Cultura

Plegaria para pirómanos, de Eloy Tizón: el inefable misterio del cuento moderno

RESEÑA

José Manuel López Marañón | Miércoles 01 de noviembre de 2023

Dentro de las nuevas maneras de contar, de esas nuevas miradas, la narrativa breve actual experimenta una creatividad constante durante la cual algunos de sus elementos constitutivos, que muchos consideraban sacrosantos hasta hace poco, han sido directamente suprimidos del corazón del relato. Semejante fenómeno de renovación está en plena fase de ebullición y va a más. Nos dirigimos hacia un modelo de cuento mucho más desabrochado y libre de prejuicios, que no tiene vuelta atrás. Ya veremos qué ocurre. El tiempo dirá sí o no.


Cada nuevo libro de relatos de Eloy Tizón supone avanzar en la revisión conceptual de este género. Plegaria para pirómanos es otro gran paso adelante.


Como sucede en los mejores cuentos, estos que hoy reseño sumergen al lector, como en una ensoñación de límites imprecisos, en la experiencia del misterio. En ella reside un atributo principal de la modernidad incesante y la lectura de estas nueve piezas maestras de Plegaria para pirómanos renueva este gozo, casi inefable. No aplastar el misterio, dejar que el misterio respire, circule y se realice en el tejido mismo del cuento, es sin duda una proeza mayor de este experto en el arte del relato breve que es Eloy Tizón.


Los suyos no tienen un centro claro, ni una progresión causal bien definida, ni finales sorprendentes, sino que avanzan un poco sonámbulos a golpe de asociaciones imprevistas, malabarismos mentales y choques de imágenes. Los argumentos cerrados del relato clásico (que el ruso Antón Chéjov fue el primero en dinamitar) son sustituidos aquí por redes de estructuras divagatorias o por la caligrafía amotinada de los sueños.


Ganando en precisión, los cuentos de Plegaria para pirómanos son maquinarias exactas. Si comentar libros de relatos entraña dificultad, por la inevitable diferencia de coloración entre unos cuentos y otros, en el caso de Tizón esta dificultad disminuye, debido a la apabullante calidad, al virtuosismo técnico (a veces no exento de brutalidad) con que él siempre ejecuta su prosa.


La textura del tiempo, sus infinitos pliegues y espirales, las concatenaciones absurdas o emocionantes con que el destino gusta de entretenerse y divertirse a costa de los mortales, y que convierten cada minuto de existencia sobre la tierra, cada instante –este mismo instante– en un latido mágico, son prodigios que escasean hoy en una literatura tan solo preocupada en transmitir vertiginosamente la mayor cantidad de información. Este demiurgo madrileño, camuflado de autor, trasvasa a sus páginas, con generosidad rigurosa, los entresijos del tiempo y del destino para solaz de lectores con criterio.


«No, no es fácil escribir. Es duro como partir rocas. Pero saltan chispas y astillas como aceros pulidos». Clarice Lispector.


En «Grafía» Al aceptar el encargo de la editorial de una novelista de éxito, Erizo se compromete a recopilar información relativa a su vida y obra para magnificar así la repercusión de una serie con nueve entregas. Ignoto autor de un libro sin distribución, la vida de Erizo (literato a punto de verse en la calle por no pagar las rentas) cambia tras dar su sí a la editorial.


«El fango que suspira» refiere la anónima muerte de una vecina del guionista Erizo (ahora pergeña obras de fantasía épica por encargo de una productora). Símbolo de la vida deshumanizada, el escaso trato de esta anciana finada y la descripción de su domicilio son expuestos por un narrador que, combinando varias voces, radiografía el destemplado final que espera a quienes, por elección o necesidad, viven solos.


«Agudeza» cuenta como Erizo deshace el compromiso con una novia durante una cena. En paralelo, él mismo muestra la odisea de un amigo que sufre lo indecible durante el primer día que usa lentillas. Hasta dar con el domicilio del oculista, el trayecto del miope resulta de un surrealismo y humorismo arrebatadores.


«Dichosos los ojos» recopila escritores, pintores, estaciones climáticas, playas, accidentes de tráfico, catedrales, ciudades, incendios, animales, hospitales, tumbas, etcétera. Semejante heterodoxa miscelánea (que provoca emociones pero también intensa tristeza) ilustra cómo el universo es fecundo para el que disfruta / padece con esta vida, pareciese, carente de límites.


En «Mi vida entre caníbales» Cordelia, actriz aficionada, recuerda los ensayos de un grupo de alumnas en un sótano que las monjas pusieron a su disposición. Las alumnas-actrices discutían enconadamente para que todo saliera perfecto, pero la indisposición de una de ellas complica el estreno de la función teatral.


«Ni siquiera monstruos» es un nuevo capítulo en la autobiografía de Erizo. Convertido en periodista gráfico acepta ir a una república africana en guerra, donde retrata a un niño-soldado armado con un lanzallamas. Su fracaso familiar encuentra marco propicio en una devastada Detroit, donde el gobierno le regala una casa sin agua ni calefacción.


En «Anisópteros» la actriz Cordelia, ex novia de Erizo, informa de lo sucedido a este durante una expedición. Ingresada en un centro, Cordelia monologa con Magnes, quien, en diferentes fases, ha resultado ser: enfermero, esclavo, secuestrador, verdugo, cocinero, guardaespaldas, psicoanalista, carcelero, exmarido y hermano de Cordelia. Ella no soporta la figura de Magnes, convertido en propiciatorio fantasma de la incomunicación de esta pareja.

En «Cárpatos», bajo la apariencia de una prueba de supervivencia (o una eliminatoria laboral) con retos sobrehumanos, se narra otro itinerario de Erizo, comprometido a participar durante esa expedición que incluye atravesar puentes, minas, criptas, y que desemboca en una playa devastada. La ingesta de una droga quizá esté detrás de este pesadillesco itinerario... Y el abierto final con símbolos de muerte puede incluir el anunciado destino de Erizo…


«Confirmación del susurro» está escrito desde el monasterio donde Leonard Cohen entra voluntariamente. Enclaustrado en una celda con jergón redacta a Marianne una carta en la que refiere su monacal día a día. También cita el tiempo en la isla que cobijó su amor y pasa revista a su vida de songwriter, llena de alegrías, drogas, y actuaciones multitudinarias. Desde su celda Cohen se despide: «Gracias, gracias por la tristeza».


«El cuento es un desafío y una provocación y una ausencia. No un mausoleo, sino un tejido vivo, lubricado con esos detalles insignificantes y al mismo tiempo sagrados que impregnan tantas de sus ficciones. Es imprescindible saber dónde parar. El tiempo del relato es un tiempo conciso, cronometrado, denso. Tiene la duración del que intuye que tal vez la verdad no esté en las grandes formulaciones filosóficas, sino dentro de un costurero. El cuento es una vela que se apaga o dos miradas que se cruzan o un zapato sin cordones o incluso un limón exprimido a los pies de un muro». Eloy Tizón.


Nota: Este trabajo aporta alguna pista para, acompañados de Plegaria para pirómanos, tratar de entrar, y por la puerta grande, en el universo literario de Eloy Tizón, creador gigante, gloria viva de nuestras letras. Debo aclarar que las disquisiciones sobre el cuento moderno y sus temáticas –sin excepción–, así como las referencias a otros escritores y las citas, están extraídas del libro Herido leve. Treinta años de memoria lectora (Páginas de Espuma, 2019), magistral clase de literatura impartida por Tizón durante 650 páginas de aprovechamiento inacabable.

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