Nicolás Petro, delincuente que se dedica a blanquear dinero, acusa a su padre, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, de que parte de un dinero que el propio Nicolás había lavado, con aportes importantes del narcotráfico, había servido para sufragar la campaña electoral del padre, con la que éste alcanzó la presidencia de Colombia. Con el dinero se compra cualquier mercancía, y las mercancías que encierran un trabajo pretérito criminal – no hay mercancía inocente desde el marxismo más ortodoxo -, traducidas en dinero, otra mercancía, compran otras mercancías que pueden encerrar los ideales y objetivos más píos y más nobles. Ya dijo el emperador Vespasiano que el dinero no huele. El capital vive días orgiásticos de ganancia cuando la mercancía delincuencial del narcotráfico y del bolivarianismo rampante, versión chavista, adquiere la mercancía intangible de la presidencia del gobierno de Colombia, el gobierno con el organigrama administrativo más abigarrado y delirante del mundo.
Esta mercancía triunfante, llena de plustrabajo avernal, salpica a la primera dama, Verónica Alcocel, la madrastrita, al exembajador en Caracas, Armando Benedetti, y al clan Torres ( Euclides Torres, cabecilla del clan, nacido en Barranquilla ), principal financiador de la exitosa campaña electoral del comunista papá Petro, con un regalo de 15.000 millones de dólares, con el que salieron de la chistera en la segunda vuelta tres millones de votos petristas más en regiones que no tienen esos habitantes. Nicolás también le cuenta al fiscal que Laura Sarabia, inserta en la secretaría privada de la presidencia por su cercanía a la primera dama, es la longa manus del madurismo proveedor, la del otro Nicolás, el malo.
Perseo se cubría con un casco mágico, regalo de Hefaistos, que lo invisibilizaba, para perseguir a los monstruos de mirada petrificante; nosotros, los europeos globalistas borrellistas, nos colocamos este casco mágico sobre nuestros ojos y nuestros oídos para poder negar la existencia de los monstruos progres, que pilotan el esclavizamiento general de los pueblos hispanos, con su despotismo efectivo y su democratismo fingido. Hasta hoy las naciones europeas aprendían las verdades políticas en las cabezas de otras. Con Borrell esta forma inteligente de aprender sin sangre propia ha terminado ( por cierto, no deja de ser curioso que un aguerrido belicista como Borrell, con todas sus grandilocuentes proclamas guerreras se exima a sí mismo de los placeres del combate directo, con toda la heroica sangre y las épicas desventuras públicas ).
La actual generación europea se parece a los judíos que Moisés/Soros conducía por el desierto. No sólo tiene que conquistar un Mundo Nuevo, sino que tiene que perecer para dejar sitio a los europeos del futuro que estén a la altura del Nuevo Mundo. Por eso tenemos que tener a Sánchez como otra plaga bíblica. Es tremendo que un pueblo con una Constitución tan democrática y humanista como la de Colombia, la de 1991, lo gobierne un tipo con sus frases grandilocuentes y sus artes vulgares de ratero. El Artículo 199 de esta magnífica Constitución señala que “El Presidente de la República, durante el período para el que sea elegido, no podrá ser perseguido ni juzgado por delitos, sino en virtud de la acusación de la Cámara de Representantes y cuando el Senado haya declarado que hay lugar a formación de causa”. Pues diríase que hay lugar en este caso para la formación de causa.
Dicho esto, y aunque Nicolás Petro denuncie a su padre por conocer estos delitos electorales, no lo hace por amor a la justicia y a la decencia, como sí lo hacía el religioso paisano de Sócrates, Eutifrón, tampoco por odio al padre, sino que siendo otro delincuente – de tal palo tal astilla –, quiere conseguir una reducción de pena por colaborar contra su padre con el fiscal que investiga sus operaciones de blanqueo de capital. Efectivamente, no le mueve la conciencia contra el mal que hizo su padre, como el sencillo y simplón Eutifrón, sino su pura conveniencia personal de un criminal sin escrúpulos. El cándido Eutifrón no es una creación de la fantasía de Platón, sino un personaje de carne y hueso, un idiôtês ateniense del barrio de Prospalta, y Platón lo vuelve a sacar en el Cratilo. Sócrates y Eutifrón, quien se ganaba la vida adivinando a la gente lo que les depararía el futuro, se encuentran en la sala de espera del Palacio de Justicia, y se cuentan las razones recíprocas de estar allí. Sócrates ha sido citado porque un ciudadano, Melito, ha presentado una querella criminal contra él por corromper a la juventud, no creer en los dioses y traer nuevas divinidades.
Y el bueno del adivino Eutifrón lo tranquiliza amablemente. “Después de todo, Sócrates, el percance seguramente no será nada; ya verás cómo diriges el asunto a tu placer, como yo, desde luego, lo haría también.” Se ve que Eutifrón era un adivino de primera. Después de eso, Eutifrón, habiendo sido preguntado, revela a Sócrates su razón de estar allí. Ha venido a denunciar a su padre por homicidio. Es el caso que su padre arrojó atado a un pozo a un mercenario bravucón que, borracho, había matado previamente a un esclavo, y a consecuencia de las ligaduras, el frío y el hambre murió. Entonces Sócrates le hace reparar en que la decisión que va a tomar tiene que estar muy bien meditada, pues aunque se trata de un caso de asesinato, el denunciado es su padre. Pero Eutifrón está totalmente convencido: “Al homicida se le debe perseguir aunque sea de quienes habitan bajo nuestro mismo techo y comen a nuestra mesa”. Ya le han dicho algunos que no debe preocuparse del muerto, que era sólo un borracho bravucón, y que no es piadoso que un hijo persiga a su padre. Pero Eutifrón sigue firme e imperturbable, porque considera que lo que va a llevar a cabo está bendecido por las leyes divinas ( aquello que para Sófocles eran las leyes no escritas, “nómoi agráptai”).
- Llamo piadoso precisamente a lo que yo estoy ejecutando. Bien se trate de asesinato, de robo sacrílego, o de un acto cualquiera del mismo género, la piedad consiste en perseguir al culpable, ya sea nuestro padre, ya sea nuestra propia madre o cualquiera otro. Pues no perseguirle sería un acto de impiedad.
Ciertamente, el delincuente Nicolás Petro no tiene la candidez moral de este buen “idiôtês” ateniense. Su padre tampoco.