La decisión de cambiar una política de Estado como la cuestión sobre el Sahara fue tomada por Sánchez sin contar con el Parlamento y ni siquiera con la oposición. No dialogó con nadie para decidir ese cambio. Durante la sesión de investidura, de imposible aritmética, Feijóo pronunció su discurso, Sánchez tampoco quiso dialogar con el ganador de las elecciones, encargando a un monosabio esa misión de solemne raigambre constitucional, que quedó reducida por el encargado a una conversación de ambiente tabernario. Cuando el presidente de la Generalitat acudió al Senado a defender la amnistía, Sánchez decidió no comparecer y, por tanto, no dialogar con el dirigente catalán. Estas decisiones alejan a su autor del diálogo, una palabra que el socialista siempre ha empleado como talismán, pero que en él resulta ser una farsa más de las muchas que este personaje lleva encadenadas.
Ahora Sánchez pretende engañarnos otra vez consultando a los militantes del PSOE, un partido secuestrado por el autoritarismo de la Secretaría general. Pero ¿qué le van a decir los militantes sobre la amnistía? Es como si Hitler consultase a sus camisas pardas si Alemania ocupa o no la Renania, Austria, los Sudetes o la Ciudad Libre de Danzig. Eso sí, luego el Fuhrer se desgañitaba en sus discursos proclamando que Alemania quiere la paz, que Alemania no desea la guerra y que él es partidario del diálogo, para que los corresponsales acreditados en Berlín redactaran sus crónicas reflejando el deseo de paz y de diálogo de Hitler. Pero a Hitler ya no le creía casi nadie. Solo los suyos y algún despistado.