Opinión

Desvestir el cuerpo, de Jesús Cárdenas

CRÍTICA LITERARIA

Javier Mateo Hidalgo | Lunes 30 de octubre de 2023

Es sabido que la introspección es, si no la mayor, una de las más difíciles tareas que puede y debe emprender el ser humano. Desde la Antigüedad se aspiraba a ello, como testimonia Pausanias al transcribir el lema que figuraba en el pronaos del templo griego de Apolo, en Delfos: “Conócete a ti mismo”. Algo sobre lo que debía de reflexionarse antes de penetrar el atrio o pórtico de aquel edificio. También Platón, en su Academia, prohibía la entrada a quien no supiese geometría. Tanto uno como otro concepto —el autoconocimiento y la citada rama de las matemáticas que estudia las formas— tienen como intermediario al reflejo, que devuelve la apariencia de lo contemplado. Puede ser un espejo o un cristal, repitiendo lo que somos o lo que vemos. A veces, una cosa lleva a la otra o son la misma, pero en cualquier caso la frágil lámina donde esto se presenta produce una reflexión en quien observa a través de ella.

Uno de los ámbitos más propicios donde el individuo puede ahondar en la observación y reflexión de su conciencia y estados de ánimo es, además del filosófico, el poético. Múltiples testimonios lo confirman, llegando hasta la actualidad, como el reciente libro de Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaira, 1973) Desvestir el cuerpo. Publicado por Lastura Ediciones y prologado y epilogado respectivamente por José Antonio Olmedo López-Amor y Luis Ramos de la Torre, se trata de un libro que, desde el examen personal, extrae conclusiones que competen a cualquiera de los miembros que constituyan su público potencial, no siendo respuestas sino preguntas que cada lector debe formularse; preguntas que por su universalidad atañen a la esencia humana, a la existencia y carácter consuetudinario de la sociedad.

Haciendo caso a su sentido etimológico, los términos “reflexión” y “reflejo” hacen alusión desde el latín al “volver atrás”. Por un lado, ese retroceso puede referir a la luz que, en su movimiento rectilíneo, topa con un espejo y cambia su dirección, reflejando una imagen duplicada; por otro lado, es posible que se remita a la acción metafórica de “volver atrás”, pensando sobre algo. En cualquiera de los casos, para que esa “reflexión” tenga lugar, ha de intermediar el ser humano: sólo él puede experimentar distintas sensaciones provocadas por la acción de los objetos exteriores sobre sus órganos visuales, construyendo con ellas un pensamiento cuando dicha información llega al cerebro. El sistema óptico también genera su propia imagen como cámara oscura primigenia, situándola al revés —como hacen los espejos—. Luego será la materia gris la encargada de colocarla en su posición correcta. Pues bien, Cárdenas hará con sus poemas precisamente eso: construir sus reflexiones tras procesar los objetos de la realidad con su propia mirada, pasándolos por el tamiz de las propias experiencias. A eso se denomina precisamente “percepción”, a la unión de percibir la realidad y tamizarla desde el conocimiento adquirido.

En su labor, Cárdenas tendrá sus propios espejos y cristales, pues no siempre la imagen que vemos es la que devuelve un espejo, sino la que hay más allá, tras el cristal transparente. El azogue pasa a ser lente que amplía, disminuye, deforma o enfoca lo que está al otro lado. Un vidrio o una luna que muchas veces está dentro de nosotros, siendo la que en verdad actúa sobre la realidad. Es la subjetividad que da el carácter, pero que toca a los demás y provoca su interés, porque refiere a su vez a lo que nosotros también vemos, contándonoslo desde una nueva o inédita óptica. Hay aquí un afán profético o adelantado a su tiempo, iluminador, pues abre un nuevo camino a la luz en su posible dirección.

En su texto Huesos que quieren ser poemas, Ramos de la Torre recuerda la información que Juan Eduardo Cirlot incluía referente a los espejos en su Diccionario de Símbolos, recordando cómo siempre se los había relacionado con el pensamiento, “en cuanto que éste es el órgano de la autocontemplación y reflejo del universo, al estilo de un Narciso que se ve asimismo reflejado en la humana conciencia”. Razón por la cual “el espejo siempre ha sido visto con un sentimiento ambivalente, como una lámina que reproduce las imágenes y en cierta manera las contiene y las absorbe”. En el caso del personaje mitológico citado, un espejo —acuático— puede incluso cerrar violentamente una lección, acabando con la vida de quien se encuentra enamorado de sí mismo, observando su propio rostro devuelto por el reflejo del agua. La enseñanza que conlleva la sabiduría se encuentra a su vez personificada en ese espejo parlante que responde al personaje narcisista del cuento de hadas Blancanieves. Inmortalizado en la literatura por los hermanos Grimm (1812) y en el cine por Walt Disney en el primer largometraje animado de la Historia (1937), la antagonista no dejará de preguntar a la superficie especular sobre su belleza; pero el azogue, en su infinita justicia, dirá siempre la verdad, afirmando que la más bella del lugar será la protagonista de la narración. También en el segundo libro del personaje mítico de Lewis Carroll, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871), se nos enseñará que este objeto podrá ser a su vez puerta entre un mundo y otro —recurso que recuperará el cineasta Jean Cocteau en sus versiones de La bella y la bestia (1946) y Orfeo (1950).

Será en esa capacidad de contener y absorber las imágenes donde, según Ramos De la Torre, sucederán los versos de Cárdenas. Y, como muestra, los botones contenidos, por ejemplo, en la primera parte del libro, titulada Todos los espejos. En el segundo de sus poemas, el personaje —trasunto del autor en tercera persona— “se afana en cruzar ese azogue / con ojos saturados de óxido / en mundo tan opaco. / Pero no aprende” y “todo se desborda”. Aquí no sólo está presente el paso de un mundo a otro, sino el deseo de abandonar esa realidad en que se vive, dejando atrás las “zonas de penumbra” adquiridas tras “declinar” la “fe” en los “sueños de juventud”. En el siguiente poema, el espejo se convierte en imagen donde ver la propia “oscilación” de quien otrora “ardía” de “asombro” y en el presente se deja ennegrecer, como deja el espejo que lo hagan sus bordes. Como vemos, la negritud, oscuridad o penumbra tendrá también una gran importancia como imagen simbólica a la hora de definir esa parte que va conformando la personalidad y que hace abandonar la ingenuidad o pureza de los primeros años, rumbo a la madurez de la persona. Incluso la noche describe el estado anímico del individuo, en el tercer poema: “¿Con qué imágenes/ logro recomponer / en mitad de la noche / el día venidero?” Parece que esos reflejos devueltos pueden conformar trozos de azogues fracturados con los que recomponer la imagen propia de cara al futuro.

Un retrato fragmentado, cosido de espejos, como Frankenstein identitario, que podemos también ver más adelante: “Esto que ves soy yo. […] Ahora mismo habita en la penumbra. […] Este es mi cuerpo”. Ante lo que devuelve la imagen, el poeta inquiere al objeto para preguntarse a sí mismo, a fin de retornar al pasado, volver atrás, en un imposible por recuperar el tiempo perdido visto con nostalgia: “Me encuentro frente a un gran espejo, / he de escoger palabras / que, muy pronto, habrán de ser mías. / Dime, ¿qué niño soy?” Pero el espejo no contesta aunque permite reflexionar, devolver la voz a quien pregunta, haciéndole consciente de que sólo él puede responderse: “Oscilante el azogue / acaba por reflejar, en su hipnosis, / nuestra vidriosa soledad”. La infancia perdida y añorada será de nuevo traída al presente en alguno de los poemas finales —pertenecientes a la tercera y última parte, Callada ceniza—, representando también el momento de la pérdida de la candidez, rumbo a la adolescencia y la edad adulta: “Con el paso del tiempo el reflejo del río / de aquella helada / caló dejando ateridos mis huesos, / pese a que busqué consuelo / en las aguas del estío”.

En el texto de López-Amor Brazos intangibles como abismos, el autor denomina “cuerpos-espejo” a las imágenes poéticas de Cárdenas, pues “devuelven tanto aquello que enfrentan” como “aquello que guardan”. Por eso es importante subrayar el sentido del título del poemario, en concreto el concepto de “desnudar”; dice el prologuista que ese “desnudo al que alude el poeta” puede ser “exterior o interior, un acto de entrega impulsivo o premeditado, una reconciliación con la esencia, una huida de las máscaras” para mostrar la verdad exteriorizando la introspección.

Por otro lado, si existe espejo y ventana y hay posibilidad de despojarse de las vestiduras —sean reales o simbólicas— es porque quien nos habla lo hace desde el interior de un hogar, también simbólico. Un lugar donde guarecerse o meditar en silencio, pero que también puede volverse claustrofóbico. En la parte intermedia del volumen, Cristal ahumado, se habla de la “pared” sobre la que “cuelga / una placa de plata recién pulida / en la que el tiempo se diluye / en silencio”. También refiere a los tonos azules que iluminan “la luz de todo el hogar” y crean una escala que puede ser fría y a la vez cálida, representando la ambivalencia anímica. Para Cárdenas, esa gama es fundamental a la hora de hablar de su sentir interno, como tan crucial debió ser para Antonio Machado en su último poema conocido, aquel que guardaba escrito en un trozo de papel arrugado dentro del abrigo que usó en sus días finales del exilio: “Estos días azules y este sol de la infancia”. De nuevo, el ideal originario rememorado, cerrando el círculo de inicio y fin vital. Así, según López-Amor, ese azul puede estar presente en “todos los colores”, sugiriendo “los grados de tristeza o alegría de una singular filosofía del caminante”. Un estado anímico que irá fluctuando dependiendo de los momentos y las etapas, a imagen de la propia vida. Una vida que puja por salir y darse a conocer, ofreciéndose a los demás como enseñanza y aprendizaje.

Desvestir el cuerpo nos aguarda en su lectura para acogernos entre sus cuatro muros, plenos de imágenes reverberantes, de tiempos y espacios condensados. Dejémonos invitar y alojémonos como empáticos huéspedes, permitiendo que la trascendencia conduzca a su habitabilidad.