Mi intervención de esta semana, amables lectores en ambas orillas del Atlántico… y del Pacífico, pretende hacer conciencia por la devastación causada en la última semana en Huelva capital y provincia y en el emblemático puerto de Acapulco y su región, por la fuerza irrefrenable y desbordada de la naturaleza. Ambas ciudades me son entrañables y, por lo tanto, no puedo sustraerme a lo acontecido, una suerte de hilo conductor que las une en la tragedia.
Octubre es, desde hace más de una década, el mes más violento en materia de huracanes para el caso mexicano, registrando en él más fuerza tales fenómenos meteorológicos. Los peores, me lo parece, se presentan en ese periodo.
En el caso específico de la querida capital onubense, que siempre me trae gratos recuerdos de mi estancia en su universidad y en la situada en el paraje de La Rábida, contigua al histórico y colombino monasterio, ha sido golpeada el finde pasado por lo que fue catalogado (de rutina) como una borrasca, “Bernard”. Y vistos los estragos causados, las imágenes más propias del paso de un huracán, me asaltan las dudas acerca de si de verdad solo fue una “borrasca”. Son típicas de escenas caribeñas o mexicanas, razón por la cual me resultan familiares, infortunadamente. Los árboles arrancados de cuajo, aplastando vehículos estacionados a su vera, la ciudad inundada, me parecía que hablaba de otra suerte de metéoro, que no de una borrasca. Los árboles cercanos a la plaza 12 de octubre nunca me parecieron ni enclenques ni chaparros. Robustos, fueron derribados. Uno ha levantado en su caída una banca maciza, de esas negras muy típicas de los parques andaluces, lo que rebela la fuerza descomunal que golpeó a Huelva capital y sus alrededores.
Cuando el meteorólogo de TVE decía en el informativo nocturno dominical que la fuerza de la borrasca que azotó la costa atlántica española obedeció al calentamiento del Atlántico, temperatura aún prevaleciente en estas épocas del año, consideré, entonces, que la advertencia es puntual, clara. Ya hace algunos años supimos de un huracán que se dirigía a Sevilla, si no mal recuerdo. ¿La Costa de la Luz será huracanada en los próximos años? No me imagino a Huelva capital teniendo que afrontar semejante trance y cada año estar con el Jesús en la boca ante semejante posibilidad y sus pinares, arrasados. Si el agente detonante es el cambio climático, entonces debemos de preocuparnos. No es cosa de difundir alarma, pero sí de mover a la reflexión. Reitero, al oír la causa a la que obedeció la fiereza de la referida borrasca, me ha generado una inquietud, porque de seguir así la cosa sería inexorablemente, un nuevo motivo de preocupación.
Para el caso de Acapulco, con precedentes de huracanes fatales como Paulina (1997) afrontar de golpe del huracán que golpeó el 25 de octubre de 2023, “Otis”, ha sido un cataclismo que, como dijo un periodista in situ, podía equipararlo a cuál si le hubiera caído una bomba por la magnitud de la destrucción. Sépase: en el huracán más grande que nos ha golpeado, que no redujo su fuerza, categoría máxima de 5, al tocar tierra y se impactó como categoría 5 en una zona densamente poblada. La catástrofe es lo no visto.
Acapulco ha sido destruido y el golpe en prestigio, el costo material, las pérdidas cuantiosas para su gente –de patrimonio o infraestructura a empleos y a saber, vidas humanas (mi pésame, de haberlas)– será como una hecatombe. Para México representa el durísimo golpe a una de sus dos marcas turísticas internacionales, como a la otra le sucedió en 2005, Cancún. Cuando he visto las escenas de esa entrañable ciudad ligada al recuerdo de mis abuelos, a mi infancia, a tantos momentos gratos cual sinónimos de solaz esparcimiento y donde estuve apenas hacía 10 meses, caminándola, disfrutándola, y ahora con el estropicio mayúsculo que atestiguamos en los medios que dificultosamente han podido ya transmitir, me ha embargado una profunda tristeza y reitero: el trastazo a México es brutal y su impacto será costosísimamente insondable. La ciudad a oscuras e incomunicada vía electrónica, terrestre y aérea por tiempo que ya alcanzaba una jornada, nos advierte de la dimensión de este cataclismo, para un país que vive del turismo y apuesta a él.
Como sucedió en el caso de la Costa de la Luz, el fenómeno atmosférico en el Pacífico mexicano no tenía visos de poderío desbordado y lo que consiguió a su paso en solo 12 horas, dirigiéndose al afamado puerto mexicano, ha sido espeluznante, una vez que han circulado los detalles y las fotografías o los vídeos de su crecimiento y de cómo golpeó al sitio de cabo a rabo. El día anterior, nos amanecimos sabiendo que en las costas del Pacífico mexicano estaba la tormenta tropical Otis. Conforme avanzó esa mañana del martes 24 se tornó en huracán categoría 1 de la escala Saffir-Simpson. Entrada la tarde ya era categoría 3 y cerramos la jornada con la alerta de categoría 5, la máxima contemplada, dirigiéndose al puerto. Nunca se había presentado semejante evolución. La meteorología está anonadada: que en el lapso de 12 horas una tormenta tropical se fortaleciera hasta la máxima categoría de huracán, es alucinante. Y con toda su fuerza se proyectó sobre tierra, sin perder su poderío destructor como hubiera sido lo predecible. En horas destruyó 80 años de desarrollo del puntero turístico de este país al que tanto le ha dado y después se degradó sin más, a la mínima expresión en muy corto tiempo. Me detengo en su velocidad: a las 9 de la noche del 24 de octubre el huracán se encontraba a 90 kilómetros de la Perla del Pacífico. La distancia entre Huelva y Sevilla. Una hora más tarde, ya se ubicaba a 80 kilómetros del puerto. Resultaba impresionantemente peligrosa su desmesurada y ciclópea capacidad de desplazamiento. Yo no recuerdo a un engendro natural crecido y proyectado con tal magnitud.
Independientemente del escaso tiempo para reaccionar –de las autoridades preparadas y de la población advertida, ambas frente a lo que cambió de súbito– y dado que ya no sería una simple tormenta tropical, con 40 mil turistas atrapados en algo siempre trágicamente impredecible, pero ahora peor por sus resultados insospechados, y con una población local, sí, igual de importante, varada, me quedan las palabras de un periodista que afirmó tras lo atestiguado, que el huracán dejaba a Acapulco con su (emblemática) Avenida Costera destrozada y su periferia, destruida. Más dramática descripción no puede ser. Las imágenes de espacios que he disfrutado desde mi infancia, ahora desaparecidos, me resulta dolorosa.
Sin duda, el patrimonio personal y colectivo afectado, duele, y para el caso del puerto mexicano, es atroz, muy atroz. Y por sobre todas las cosas, debemos reflexionar, darnos cuenta de la ferocidad creciente de estas tormentas que, en el caso de la “borrasca” que azotó Huelva, pinta ya para ser otra cosa y en el caso del huracán en la costa mexicana del océano Pacífico, a ver si la dichosa escala que los mide no se queda ya corta desde hace tiempo, pues se trata ya del peor metéoro que ha golpeado a México en toda su historia.
Nuestro mundo se ha vuelto más peligroso. A veces por nosotros mismos, a veces por la naturaleza, presumiblemente alterada por nosotros mismos. Y no promete mejorar. Al contrario. De entrada, a lo que sí podemos acceder es a un estadio de alerta máxima cada vez más permanente y a ser más previsores al aparecer esta clase de tormentas en el radar. Hurakán, dios maya de las tormentas y que dota de su nombre a estos ciclones, se ha ensañado mostrando su furia. Dicen que los dioses están enojados con nosotros. La verdad es que no les hemos dado motivos de contento. Hago un llamado para que done usted ayuda a los damnificados de Acapulco y Huelva y sus regiones y cuando lo haga, piense que compensa los gratos momentos que pasó en ambos sitios, hoy trágicamente afectados.