del amor por haber amado,/ pero nuestros cuerpos, aquí y ahora,/ resplandecen.’, dice al final, después de páginas y páginas evitando ser lo que resulta inevitable.

No estoy seguro de las influencias, pero creo que nombres como Louise Glück, Adrienne Rich o Anne Carson —dos de ellas son citadas, entre otros, más clásicos— han supuesto, como a otros poetas compañeros de generación o de afinidades, toda una senda por la que tirar en pos de conseguir aires renovados para la lírica española. Pero ésta no siempre casa con las fórmulas anglosajonas, y un ritmo interior que en esa lengua resulta un atractivo, en la nuestra suena forzado, como el introducir expresiones en inglés o algunos encabalgamientos un poco deslavazados. Mención aparte el perezoso título, aunque cobre sentido como penúltimo poema y aglutine las inquietudes sobre las que se ha versado. Los poemas, con excepciones donde las recreaciones de Aceves ganan en singularidad y fuerza —pienso en los estupendos Variación de un fragmento de Safo, Mañana será otro día y Los amantes se quedan dormidos al final—, irán echando a un lado las pretensiones modernas de la primera mitad y virarán hacia lo esencial en la segunda, hacia lo que importa entre dos amantes, lo que su reunión posibilita y si el hecho de hablarlo, de escribirlo, pudiera desvelar lo que gobierna ese sentimiento: ‘no quiero enseñarte el corazón, ni su forma,/ ni su temblor a lo largo de los años,/ solo quiero que veas cómo dirigen su pulso/ las palabras precisas/ o, mejor dicho, la posibilidad/ de una palabra precisa.’

Lo que más me ha gustado de Lugares… es la asimilación de los tópicos. En la voz de Héctor Aceves se regodean las tardes veraniegas, las frutas peladas, mojadas, insaciables, la luz y sus infinitas variaciones sobre la piel y la mirada del otro, de los otros, y lo que despiertan los estados de incertidumbre, de seguridad, de divergencia entre las palabras corrientes y los gestos que las acompañan, todos de una extraña complejidad, dejándonos favorecidos o aceptando que nada tenemos que ver. ‘Seamos sinceros. Este parque no nos gusta y hoy no hemos disfrutado como imaginábamos./ Ya ves, quién nos iba a decir a nosotros,/ que leímos con fe ciega a los místicos, que vimos todas esas películas con planos geométricos, que idealizamos a hombres con miedo a expandirse,/ quién nos iba a decir/ que a la vida le aburre la belleza./ El sol insiste sobre nuestros cuerpos como si nos llamase a algo más,/ pero le ofrecemos, aquí y ahora, un bostezo simultáneo.’

Resulta evidente, en el amor, como en la literatura, que cuando estos han pasado, nada se ha podido aprender de veras. Una vez idos, quedará la separación suficiente para saber confiarles unas frases, o que ellos nos las presten por si siguiéramos un poco más, quizá aburridos o encandilados, pero tranquilos por tomar conciencia de lo que no se acaba.