Tusquets. Barcelona, 2023. 298 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 10,44 €.
Por Alfredo Crespo Alcázar
En Los silencios de la libertad. Cómo Europa perdió y ganó su democracia, el periodista Guillermo Altares nos ofrece un ensayo dinámico y bien argumentado en el que aborda los ultrajes que en Europa la libertad ha sufrido a lo largo de la Historia. Guetos y pogromos no han sido fenómenos aislados o acontecidos únicamente en las dos últimas centurias. Por el contrario, los ataques contra las minorías o contra los perdedores de determinadas contiendas han formado “desde siempre” parte del paisaje.
Esta premisa le permite realizar una advertencia que no debería caer en saco roto: ninguna libertad está destinada a mantenerse para siempre (p.24). Dicho con otras palabras, “desde el mismo momento en que nació, en la Atenas de Pericles, la democracia estuvo en peligro, casi siempre por sus propios errores […]. En 1933 Alemania entró en un túnel de represión y muerte del que una parte importante de su población no saldría hasta 1989, con la caída del muro de Berlín. Las lecciones de la caída de Weimar, como las del final de la democracia ateniense y la República romana, se mantienen más vivas que nunca” (p.83 y 123).
Un buen ejemplo lo muestran en Europa dos naciones como Hungría y Polonia, cuya trayectoria democrática tras el fin de la Guerra Fría se encuentra hoy en entredicho, a pesar de proyectar una apariencia formal diferente: “Celebran elecciones, pero la independencia del poder judicial está en duda y el control gubernamental sobre muchos medios de comunicación y otros resortes del Estado hace que los comicios sean cada vez más turbios y dudosos” (p.29). El resultado de esta evolución lo apreciamos en la consolidación de democracias iliberales que, si bien en sentido estricto no son dictaduras, en muchas de ellas se fomenta desde el poder el odio hacia el diferente.
Con todo ello, si el totalitarismo ha podido avanzar a lo largo de la Historia no se ha debido sólo al uso de la violencia sino también al apoyo social con el que han contado: “Nadie se libra del miedo ni del poder de la propaganda, que pone a los enemigos inventados en el punto de mira del conjunto de la sociedad, como un elemento de cohesión en tiempos difíciles” (p.72). Igualmente, ha habido mecanismos para asegurar el control de la población, como la delación, que se han perfeccionado con el paso del tiempo, utilizándose la tecnología con una finalidad deliberadamente liberticida, como certificó la solución final por parte del nazismo.
No obstante, todo ello ocurrió siempre bajo la tutela de actores en ocasiones sin rostro, pero en ningún caso marginales, pues “para que ocurran crímenes de grandes dimensiones hacen falta organizadores, dirigentes capaces de convencer a otros de que es necesario matar a seres humanos y convertir a personas normales en asesinos dispuestos a seguir órdenes letales sin inmutarse” (p.262).
Por tanto, la Historia está lejos de ser lineal y anodina. En efecto, hallamos naciones que han aprendido de sus errores recientes, caso de España, mientras que otras insisten voluntariamente en ellos. Dentro de estas últimas, aunando con rigor pasado y presente, el autor cita a Rusia y la invasión de Ucrania orquestada por Putin, continuador de un modus operandi basado en la opresión ya practicado por el zarismo o el estalinismo.
La parte final de la obra resulta de máxima relevancia en tanto en cuanto nos recuerda que el horror no acabó en 1945 o en 1989. Por el contrario, en la década de los 90 y en un escenario geográfico bien cercano como Balcanes, se dieron mayúsculas violaciones de derechos humanos al servicio de un nacionalismo serbio excluyente. En este sentido, constituye un acierto que nos describa sin buenismos ni sensacionalismos, los horrores de Foca para así poder extraer lecciones: “Un dato puede servir para resumir hasta qué punto las milicias serbias quisieron borrar cualquier huella del pasado musulmán: las 12 mezquitas de la ciudad fueron destruidas. Hasta 2019 no volvió a abrirse un lugar de rezo islámico” (p.249).