La celebérrima villa de Chinchón también es famosa por su Festival Taurino. Hay una frase, casi un tópico, sobre Puerto de Santa María que yo lo uso para la simpática ciudad con anís: “Quién no ha visto toros en Chinchón, no sabe lo que es un día de toros”. El sábado en Chinchón concurrieron todos los elementos que hacen posible una tarde de toros: una bella plaza, unos hombres valientes y una sabia afición. El Festival de Chinchón, celebrado por primera vez en 1923, volvió a ser un grandioso espectáculo. La fiesta centenaria fue fruto del agradecimiento de Salvador Sánchez Frascuelo, al pueblo que le ayudó en 1863, cuando fue gravemente cogido en una capea. El torero de carácter y salero, habitó una casa, hoy perteneciente a la familia Panadero, quienes la salvaguardan con estilo y gran gusto estético. La familia de don Jesús Panadero, ilustre catedrático de la Escuela de Ingenieros Navales de la Politécnica de Madrid, dan nueva vida a las tradiciones. Una de ellas es su afición a la tauromaquia. Gracias a su amable invitación pudimos ver el Festival desde uno de los balcones mejor adornados de la plaza: un bello mantón de Manila de la amiga Marilu, una pieza única, que aventaja con creces la antigüedad del propio festival de Chinchón.
Grandes e históricas figuras del toreo se mantuvo el carácter benéfico de este festejo: Marcial Lalanda, Julio Aparicio padre e hijo, Manuel Vidrié. En esta ocasión salieron al ruedo Uceda Leal, Diego Urdiales, Paco Ureña y Alejandro Marcos, acompañados por dos novilleros de la tierra, Aitor Fernández y Álvaro Chinchón. Los novillos de Núñez del Cuvillo tuvieron distintas hechuras, los dos primeros resultaron los más blandos, otros dos con más caja y cuajo merecieron el aplauso en el arrastre, el último novillo tiraba a mansote. En general, se comportaron bien, sin malicia. Hubo momentos sutiles con el capote y la muleta, pero el manejo de los hierros dejó mucho que desear: ni un diestro puso una estocada ni descabello en condiciones. Parecía cosa de encantamiento. La seriedad y ahínco con que los varilargueros midieron y barrenaron a los toretes no correspondía mucho ni a sus fuerzas ni a la ocasión festiva.
Uceda Leal supo mantener en pie al torito agotado desde los primeros capotazos. Se ablandó aún más con la vara. Uceda Leal esperó a su contrario, le dio su tiempo para componer una faena pausada, con un sello clásico, que distingue a este diestro madrileño. Diego Urdiales, con zahones ceñidos, se pasó al novillo por ambas manos, silueteando unos naturales y un toreo de mano baja, rodilla en tierra. Un trofeo. Paco Ureña condujo al enemigo por flexionados al centro del ruedo. Ahí, compensó las faltas del astado con sus ganas de ir a más. El toro serio, uno de los más cuajados de la tarde, tuvo arranques de brusquedad e intentos de desarmar, pero Ureña se mantuvo firme y cerró por ovacionados naturales y pases de firma. Alejandro Marcos hizo la faena más redonda de toda la tarde: aquilató las distancias al tiempo y llevó prendido de la muleta a su contrario. Si no hubiera sido por el manejo de la espada, habría paseado más de un trofeo. Aitor Fernández con el capote se envolvió en chicuelinas y comenzó la faena de rodillas, intentó ahormar la embestida de un cuvillo noble, pero rápido y hasta “pegajoso”: el novillo se ceñía y no paraba. El novillero optó por cerrar la obra metiéndose entre las astas y quitándole la distancia al bicho, que se enfadó y se puso rebelde, ayudando a los alardes del novillero. Una oreja. Álvaro Chinchón también paseó una oreja, pero su ejemplar fue muy distinto: se desentendió del capote, escarbó, no se empleó en el tercio de varas. Alejandro con la muleta, lo iba sacando de la querencia, pase a pase, ante la desgana y pasividad del animal.