Maracaná y la final de la Copa Libertadores. Un binomio de simbolismo inmejorable -en cuanto al fútbol de clubes se refiere- que ejerció de marco para el duelo entre Boca Juniors y Fluminense de este sábado, por la gloria eterna. Los argentinos buscaban alzarse como el más exitoso del continente con su séptimo entorchado y los brasileños salivaban por su primer título, su primera vez en 121 años de existencia. Y por debajo, en un tercer peldaño de relevancia, el desarrollo y confrontación de decenas de intrahistorias que rellenaron un cuadro magnífico.
Llegaron a la orilla victoriosos los locales, que se jugaron todo en su estadio por casualidades del destino. Esta gesta llevará para siempre adherida los nombres de Germán Cano y de John Kennedy, goleador inaugural -y pichichi del torneo con 13 dianas- y anotador decisivo, respectivamente. Veterano de penúltimo vuelo y juvenil de potencial puntero. Ellos se llevaron los focos y los laureles, el brillo. Detrás, en segundo plano, el arquitecto: Fernando Diniz. El entrenador que lo ha apostado todo al 'joga bonito' y ha terminado como campeón de América y seleccionador de Brasil.
Sobresale en su propuesta la personalidad que ha imprimido a un vestuario gobernado por perros viejos (seis titulares tienen más 34 años, dos de ellos cumplen más 40) y nutrido por la energía de los noveles que empujan. Jugar sin ataduras posicionales, con libertad para tocar, regatear o buscar el espacio, moverse continuamente y disfrutar con valentía de la pelota son los matices de su estilo. Esa es la senda que le ha proporcionado la virtud de aprobar el examen que todos los demás habían suspendido en esta Libertadores. Nadie había batido a esta versión gris y industrial de Boca, a la que había que matar varias veces -llegaron a esta cita después de superar tres tandas de penaltis seguidas-.
Se remangaron los cariocas desde temprano y las cartas se destaparon a toda velocidad. El cuarto de hora inicial se cerró con estos datos: 80% de posesión local y un remate a portería por equipo, un testarazo de Cano a las manos de 'Chiquito' Romero -en una falta botada por Marcelo- y una contra fugaz y potente de Merentiel con intento a las manos de Fabio. Regalaron los pupilos de Jorge Almirón territorio e iniciativa sin despeinarse. Ese es su adn, mucho más ante la baja de Marcos Rojo -que se expulsó por una extraña inmadurez en las semifinales-. Y le había funcionado hasta este fin de semana.
Desde temprano quedó claro que el árbitro no iba a sumar al ambientazo de una final -taponó el grifo de las tarjetas amarillas hasta el minuto 60 y a partir de ahí se desbordó- en la que los detalles marcarían el resultado. No había un flujo fluido de llegadas, sobre todo por la efectividad de un cierre argentino en el que se llegaban a agolpar siete jugadores para achicar en su tercio de la cancha. El plan pasaba por hacerse fuerte atrás y rascar alguna transición. Pero echaron en falta Valentín Barco y Edinson Cavani en esa labor.
Ninguno de los dos respondió a las expectativas, a pesar de enfrentarse a duelos frente a zagueros no demasiado consistentes. La perla zurda se midió al lateral Samuel Xabier, un carrilero eminentemente atacante; y el goleador uruguayo se midió a Felipe Melo (40 años, lejos de su plenitud física). Llegó el charrúa a La Bombonera para ganar este partido y se marchó de vacío, intrascendente como su etapa en el barrio de La Boca. No fueron los únicos astros apagados, también afectó este mal a Paulo Henrique Ganso, el elegante mediapunta que ganó la Libertadores como faro del Santos de Neymar -hace 12 años- y padeció un cansancio explícito en esta fecha, a sus 33 años.
Las riendas del encuentro, por tanto, recayeron en secundarios como André. El mediocentro demostró por qué el Liverpool suspira por contar con él como relevo de Fabinho. Con la astucia táctica de un destructor reputado y la claridad para engrasar cualquier ofensiva, no dudó en asumir la salida de pelota de su equipo a sus 21 años. Rindió fenomenal al lado de Guillerme, la argucia de Diniz para equilibrar al ramillete de creativos y flechas que dispuso. En la otra trinchera destacó Luis Advíncula. El portentoso peruano sí ha respondido a su vitola y lideró a los suyos desde el carril diestro. Su baile con el regateador Keno acaparó las miradas.
Se cruzó la media hora sin nada que llevarse al paladar, más allá de un centro de Marcelo y el testarazo desviado del capitán 'Nino' desde el punto de penalti -también a balón parado, minuto 35-. Y cuando la inercia parecía desembocar irremediablemente en el intermedio surgió la chispa. Despertó el valioso Jhon Arias ante el débil Fabra para dibujar una pared fulgurante que colocó a Sanuel Xabier en franquía para centrar atrás para el gol de Germán Cano. El rematador argentino, capaz de chutar de cualquier manera -cómodo, en torsión, en postura ilógica o desafiando a las leyes de la Física-, conectó un trueno raso que sorprendió a Romero para el 0-1 -minuto 36-. Su tanto 37º del curso. Este es su año, sin duda. Explosión tardía -35 años- pero resplandeciente.
Almirón y sus muchachos llegaron al camarín en desventaja pero sin preocupación. Habían pisado muchas veces en los últimos meses ese escenario. Se comprometieron a cambiar el compás en la reanudación y lo consiguieron, incidiendo en ese colmillo de campeón que parecería caer desde la tradición hasta el césped. Con más intensidad, recordaron al personal que entre sus virtudes emerge la presión elevada coordinada. Una de las sendas hacia la victoria pasaba por ahogar al correr combinativo del 'Flu' y por esta vía se adueñaron de la dinámica.
Poco a poco el conjunto carioca fue desposeído de su tesoro esférico, desnaturalizado, y le tocó cerrar y contragolpear. Su aspecto menos natural. Comenzó la lluvia de centros laterales hacia el área protegida por Felipe Melo y por 'Nino'. Ambos llegaron tocados y el cazador 'expulsado' de Europa por su dureza acabo dejando su lugar a Marlon -minuto 51-. Sin el jefe de la manada se tuvieron que afanar hasta los pintores de brocha fina en el achique, si bien Boca padeció para encontrar a Cristian Medina y dividir por dentro. Centros y más centros cayeron, al tiempo que Keno y André avisaban en sendas contras detenidas por Romero -minutos 55 y 70-.
Volcado por completo, el 'Xeneize' transitaba por la impotencia con chuts lejanos y centrados hasta que Advíncula reclamó su lugar. Recibió como carrilero, encaró a Marcelo en diagonal y amenazó estrellando un zurdazo al lateral de la red antes de hacer diana -minuto 56-. En el minuto 73 repitió la maniobra y descerrajó un latigazo angulado, desde el pico del área, que se coló pegado al palo más alejado para el empate. Firmó el ex del Rayo Vallecano un gol de bandera que le erigió en el máximo goleador de su club en este torneo. El lateral derecho. Estadística ésta descriptiva a todas luces.
Diniz agitó su libreto y metió más riesgo al sentar a Ganso y colocar al prometedor delantero John Kennedy al lado de Cano. Había que darlo todo en pos de la historia, sin miedo a quedar desnudo en el intento, aunque no hubo hueco ya para más goles antes de la prórroga. Un par de disparos desde media distancia del propio Kennedy y de Merentiel -rozando la madera, el del uruguayo- teloneraron a la primera bola de partido, previa al tiempo extra. En el minuto 94 André ofreció a Diogo Barbosa un mano a mano angulado con el portero de Boca, pero el talentoso suplente cruzó demasiado su zurdazo.
Restaban ya sólo los 30 últimos minutos de la final, la prolongación definitiva. Y ahí salió a flote la paleta del 'Flu'. Durante el tramo más volcánico de la presión argentina habían sabido bailar con temple para recuperar la posesión y bajar las pulsaciones, y en este punto afianzaron el guión. Con la tensión por las nubes y la barrera de lo nunca vivido sobre los hombros. Se pusieron a jugar como si no mordieran las emboscadas de Boca, sin espacios, y en el 99 pintaron el éxtasis entre Barbosa y Keno -jugada aérea de fantasía- para la volea atronadora de Kennedy que estalló en las mallas de Romero. Un golazo para un fenómeno de 21 años que debutó en la Libertadores con cuatro goles y cuatro asistencias. Y que cuando volvió de su celebración se descubrió expulsado -por una incomprensible doble amarilla-, cosas de la Conmebol; al igual que Fabra, roja directa por abofetear a Nino.
Así, y con un vuelo de Fabio y un punterazo de Guga al poste, se extinguió una final colosal que no pudo romper la primacía añeja de Independiente y que mantiene el pleno de Brasil en este lustro -después de los dobletes de Palmerias y Flamengo-. Le salió cruz a Almiron, que pasó de optar a la leyenda a ver peligrar su puesto, con cuatro triunfos en los últimos 21 partidos con unos 'Xeneizes' que repitieron lo sufrido en el Bernabéu ante River en 2018. En la otra banda, Marcelo se despidió llorando en el banquillo por hhaber logrado el cielo con el equipo en el que empezó su carrera. Cinco Ligas de Campeones y una Libertadores, casi nada.