Opinión

Luis Gordillo en la pintura final

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Viernes 06 de octubre de 2023

Son legión quienes califican la exposición de Luis Gordillo como final, última, despedida e incluso, si apuran el incensario, póstuma. Sus 89 años levantan ampollas, sus 88 obras son hogueras negras; el carácter obrero del pintor, inasequible al desaliento, impermeable al halago y la crítica, a su aire y a su bola, son intolerables. El mejor Gordillo brilla en la Sala Alcalá hasta el 14 de enero próximo: dime quién eres Yo. Sus vaqueros duros, sus playeros blancos, sus jerséis blandos y su perfil calvo de boxeador sevillano atemorizan.

El aire retrospectivo evidente no frena un ápice el viento nuevo, la primavera extraña, la obra rara del sevillano Luis Gordillo, especialmente gracioso cuando hablaba en inglés, como todos los andaluces. El color es lo significativo de su paleta, ciertamente, pero mucho más esa linde, esa frontera, donde nadie sabe si estamos ante un pintor figurativo, abstracto o digital. Todo en lo mismo, todo diferente, color y juego, diálogo e interioridad, grandes formatos, pequeños acertijos. Un arañazo, en mitad de lo anterior, sus guiños a los animalitos (oso, jirafa, ratón, caballos) porque también oímos en España (no sé si escuchamos) su vertiente pop, a la manera de Arroyo y Úrculo.

Gordillo arde donde siempre estuvo, en el mestizaje de imágenes, en el barullo de imágenes con la fotografía muy en el telón de boca, a la manera de Bacon, aquellas orgías de Bacon con fotografías recortadas de la prensa o de libros médicos con raras y deformes patologías. A partir de ahí, numerosas variaciones, quizás dentro del mismo estilo, como secuencias o tablas de un mismo ordenador o procesador personal. A partir de ahí, sí, algo muy raro, la obra que desde lejos parece figurativa y cuanto más te acercas es abstracta. A partir de ahí, el volcán infartado de imágenes que todos devoramos sin pausa. Una escalera de peldaños firmes: dibujo, fotografía, imagen digital y, finalmente, pintura mayúscula. La mirada errática, la mirada vagabunda, la mirada superficial, piel y dermis del regalo veloz.

Sigue Luis Gordillo con su media sonrisa de feo, de completo escéptico del mundo artístico español, activo sin paradas, artesano con preguntas, alucinado azul, poeta verde, místico rosa, liberador del collage, entusiasta de los blísteres, cercano al estropajo, domador de conejos de chocolate, retratista de políticos en el pozo. Tal vez, lo primero fue pintar con los ojos, luego pintar con las manos, finalmente pintar sin abrir los ojos y completamente manco, el artista áptico, solo paisaje interior, donde la libertad tiene que ser extrañeza, vale, pero también ironía. Si dejasen muchos de sus cuadros junto al portal igual no los recogería ni el camión de la basura. Lo suyo siempre fue el sueño onírico, los muchos mundos extraterrestres que están en éste, el cuerpo que hoy cotiza gadgets, la pasión por el calambrazo, la fijeza en el fogonazo, algo que rompe y escalofría.

Mucho de su secreto mejor oculto es el volumen que da a las formas dentro de la propia pintura. Trabaja como un escultor y ese siempre ha sido o querido ser el orden con el que ha ordenado sus trabajos para ser vistos. Empezó en Juana Mordó como Antonio López pero pronto se alejó de caminos trillados. La escalera, entonces, podía haber tenido un primer peldaño pop, otro informalista y hasta geométrico, finalmente. Es nuestro Pollock sevillano sin medio litro de whisky encima a la hora de montar en bicicleta. Dijo que no era Franz Kafka sino Disney. Explicó cómo dentro del milagro hay siempre una patata cruda. Defendió un pensamiento que, si es redondo, no tiene forma. Fue el primer pintor español en hablar de extraterrestres, tanto referidos al cielo como a la palma de la mano, gadgets y más gadgets que nos fueron llegando como golosinas para acabar en escombros. Todo ello recuerda al Cela que le preguntaron si escribía con ordenador: “No, que da calambre”. Una obra de color eléctrica y radical.

Pocas bobadas ha hecho Gordillo en los medios, un señor de oscuro, un señor con muchos vaqueros, ajeno a corbatas y trajes, a su bola, a su aire, preocupado por mantener al niño que hay dentro de sí, lector voraz, lector de los que descansan leyendo, grafómano de notas e ideas, pintor de muchas horas, pintor de estudios buenos, pintor de grandes cotizaciones y galerías, pintor con la bolsa llena que cambiaría por más vida. Un obrero de pinceles y palabras, ya digo.

Fue más neoyorkino que informalista, así pronto los deja atrás (Wols, Dubuffet, Fautrier), no solo para un cierto parpadeo pop entonces, sino para la gran obsesión: la serie y la repetición como elemento compositivo, el cuadro videoclip. La imagen que, sometida a un continuo proceso de reproducción, jamás alcanza estado definitivo. La pura sociedad líquida actual (Bauman). Al otro lado del burladero, el cóctel entre pensamiento, experiencia y pintura. Un arte contemporáneo de la velocidad, muy presente en Gordillo, de la fenomenología o psicogeografía urbana, del mundo invisible de la ciencia y tan visible de la fotografía documental y la cultura popular aromada de diseño gráfico. Sus serigrafías (no warholianas) encienden a unos jóvenes Pérez Villalta, Carlos Franco y Carlos Alcolea. Obra gráfica en permanente expansión, muda, contradicción, avance. Quedan sus vaqueros duros, sus ojos negros sin blancos, sus manos viejas y sus playeros jóvenes como huellas digitales para otros.