La muerte en España es un negocio. En la última década han fallecido en España más de 4,6 millones de personas –lo que representan 450.000 de media cada año–, porque el tiempo mortuorio tiene su ritmo, su compás, dependiendo de cada país, y en el nuestro últimamente corre que se las pela. En estos días es cuando salen las cosas a flote, como las nueve familias de las pompas fúnebres que por aquí se reparten el pastel del velatorio y cuyos ingresos anuales rondan el millón de euros por empresa.
En el último viaje, que es una salida al otro mundo, dejamos también los últimos ahorros en una de las 1.400 funerarias que cobran una media “por servicio” –ocuparse del muerto y del ceremonial– de 2.500 euros. La vida hecha materia y esta mercancía, dejada ahí, varada en el olvido de las cenizas, que polvo serán, más polvo enamorado, aunque ya ni eso, porque ahora sería cenizas poliamorosas, y después las plañideras, los sobrinos y los deudos que no te olvidan, y que estampan sus lágrimas contra la cuenta corriente del difunto.
El Día de Todos los Santos se constata más que nunca la labor incansable e inmutable de la Muerte, esa que tanto espanto nos produce y de la que nadie habla, salvo si hace como genocidio, bastante lejos si es posible, y sale por el telediario. Entonces los muertos, que son los otros, se toleran mejor, entre las ruinas de las ciudades de Oriente Próximo porque han caído bajo el fuego de los señores de la guerra, de cuya labor pastoral y ecuménica –y económica– dan cuenta los grandes países por la paz en cada comité. Miramos la soledad de los muertos en el anuncio del invierno, pero en vida los hemos tratado mal, con el silencio de los cercanos o el desdén de los próximos, formas imprevistas del desamor cuando miramos las habitaciones polvorientas de los ancianos cansados o miramos hacia otro lado para no ver sus bocas tristes, la inutilidad de la enfermedad en un inesperado día de lucidez en que recuerdan un episodio de la guerra civil que nadie quiere escuchar. Hay mucha prisa, hay que hacer muchas cosas, hay que correr hacia nuestras interminables fosas, panteones y túmulos con la docilidad de los vivos en busca de los muertos que no quisimos escuchar.
Miramos el descenso al camposanto de los que se están yendo porque simbolizan el paso del tiempo, cuando nos reuniremos con ellos, el despertar de la conciencia que ha tomado ya aspecto huesudo y descarnado, con unos ojos entre asombrados, aterrorizados, deprimidos y egoístas. Luego, tras dos días o tres de búsqueda de nuestros fieles difuntos, nos volvemos a entregar a la agonía de las ciudades, donde los escaparates nos devuelven un nuevo reflejo de nuestros rostros: la culebra dormida que asoma por la calavera y nos recuerda que nada de esto permanecerá.