Opinión

Pongamos que hablo de Carabanchel

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Lunes 23 de octubre de 2023

Han declarado Carabanchel uno de los barrios más “cool” del año 2023. Desde hace ya algunos años Carabanchel se ha ido convirtiendo en otra cosa. Hace años que derribaron la cárcel, aunque creo que permanece uno de esos centros de internamiento que funcionalmente se parecen tanto. No arquitectónicamente: la vieja cárcel tenía un módulo central o una suerte de cimborrio panóptico que yo veía diariamente en la distancia, cuando me dirigía al instituto. Quedaba en Aluche, junto a la estación del suburbano, que es como llamábamos al metro o, especialmente, a esa línea. Recuerdo haber pasado de la mano de mi abuelo bajo los túneles de medio punto, de color amarillo, de la vieja estación – antes de la obra que la transformó en la que hoy puede verse –. Recuerdo haber recorrido en el camión de mi padre la colonia de la prensa, que hoy es de lo más in, pero estaba entonces en un triste estado de abandono.

Hoy Carabanchel se ha vuelto super cool, entonces era un barrio obrero y este adjetivo poseía una dignidad que, me temo, ya no se percibe. Era un barrio vivo y habitable que podía considerarse una metamorfosis del pueblo. Un pueblo que había mudado las labores del campo por el trabajo industrial, que había cambiado el paisaje rural de casas de piedra y barro por edificios de pisos en altura, el entorno de campos de cereal – con sus eras y sus vegas – por un desolado horizonte de descampados en los que, pese a todo, disfrutábamos de juegos bárbaros. Seguramente idealizo aquel tiempo, como sucede con todo tiempo logrado.

Mi idealización, sin embargo, no desconoce las dificultades que atravesábamos entonces. Muchos quisieron regresar a su pueblo, dejando atrás el avatar suburbano y marginal de su tierra natal. Otros murieron en ese hervidero del extrarradio, soñando campos de trigo y tardes de fiesta, recordando una infancia rural en un barrio que perdía su forma para convertirse en cosa de artistas y culturetas.

La gente de Carabanchel no lo amaba lo suficiente, me temo, como para tratar de convertirlo en Florencia. Mantenían su sobria dignidad, pero con menos alegría que en su viejo paisaje consanguíneo, entre paisanos y parientes, donde conocían cada palmo de tierra. Si no amaban tanto aquel Carabanchel de entonces como para convertirlo en Florencia; sin embargo, han conseguido ponerlo de moda, que es exactamente lo contrario de lo que sucede con Florencia. Es posible, pese a todo, que sus inquilinos de hoy lo amen mucho menos, si han abandonado la sobria dignidad del barrio obrero maquillándolo al gusto del día y dejándolo tan atractivo y tan cool como una obra de arte moderno.

El Carabanchel de los años setenta y ochenta del siglo pasado ya anunciaba esta movida posterior a la movida madrileña, pero mantenía el sólido sentido común de los campesinos procedentes de esa España interior que, al perder a sus hijos, se quedó huérfana (ubi filii, ibi patria). Aquel barrio tenía de paraíso lo que tiene la infancia, porque no era en ningún caso un lugar de tránsito, un fenómeno espectacular, un atractor turístico, sino que conservaba los elementos de un hogar y las condiciones esenciales de una comunidad.

Es quizá esa atmósfera la que buscan desesperadamente todos los que sueñan con un Montmartre con aires de banlieue. Hace mucho tiempo que no me detengo en mi barrio, que no paseo por sus calles travestidas, ni tomo una cerveza en alguna de sus modernas franquicias. Allí viví el paraíso de mi vida y allí murió mi padre, soñando – estoy seguro – con su propio paraíso infantil en un eterno rincón extremeño. No podría visitar el barrio más cool de Madrid porque no quiero sufrir el dolor de ver un hogar convertido en negocio.

Hace tiempo que las élites se rebelaron contra la gente del común y a esa rebelión la llaman hoy democracia. Ejercen su gobierno experimental y juegan en su laboratorio con nuestras vidas. Parecen decididos a redefinirnos y hacen ingeniería social con nuestra historia. Si siguen en pie los viejos amigos que no se fueron de Carabanchel, no dejarán que les tomen la casa. Por lo mismo, creo que los que pisamos esta tierra como cosa propia no permitiremos que nos tomen la patria.