Creo que fue Julio Caro Baroja quien hizo la broma comparando la crítica de arte con la práctica de esoterismos. Así que uno no va a ser más papista que nadie y no piensa intentarlo, pues desde que me contaron esa anécdota procuro tenerla presente a la hora de arriesgarme a perderme por cerros si toca dilucidar acerca de una obra, sobre todo si es pictórica, y dentro de este campo, los géneros que requieren más atención: abstracto, performativo, etc.
Pienso que cualquier obra de arte funciona, cuando el público la mira y la comprende y la hace suya, gracias a su propia medida. Se abre un canal entre quien ve y lo que debe ser visto, sin necesidad de que intercedan o falten explicaciones, más o menos intelectuales, siempre tendentes a embarullar. En la pintura, es esa primera vista la que da todo. Aunque pasemos de largo, si ha calado en nosotros, seguiremos pensando en ese cuadro largo rato después de haber salido a la calle, y hacia dicha sensación uno siempre debe mostrarse agradecido.
Hace varias semanas tuve ocasión de asistir a la inauguración de la exposición Algunas noches, en la galería Tiempos Modernos. Allí, la apreciación que comentaba sucedía en el propio lugar: no hacía falta esperar al momento de salir a la calle para seguir rumiando los lienzos, puesto que ellos reflejaban ese escenario de tránsito por antonomasia. Su autor, Carlos García-Alix, había elegido como motivo todas esas rúas —madrileñas su mayoría, del barrio de Tetuán— para eso tan vapuleado que es la captación de un instante. En palabras del pintor: ‘La nocturnidad, ese periodo comprendido entre el crepúsculo y el amanecer, es prácticamente un género de la pintura. Las noches pintadas, exteriores e interiores, con luna o sin ella, con estrellas, bombillas, farolas o neones, jalonan la historia de la pintura. Noches románticas de Friedrich, o noches de Goya con aquelarres y fusilamientos, noches estrelladas de Van Gogh, noches urbanas solitarias y melancólicas de Hopper en el Nueva York de los años 30, noches atroces de bombardeo, Picasso y su Guernica, o noches de Otto Dix en las trincheras del frente durante la primera gran guerra. Sería interminable establecer un resumen de la pintura nocturna’, concluye. Y sí, toda la razón tiene, pero con estos lienzos ha podido realizar su aportación y satisfacer a quienes seguimos su andadura.
Es un territorio que ya retrató en anteriores pinturas, y de ellas siempre es marcada característica el paisajismo, sólo que en esta nueva serie ha decidido cederle todo el protagonismo. Bajo el mil veces literaturizado manto negro, las calles de García-Alix revelan su profundidad a través de una aparente normalidad: vacías, al cuidado de esos grandes neones que fulgen y hacen más pasajero lo que los rodea, enseñándonos la capacidad de soledad o abrigo que ejercen sobre nosotros. Las grandes dimensiones de algunos ayudan a esa sensación envolvente. Otros más pequeños querrían atrapar esa nitidez en la gabardina mojada, en quienes se fijan de pasada en las luces de un bar, en la puesta de sol arenosa y tormentosa desde un parque del norte de la ciudad, en las llamas de las estufas de una terraza —de mis favoritos, Hackesher Markt—. Hacen pensar unos versos de ese peculiar libro que es La noche, de Jaime Sáenz: ‘Luego la noche vendrá en tu ayuda —y tan sólo ahora, a la luz de las experiencias aterradoras recientemente vividas, te serán reveladas muchas cosas simples, a la par que difíciles./ Pues si no hay riesgo, si no hay peligro, si no hay dolor y locura, no hay nada./ […] El día es la superficie del mundo./ La noche no./ La noche es la noche./ La noche, en las profundidades, ha imaginado una broma pesada —pues la noche escribe, para buscar y encontrar./ La noche propicia para perderse y desaparecer, para renacer y morir, en oscuridades que te hablan y señalan./ Por eso la luz de la noche es una luz aparte: muchas cosas, muy extrañas, se iluminan a la luz de la noche —las cosas vuelven a ser como lo que son, y uno mismo llega a ser como lo que es.’
Revelaciones aparte, y sin que la pintura de García-Alix, ni en ésta de ejemplo ni en otras, sea un catálogo de pesares, pues es una obra más proclive al talante melancólico o inductor del mismo, estos cuadros —pienso en los titulados Manoteras, Stela, La noche llegando a Valdeacederas— sí que podrían entenderse como unas tareas que el pintor se hubiera impuesto para conocer mejor el entorno y las posibilidades de extrañeza y temor, incluso, que en uno son provocadas cuando se adentra en esos caminos.
Acompañado del amigo Pablo, le pregunté a la salida cuál le había gustado más, y si le había complacido en general. Me contestó que sí, por supuesto, a lo segundo, y a lo primero mencionó el cuadro Mustafá, donde observamos a un trabajador preparando las tiras de cordero para un kebab. Viste una camiseta blanca, la gorra hacia atrás y la apariencia joven y confusa, propia de la nocturnidad. No indagué en el porqué de su elección. Hubiera sido de mala educación el querer saber las explicaciones por su parte, el acercarme con transparencias a sus afinidades que le habían ayudado a seguir pensando ese cuadro, su hondura.