Opinión

Judíos y filisteos

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 13 de octubre de 2023

Es posible que bajo ciertas condiciones muy duras, insoportables, de indignidad humana continuada, pueda justificarse moralmente el odio individual, pero el odio es el peor consejero para el odiador; el odio ciega, es como la “Atê” divinizada de los griegos, que hace siempre que el odiador se autodestruya. Ahí tenemos el caso del valiente Áyax. Los palestinos están ciegos de odio, y esa ceguera les ha impedido ver que llevan cincuenta años siendo un pobre instrumento que utiliza el Islam cobarde y cómodo con sus odaliscas; ese Islam que eximiéndose de los placeres de un combate que te lleva al paraíso utiliza carne palestina para atacar Israel. Este papel instrumental de Palestina se ha acelerado desde la muerte de Yasser Arafat, que hizo lo que pudo para que la causa palestina no sirviera para otros intereses distintos a los de su pueblo. Y no se nos olvide que los árabes, con el Gran Muftí de Jerusalén, simpatizaron con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Palestina tiene unas razones históricas que le avalan el derecho de tener una patria territorialmente unida, y no escindida. Pero el terror no es el mejor camino para conseguir el apoyo internacional en sus demandas; al contrario, pierden las simpatías de los ciudadanos honrados – no los fanáticos criminales y prejuiciosos – que creían justa su causa, pero que abominan de las monstruosidades que están perpetrando contra la población israelita estos últimos días. Que a cuarenta bebés de un kibutz les corten las cabecitas con cimitarra no responde a una necesidad militar, sino que de suponer algo supone una ofrenda a Satanás. La crueldad, el principal atributo de los esclavos, deshonra la causa palestina, y acaba degradando a los hombres por debajo de la condición humana, haciéndolos personas incompletas. Si los países árabes hubieran dejado a Palestina aceptar el plan de paz con Israel propuesto por el jefe de Estado tunecino Burguiba, probablemente hoy Palestina sería una nación feliz y moderna. Las trompetas de Josué ya se están oyendo en la franja de Gaza, y los israelitas se preparar para exterminar la barbarie cobarde. Habrá sin duda miles de víctimas colaterales, empezando por los enfermos de odio secular, que también son víctimas. Pero es lo que ocurre al que juega con un terror inútil, que después de darte un gozo diabólico, después de la resaca, te vienen las terribles y deletéreas consecuencias. Efectivamente el terror es inútil. En primer lugar, porque con sus hazañas diabólicas se pierden los apoyos internacionales, y, en segundo lugar, porque con el terror nunca quebrantarán la voluntad del pueblo israelita, que es un pueblo con una potencia y capacidad militar, que podría barrer a todos los pueblos árabes que lo circundan en una semana, si estos no tuvieran amigos en Occidente que lo impidieran. Hemos visto en redes sociales niños israelitas capturados por las alimañas palestinas y metidos en jaulas para perros. Contra esta basura humana combate la civilización occidental representada hoy por Israel, al que, aunque algún traidor le corte las guedejas, pronto los cabellos vuelven a crecer. Es muy probable que los palestinos procedan de los filisteos, etnia de origen indoeuropeo que crearon una gran civilización urbana. Desde luego no es el caso de sus descendientes, que han degenerado a ojos vistas. El hombre siempre puede regresar al mono si pierde el autocontrol en sus emociones, aunque Marx nos prevenía en la Crítica del programa de Gotha que el hombre es un salvaje desde el momento en que deja de ser mono. En eso, sin duda, tenía razón. Nos llama también la atención de que la barbarie palestina haya matado a cientos de ciudadanos israelitas con armas que la OTAN había entregado a Ucrania. Desde luego que Zelenski es coherente con su corrupción y hace regalos de sangre judía a los que añoran a Petliura. Y es muy natural que aquellos países que odien a Rusia sean los más remisos a la hora de sancionar la barbarie palestina. Israel es hoy la única democracia de esa zona del mundo, una isla de libertad rodeada de salvajes fanáticos. No olvidemos que en el Parlamento israelita ( el Knesset ) han cabido siempre todas las voces. Es verdad que ni el imperio otomano ni el imperio británico supieron resolver la hostilidad entre los judíos y los musulmanes que habitan en esa zona, y que son los peores vecinos del mundo, pero que su mala vecindad ha crecido con la intromisión interesada de potencias extranjeras, de una y otra parte, es un hecho, y que no arreglarán jamás su mala vecindad si dejan que otros metan sus manazas en sus asuntos. Desde luego los de fuera en este caso sólo han servido para agravar el problema, y que la locura más seviciosa se nos presente con todo su horror de muerte y dolor. Los turistas que llegan a Jerusalén, la ciudad por excelencia para judíos, musulmanes y cristianos, quieren verla como la verdadera patria, como el pritaneo de todos los pueblos, y lejos de conseguirlo se van de allí aterrados por el odio violento que padecen sus habitantes. Sin embargo, judíos y palestinos son hermanos, porque dos hermanos, nos cuenta Plutarco, son dos hombres a quienes incumbe el deber de ofrecer los mismos sacrificios, reconocer los mismos dioses paternos – el Dios de Abraham -, y compartir la misma tumba. Ahora bien, nuestro sincero y esperanzado deseo de la fraternización de estos dos pueblos no nos supone una posición moralmente equidistante y relativista ante el salvaje ataque de Hamás, como hace la rubia Marat de Madrid, sino que tomamos en estos momentos claramente partido por el Israel cobardemente agredido, así como sus ciudadanos agredidos sin distinción. Otra cosa es que critiquemos el bombardeo israelí sobre la franja de Gaza con bombas de fósforo blanco sobre la población palestina indiscriminadamente. Pero ¿qué hace un pueblo más poderoso que otro cuando al reconquistar sus pueblos atacados encuentra en las calles centenares de civiles degollados? Mientras, ese factótum europeo que es Borrell, con un rostro que cada día se parece más a los malos de las novelas de Dickens o de Thackeray, denuncia los contraataques de Israel, incluso cuando Tel-Aviv y la Ascalón de Herodes el Grande están siendo bombardeadas por variada cohetería OTAN. Shalom aleijem.