Los Lunes de El Imparcial

Ana Escauriaza: Violencia, silencio...

Ensayo

Domingo 15 de octubre de 2023

Tecnos. Madrid, 2023. 472 páginas. 32,95 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar



En Violencia, silencio y resistencia. ETA y la Universidad (1959-2011), Ana Escauriaza nos ofrece una obra rigurosa desde el punto de vista científico, estructurada de forma sobresaliente, empleando para ello un criterio de exposición cronológico. Nos hallamos ante un libro fundamental si queremos escribir un relato fidedigno de lo que la banda terrorista etarra implicó para España y para nuestra democracia.

La autora analiza como objeto de estudio una suerte de microcosmos, la universidad del País Vasco y la de Navarra, si bien no lo aborda como algo independiente. Por el contrario, lo pone en relación con el contexto histórico en el que surgió y actuó ETA. En consecuencia, de la violencia con intencionalidad política que la mencionada organización terrorista desplegó durante varias décadas, la universidad vasca y navarra no quedó exenta, sufriendo numerosas campañas de acoso, intimidación y atentados.

Para las aspiraciones de ETA, la institución universitaria desempeñaba un lugar fundamental, al concebirla como un espacio desde el que proyectar su ideario. Además, como dependía de los poderes centrales, este hecho lo interpretó como un intento por parte del Estado español de utilizar la universidad para oprimir, desvasquizar y españolizar a la “nación vasca”. Esta estrategia no era una innovación de la dictadura de Franco sino de España en sí, que vendría negando ese derecho a los vascos desde mucho tiempo atrás” (p.40). Este mantra se mantuvo a modo de constante y en los años ochenta de la pasada centuria, Jarrai lo exponía en los siguientes términos: “Los estudiantes vascos partimos de la condición de ser precisamente eso, vascos, y de ser parte integrante de un pueblo que se encuentra oprimido nacionalmente (p.105).

En lo que consideramos un (nuevo) acierto, Escauriaza cuando describe la ideología de ETA, profundiza en su carácter anti-español, elemento que acentuó a partir de 1975. Se trata de un rasgo que ciertos sectores políticos y mediáticos tienden a diluir de forma voluntaria, prefiriendo enfatizar un supuesto antifranquismo que nada tiene que con la verdad histórica. Para poner fin a este “equívoco”, la autora aporta numerosos elementos de interés, destacando el apoyo político con el que contó ETA, en forma de partidos como Herri Batasuna que obtenían buenos resultados electorales. Esto último significaba algo más que escaños: implicaba que detrás del “proyecto” de ETA existía una comunidad que compartía sus fines y sus medios.

Conforme avanzamos en la lectura de la obra que tenemos entre manos, observamos cómo la Universidad no quedó al margen de la reacción de repulsa a ETA que se observó en sectores de la sociedad civil vasca. Cuando organizaciones como Gesto por la Paz, ¡Basta Ya! o el Foro de Ermua cuestionaron el dominio del espacio público que venía ejerciendo la izquierda abertzale, ésta reaccionó con la “socialización del sufrimiento”. Como resultado de esta estrategia liberticida, aquellos que se oponían a la banda terrorista, se convirtieron en objeto de amenazas y atentados: Es decir, que en estos años pasaron a estar en la diana de la organización terrorista no solo militares y miembros de las fuerzas de seguridad, sino periodistas, profesores, jueces, políticos y todos aquellos a los que ETA consideraba como una amenaza para sus propósitos” (p.209).

En este sentido, un grupo opositor importante lo hallamos en la Universidad del País Vasco. Esta parte de la obra resulta clave ya que la autora describe con precisión y analiza con rigor el clima de asfixia que muchos docentes sufrieron. Impartir clase con escolta se convirtió en un elemento habitual del paisaje, como certifican los casos de José María Portillo, Ofa Bezunartea, Francisco Llera, Carlos Fernández de Casadevante o Edurne Uriarte, por citar sólo algunos ejemplos. Una parte importante del profesorado debió abandonar Euskadi, ante la dejadez por parte de los poderes públicos, anomalía política y moral que las juventudes actuales deberían conocer.

Estos exilios forzados y forzosos resultan compatibles con afirmar que la Universidad (vasca y navarra) no cedió ante el terrorismo, algo que la autora reivindica. Junto a ello, da nombres y apellidos de quienes fueron unos verdaderos luchadores por la libertad y que, con una conducta intachable guiada únicamente por parámetros éticos, sí pueden atribuirse un porcentaje relevante en la victoria sobre ETA.

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