Opinión

Heredaré la tarde y sus horas muertas

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 08 de octubre de 2023

A los recuerdos conviene buscarles un rincón en el que puedan madurar antes de que se nos conviertan en un montón de malentendidos tragicómicos, antes de que pierdan todo su poder evocador que igualmente puede ejercer sobre nosotros uno contraproducente de prestarles demasiada atención. Pero qué puede hacerse. Estamos hechos de ellos y los devolvemos cada cierto tiempo a la palestra para que nos declamen y desgranen lo que fue propiedad de nuestra vida y ahora corremos el riesgo de no reconocerlos, de haberlos fantaseado, desprendiéndose nuestra imagen de ellos como partículas que son el resultado de algo que se ha quemado y se eleva.

Si estos son compartidos con un grupo de amigos o hacen mención directa a lo que ha pasado en su compañía, habrá mayores motivos para impedir que sean destruidos por el arrollo inevitable del tiempo. Pasarán con nosotros o delante de nosotros porque tienen ahora lo que fuimos en ellos: una vivacidad incontrolable, una ansiedad benigna que pugnaba por no detenerse, una incapacidad —pudiera llamarse felicidad— que impedía asumir la ruina que sería todo después.

Encuentro estas divagaciones en los poemas de Lola Tórtola, en su libro Los dioses destruidos. Con ellos ha construido el fortín en el que darles cobijo y organizar su progresivo derrumbe, algo común a todo libro de poemas que se precie, independientemente de su motivo de escritura. Así, la poeta se puede permitir el capricho de revisitarlos; sus años en diferentes ciudades europeas en las que dichas estancias hicieron nacer los deseos y expectativas, todo ese material de constitución más bien débil a la hora de enfrentar el paso de los años y otros deseos y expectativas que sustituyen a los no cumplidos. ‘Ven conmigo amor hacia el final del Verano,/ al mausoleo de las rosas y los jazmines/ donde adolescentes yacen los deseos./ Ven a romper con manos y dientes y labios/ su tumba de mármol, sus puertas áureas,/ las vitrinas de los cuerpos enclaustrados./ Ven conmigo amor con la ropa de profanador/ que esta noche exhumamos los anhelos.’

El paisaje de Roma es el que unifica estos duelos. Las columnas comidas de luz, las heridas en las piedras antiguas, más supurantes por lo que vertemos sobre ellas, por siempre incurables y heredando un porvenir del que no sabemos si podremos hacernos cargo: ‘si se rompe tu fe/ y se quiebran las alianzas,/ si olvidas mi nombre/ quién, entonces, más allá/ del púlpito en que hablas/ se va a acordar de mí’, pregunta en la primera parte, donde el escenario romano y ruinoso convive con su revés nocturno, cuando somos realmente sin máscara que nos sujete los impulsos, de fiesta, para luego clavársenos las mañanas en los ojos ‘con sus secretas aristas.’

Bien es cierto que el telón de unas ruinas romanas es algo sobradamente conocido para un lector avezado y por ello Tórtola pone el interés en las afueras, en las cosas volátiles, huyendo de los ‘circuitos viciados’. Lugares donde siempre se estuvo de ida y de vuelta, pensando el tacto de los pies y las rodillas —esos fragmentos estatuarios, una vez más—, y lo que se ha guardado de ellos en fotografías para las redes sociales, por si se temiera que pudiesen venirse abajo las arquitecturas de los recuerdos, dejando huellas polvorientas. Se habla constantemente de un nosotros que resuena como el eco, que se duda haya existido. Pero está el esfuerzo de confiar en su perdurabilidad. Dice en Torso del Belvedere: ‘Cuando hayan pasado eones/ desenterrad mi torso de mármol/ de entre un campo de flores.’

La segunda mitad del libro desestabiliza. Como si fueran recogiendo trozos aquí y allá después de una crisis, los poemas se resienten y hacen de su lectura un sube y baja de intensidades. Algunos versos y ritmos internos interrumpen lo ascendente de sus posibilidades, pero en conjunto es un relevo tomado correctamente, y poemas como Don de la tarde, Refundación y A taste of honey lo demuestran. Entendemos que las pérdidas han llegado, que las muchas horas consagradas a los cultos se han diluido en una solución amarillenta. Salen a la superficie las imperfecciones de lo ordinario, que siempre estuvieron, pero ahora mejor recalcadas. Ya no valen las palabras. Se va siendo cada vez más y más sobrio, y uno se lamenta de lo sublime vivido: ‘Ser de agua y tierra elemental, un coloso de Marusi./ Ser culpable de vuestra muerte pero no de la vida,/ que no me duelan cien años sino un cierto instante.’ Es ahí, por ése que menciona, por todos los ocurridos, donde se abre la rendija que hace escapar y permite leer las andanzas que protagonizamos. Esos viajes a otro vacío, y de uno quedando nada.