Un patchwork. Quién y qué y por qué. En Vivir abajo (Candaya, 2019), Gustavo Faverón Patriau nos sumerge en un misterio que recorre las venas y violencias de Latinoamérica; en ella, seguimos a George Walker Bennett, el rastro de sus películas, la huella de sangre en cada país que pisa, el saludo de parte de Laura Trujillo contado con una prosa tan rica que «convertía su vida en una alegoría de su vida» (p. 36). ¿Cuál es el crimen? ¿Cómo curar la locura? ¿Extrayendo la piedra, a la manera de los pintores flamencos? Pero no es solo eso, el rompecabezas crece: desde la reapropiación del tópico del manuscrito encontrado hasta una suerte de autoría distribuida, la novela se sumerge en recovecos (cárceles, sótanos, cabañas, catacumbas) y se puebla de historias y fantasmas en un quehacer cervantino, con múltiples relatos, mayores y menores, que intersecan los unos con los otros.
Como novela total no va de nada porque lo aborda todo. En sus páginas los tipos son abrumadores: nazis, enfermos literarios, enfermos literarios nazis, supervivientes de Auschwitz, veteranos de la guerra, cineastas, profesores universitarios, ornitólogos, asesinos, padres, hijos, esposas, viudos, huérfanos, poetas, guerrilleros, libreros, psiquiatras, dictadores, músicos, Raymunda Walsh como Dulcinea del Toboso, EE. UU., Paraguay, Perú, Bolivia, etc. Sobre todo hay víctimas y hay verdugos, y a la inversa. La tortura es productora de sentido. Uno camina por sus líneas como por el jardín de senderos que se bifurcan. Se trata de uno de esos libros que, ya leído, te invita a tenerlo siempre a tu vera, listo para ser abierto por donde él decida.
No obstante, cabe afirmar, sin riesgo de error, que la venganza constituye su auténtica columna vertebral, en la que como detective de un true crime, el lector debe recomponer los hilos sueltos de principio a fin. El Mano Manzano, seguramente mi personaje más querido, enuncia la teoría de la venganza que sostiene la obra: «caminar por el mundo sin enfrentarse al fantasma de una venganza insatisfecha es imposible»; esos fantasmas, prosigue, pueblan nuestro mundo, están por todas partes, por ello «hay que reducir su número. Hay que cometer más venganzas» (p. 525). Esta ley armoniza el conjunto, va colocando cada cosa en su lugar; en ocasiones, al menos a mí me sucedía, uno se pregunta si la historia resulta verosímil por imposible o inverosímil aunque posible: ¿quién es aquí el impostor? ¿Las cuatro partes dicen en serio lo que dicen? ¿Esos mundos confluyen en el mismo universo? ¿De veras puede el tapiz que forma Vivir abajo ser aunado en un todo coherente? ¡Sí! ¡No! ¡No lo sé!
Y cuánto de metaliterario y cuánto juego con la autoficción nos brinda, cómo se divierte el autor confundiéndose con el narrador y su personaje, fingiendo un cameo: desde la triste enfermedad de la hidrocefalia hasta la beca para cursar un doctorado en Cornell o la afirmación del narrador de que pretende hacer de esas notas y papeles su segunda novela, como en realidad así ha sido para el Gustavo Faverón Patriau de carne y hueso. A riesgo de caer en el lugar común del crítico, aunque en mi defensa señalaré que hasta ahora nunca había escrito el sintagma en una reseña, Vivir abajo es una obra maestra y sitúa a Gustavo Faverón Patriau en el panteón de los grandes nombres de la literatura contemporánea.