Hace cosa de cinco o seis años subía yo al alto de Portilla Blanca, desde Alcañices y Alcorcillo, con la pretensión de gozar del bucólico paisaje alistano y mantener a raya la glucosa y el colesterol. La trocha que elegí aparece también en los mapas que trazan el Camino de Santiago desde estas tierras zamoranas. Cuando me quedaba como un kilómetro para coronar el monte vi a mi derecha como a unos cien metros, a una familia de hermosos perros grises, con dos adultos y cuatro o cinco cachorros muy bonitos. No quise acercarme porque sabido es que es cosa peligrosa acercarse a la cría de cualquier animal, pues que todos los animales tienen corazón. El hombre, obviamente, no es un animal. Así que no me entretuve y sin mirarlos y con cierto miedo llegué a la cumbre. Allí estaban cuatro hombres “esperándome” al lado de un helicóptero; creo que eran una de esas brigadas de vigilantes contra incendios forestales dependientes del Ministerio o de la Consejería de Medio Ambiente. Dos de ellos llevaban binoculares. Me dijeron que me habían seguido con preocupación con los prismáticos desde que me vieron pasar cerca de una manada de lobos, por si tenían que actuar. Afortunadamente mi actitud neutra ( e ignorante ) no provocó alerta y hostilidad en los animales. Después que me lo dijeron una corriente eléctrica cruzó por mis omoplatos, como un relente de bosque, de sangre y de despojos. Me recomendaron regresar por otro camino hacia Alcorcillo, que va a dar a una carretera asfaltada, y así hice, llegando a casa sano y salvo, sin un nuevo susto de aquella partida de demonios. Tengo en mi memoria, con todo, la bella imagen de un entorno familiar de lobos, que pudo suscitar de todo cuando los vi, sin saber que constituían una camada de lobos lejos de su guarida, menos algo desagradable. Recuerdo, o quizás sólo imagine, la confianza que tenían los preciosos lobeznos al lado de sus sabios y fuertes progenitores. El lobo ha sido siempre nuestro entrañable enemigo secular, se ha resistido a someterse al hombre, ha defendido siempre su rebeldía frente a todo conato de domesticación, nunca ha claudicado de su soberanía, por eso nos atrae a la vez que nos espanta. El lobo, nuestra tarasca más entrañable, es más que un animal, es el peligro del hombre, y una alternativa a la civilización humana, verdadero rey de los forajidos del bosque viviendo entre breñas, que representa con su heroísmo la dignidad del perro. Siempre nos ha rondado con sus lejanos aullidos este tribuno cánido, canum tribunus, como molesto de que no le aceptáramos sin las draconianas condiciones que hemos impuesto a los perros, sus hermanos plebeyos. Pero el lobo no claudicará jamás de su aristocracia salvaje, con algo de excentricidad lujosa, y sus fauces seguirán dando buena cuenta de los esclavos del hombre. Pues ahora un alcalde levantisco de un pueblo de Asturias, Morcín, quiere que se saque al lobo del Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial ( LESPRE ), reserva administrativa en el que lo había metido la franciscana y rubendariana Teresa Ribera, porque mata ovejas, burros y vacas. Otra vez volvería la caza del lobo, la batida, la muerte del no integrado del bosque. Pero a mí me da más miedo un palestino de Hamás, que no tiene encima la belleza lobuna. Sin minas de carbón los alcaldes comunistas del norte han perdido la senda recta del destino, no entendiendo en el hermano lobo la más ortodoxa actuación marxista. Bajo la cima lunar del Valdecebollas, cerca de Brañosera, paraíso de miel, allá en la Montaña Palentina, vi osos y oseznos de pequeño acompañado de mi padre; estaban comiendo moras, frambuesas, endrinas frescas, arándanos, y zarzamoras. Estaban a doscientos metros de un hotel en construcción, que acabaría convirtiéndose, por la inveterada incuria de la Administración, en un palaciego refugio para vacas y caballos. Formaban una imagen asombrosa y divertida; la belleza alegre de animales constitutivamente libres en plena libertad. Osos virgilianos, osos amorosos. En el cercano Barruelo de Santullán había llegado a haber en un bar todo un enorme oso disecado sujeto a la pared. El cazador le había pegado un tiro y el oso herido se lanzó contra él. El cazador tuvo la suerte de subirse a un alto roble del bosque de Salcedillo para escapar de sus garras mortales. El oso trataba de mover el árbol, y de vez en cuando bajaba al río Rubagón para lavarse la herida del disparo. Finalmente, el cazador volvió a cargar su escopeta y remató al hermoso plantígrado. Pues a los osos también quiere la gente levantisca que se les saque del mencionado Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial. Yo entiendo a los ganaderos que pierden sus ganados por estos indóciles furtivos del bosque, pero si la Unión Europea subvenciona la leche, los terneros en función de la raza, tudanca, charolesa, mirandesa, ratina, alpina, y algunas más, y lo mismo hace con los corderos merinos y manchegos y la leche de las ovejas blancas y negras, hasta tal punto que ya los ganaderos no crían animales, sino papel de formularios, instancias y facturas de la burocracia europea, tampoco pasaría nada por subvencionar los borrelles y las Srtas. Rottenmeier de la UE las pérdidas de animales que hayan sido presa de lobos o de osos. Sólo la caza hace sabrosa la carne para el lobo, como aquella pera que robó de niño San Agustín, que al entrar en su boca el pecado hizo sabrosa. No creo que nuestros lobos y nuestros osos sean más peligrosos que algunos de nuestros semejantes que piensan que para ser libre hay que tener las uñas largas y la cara sucia. Debemos respetar el lobo, no olvidando que la dea luperca amamantó a los fundadores de un Imperio que construyó occidente. Tampoco tomemos resoluciones precipitadas como un “ursus velox”, igual que el Papa Clemente XIV cuando quiso abolir a la Compañía de Jesús.