Enrique Aguilar | Miércoles 29 de octubre de 2008
En una entrevista reciente al diario La Nación, el prestigioso politólogo francés Alain Rouquié, autor, entre otros títulos, de Poder militar y sociedad política en la Argentina, sostuvo lo siguiente: “... cuando se mira de cerca, el pluriperonismo que ha reemplazado al pluripartidismo es una forma de apolitismo. Que haya tantos partidos peronistas o clanes peronistas en la actualidad es una forma de ser apolítico, de no hacer política. Ser peronistas es ser ‘todo el mundo’. Es una referencia común”.
De esta afirmación, de la que se sirve parcialmente Rouquié para explicar el fenómeno del hiperpresidencialismo que encarnó primero Néstor Kircher y ahora su esposa Cristina Fernández, subrayo especialmente el término “pluriperonismo” que viene a reflejar, en efecto, la heterogeneidad inherente a un movimiento cuyas líneas internas cubren todo el arco político, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Un movimiento, además, con una enorme capacidad de adaptación, que ha podido combinar incluso recetas teóricamente contradictorias. Pragmatismo puro, pues.
He aquí uno de los principales obstáculos a vencer para cualquier coalición opositora. No es el único obstáculo, por cierto. También cabe mencionar la mezquindad de los propios opositores que les impide allanar sus diferencias y dar forma duradera a un proyecto alternativo. Mientras tanto, todo parece indicar que las alternativas deberán surgir de las filas del peronismo que tal vez pueda encender, por obra de alguno de sus “clanes”, una esperanza de cambio.
Ya ha comenzado en el Congreso el debate sobre la estatización de las jubilaciones privadas que, como decíamos la semana pasada, supone una clara confiscación de los aportes de varios millones de argentinos que no sabe, para peor, con qué fin serán utilizados. Se trata de una segunda oportunidad en lo que va del año para que el Congreso se ponga de pie y para que, aun dentro del peronismo, algunas voces se levanten inyectando un poco de racionalidad en medio del desquicio.
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