Opinión

La extraña muerte del “San Valentín” Jorge Rigaud

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Miércoles 18 de octubre de 2023

España es desafecta con sus hijos egregios, en especial con sus referentes artísticos más amados: porque así de esta casta es el español, que encumbra hoy al que mañana derriba del pedestal que él mismo le ha levantado. A veces no acaba de haber familiaridad entre los semidioses y los mortales de enfrente, aunque de pronto se cree un vínculo mágico entre el referente y nosotros, sus admiradores. Había muerto Jorge Rigaud en 1984 y había que pasar entonces página rápida o también de puntillas, evitar en definitiva un recordatorio incómodo para muchos, cuando aún estaban abiertos los expedientes y la devoción y consternación encendidas en los ojos de los públicos.

Pero el director José Manuel Serrano Cueto y el productor y dramaturgo Jorge Rivera han desempolvado esta vieja historia de desidia, abandono y negligencia médica y administrativa con Osario Norte, el documental que indaga en las extrañas circunstancias que rodearon la muerte del fabuloso intérprete hispano-argentino Jorge Rigaud (1905-1984), acaecida un frío 17 de enero, desplomado definitivamente el artista en un geriátrico de Leganés, lejos de su casa, sita en la calle Estrella Polar 18 de Madrid. Fue aquel el último paseo de San Valentín entre los vivos y asumieron Serrano Cueto –agudo director y mitómano de las estrellas– y Rivera –productor, financista, mecenas, generoso– la tarea, no desprovista de ternura, de ejecutar una operación póstuma, para que se difundiese entre los amigos del cine y la opinión pública en general, el último recuerdo semivivo del que se fue así de mal, de desatendido, como un derecho litúrgico-cinéfilo de última visita.

Con una elegancia y un porte asimilables a los de Gary Cooper, Pedro Jorge Rigato Delissetche, que había nacido en Buenos Aires, trabajó en París a las órdenes de Max Ophüls y René Clair, y en Hollywood se codeó en la Paramount con la realeza de la meca del cine, con gentes de la talla de Kirk Douglas o Burt Lancaster en títulos como Al volver a la vida (1947), de Byron Haskin, un 'noir' verdaderamente extraordinario. Su formidable planta de galán lo llevó a protagonizar de 1941 a 1956, lejos de la II Guerra Mundial, cintas emblemáticas de la filmografía argentina, su país natal, como Casa de muñecas (1943) o Escuela de campeones (1950). Rigaud era el apuesto caballero que parecía haber llegado del otro lado de la pantalla, como en La rosa púrpura del Cairo.

No se entiende que cuando en enero fue atropellado por un anónimo motorista en la Gran Vía, llevado después al Hospital Provincial de Madrid (hoy Gregorio Marañón) sito en la calle Ibiza, y examinado por los facultativos de guardia, se le diese tan rápidamente el alta, se le enviase a su casa en su estado –a pesar de que el accidentado manifestase malestar– y que este cayese inconsciente al día siguiente en la calle Doctor Esquerdo, teniendo así que volver forzosamente al mismo sanatorio donde, finalmente, fue prácticamente expulsado y llevado en una ambulancia inexplicablemente a un geriátrico leganense, donde falleció a la hora de entrar –de pena dicen algunos–. Menos se entiende que el entonces director del centro hospitalario a día de hoy insista a los cineastas en que no recuerda absolutamente nada del accidentado ingreso de ida y vuelta de Rigaud: la desmemoria, sabemos, es selectiva. Aquellos que supieron del abrupto y doliente desenlace de Rigaud, el portero de casa del actor, Mateo Rojas, y su representante, Ángel Jordán, yacen también bajo tierra y no se puede acudir a completar más información que la ya publicada por los cronistas de la época. Solo contamos a día de hoy con su rotundo testimonio, que fue recogido en la prensa aquellos turbulentos días, sobre el maltrato médico dispensado a Rigaud. De hecho, en el mencionado documental, que esperamos se estrene pronto en España cuando concluya su exitosa tournée festivalera por Argentina, se revelan más sorpresas en esa línea: la negativa al auxilio, el desprecio a los mayores y nuestra inveterada y sañuda ignorancia sobre nuestro valiosísimo legado y memoria artísticos. En el eco noticiero que dejaba el fallecimiento extraño y nunca explicado de Rigaud en aquellos breves trenos, parecía como si los obituarios hubiesen sido escritos para reabrir el caso, descubriendo hoy que en el gran libro de la negligencia hispánica y en los pensamientos de los responsables regionales de la Salud madrileña hay una deuda perpetua con los venideros interrogantes, hasta que se extinga el último espectador de su legado cinematográfico. Aquí, en cambio, no se suelen gastar recordatorios, pero ese vínculo que es el cine nos unirá siempre a Rigaud: Un vaso de whisky (1958), Carlota (1958), No dispares contra mí (1961), Los cuervos (1961), Cerca de las estrellas (1962), Eva 63 (1963), Un balcón sobre el infierno (1964) y tantos títulos inolvidables de un cine que conoció momentos gloriosos como los que Rigaud protagonizó.

Su gran amiga la directora, escritora y actriz Ana Mariscal y el intérprete Alfredo Mayo se enlutecieron, acudieron a sus exequias y, a los diez años, sus huesos fueron depositados no en panteón de mármol negro, sino en una fosa común, donde yacían olvidados hasta que los amigos Rivera y Serrano Cueto consiguieron el permiso del párroco para la instalación de una placa en su recuerdo, a la memoria de Jorge “San Valentín” Rigaud, aquel ángel tan apuesto que descendió en 1959 a Callao para poner orden en los corazones de Concha Velasco, Katia Loritz, Ángel Aranda, Mabel Karr y Tony Leblanc. Y es que España, recién estrenada la democracia, dejó morir a su apóstol celeste del Amor, a su padrino Cupido, en un ejercicio oneroso e ignominioso del trato que les depara a quienes como Rigaud un día nos hicieron soñar con la aparición o la promesa, al fin y bajo su atenta advocación, de nuestra media naranja. Recordemos y honremos hoy su figura, aquel rostro sereno que, con paso seguro y bajo su inolvidable mirada azul, ordenaba de alguna manera y más allá de la miseria humana el despropósito terrestre de los españoles... Era un respiro singular saber que San Valentín vestía elegancias por la Gran Vía, frente a los escaparates, y reincidía en el mandamiento del amor, un mandato que tantas veces hemos olvidado.