Opinión

Un reino junto al mar

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 22 de octubre de 2023

Acodados en la barandilla de madera que lindaba el paseo, recordó ese poema que conoció por una canción cuando era adolescente. ¿Había hablado de ella y del poema? Muchas veces, seguramente. Pero mencionarlos una más no era algo que le inquietase. No tenía ganas de volver a casa. Estaba meditando el paisaje. Aprovechó mientras ella miraba la caída del acantilado y las olas. Subía algo de ese olor que hacía pensar en navegaciones, en experiencias que sorprenden demasiado. Ese olor marino que no es amenazador pero sí angustiante, raro a la hora de intentar definir la razón por la que nos oprime. Ella sí tenía ganas de volver, pero no se atrevía a disgustarle.

¿En qué piensas?, le dijo para que saliera de su ensimismamiento. En tonterías, en que estoy vieja, que no hay lugar para mí… Esperó un poco para el remate: ni para nosotros. Él se incorporó. Le bailaban los cabellos del flequillo. El corte reciente los hacía notar más en comparación al rapado de los laterales. Ella también se percataba del efecto que estaba provocando, y contempló la juventud en su totalidad. Era extraño. Esas vacaciones de fin de semana que iban a consistir en una alegría incomprensible, en unos ratos en los que ésta pudiera expandirse por el hecho de que se está disfrutando de la presencia del otro, no por casualidad, sino porque se está conviviendo, porque con él conforma su existencia, no podían dar más de sí lo que tenía en la cabeza. Se había terminado. No era una condición la edad, ella teniendo cuarenta y dos, él veintiséis, pero indagando en ella había descubierto la idea. Había aparecido poco a poco y no sabía comunicársela. Prefirió crear las condiciones para que lo supiese y la excusa de la escapada a ese pueblo del norte se presentó como la más idónea. ¿Por qué dices esas estupideces?, le reprochó, y apretó su mano contra la madera húmeda, verdosa como el suelo y el camino que se insuflaban con ese viento y dotaban al momento de una conciencia recargada por lo que se estaba comprendiendo y callando.

Se acercó y empezó a hablarle de lo que les había unido hace más de dos años, a la salida de las clases de inglés en una céntrica academia. Le comentó que esos escenarios eran los mismos que inspiraron a Julián Ayesta para escribir sus relatos y su novela tan famosa. Los dos coincidían en que la primera parte era mejor, que la segunda se volvía un bodrio. Ella sonrió a medias, como se hace ante lo triste y ridículo sin remedio, con miedo. Ella le descubrió esos relatos. Por su primer aniversario se los regaló, envueltos en una sudadera de marca, como si en la suma de ambos estuviera la constatación del hecho de sacarse tantos años y eso permitiera bromas en vez de reparos. Ahora no. Él la abrazó en silencio y en ella se despertó una repulsa que sintió importante no pasar por alto, deteniendo el abrazo, separándose un metro, raspando su palma contra la madera. Con él sintió que sólo se estaba distrayendo, que ya no eran felices. Era algo que arrastraba desde unos meses a esa parte. Como persona de edad que se consideraba, exagerando para aferrarse a sus razones, el hecho de amar la volvía quisquillosa. Él no era consciente del daño que iba a sobrevenirles, pero siempre termina más dañado quien es dejado, pues al otro le toca exponer una verdad que parece increíble y a una velocidad que sólo guarda semejanza con la destrucción, siendo ese mismo el resultado, esa misma fuerza de las olas que se volcaban más abajo. ¿Qué ocurre? Dime, por favor. Ella volvió a acercarse. Se sentía empequeñecer a cada palabra. Él fue quien se agarró a la barandilla y fue girando lentamente su cabeza hacia el mar, sin dejar de escucharla, sin dejar tampoco de entender y estar de acuerdo y negar todo. Le asaltaban las preguntas: faltas de la belleza, la valía de lo que podía salvarse, la de cada uno y los atributos que creemos han visto en nosotros y viceversa… Los segundos pasan feroces cuando se tiene dicha conversación y el silencio devora. De poco sirve la inteligencia para acostumbrarse, pero cuando el ánimo se ha inclinado es obligación de uno hacerle recobrar el equilibrio, se tarden unos minutos, unas semanas, años, puede que nunca. ¿Esto es el final? ¿Aquí se acaba?

Ella debió mantener esa conversación consigo cientos de veces, preparándose, no sabiendo lo que decía. No podía hasta alcanzar ese estado de vacío que le deja a uno cuando hiere a la persona que confía y quiere. Ella procedió a rodear con sus brazos su espalda. Podía estar siendo todo una decisión caprichosa, podía ser algo definitivo. En ninguna de las dos opciones estaba la confianza asentada con firmeza. Ninguno quiso preguntar. Se dejaron reposar el uno sobre el otro. Callados, la fuerza no venía sino del oleaje ruidoso y testigo de una pareja desenamorada, dedicándose el abandono de sí mismos, resistiendo al viento que partía de la imagen de sepulcro.