Opinión

Izquierda y la derecha unidas…

TRIBUNA

Roberto Alifano | Domingo 05 de noviembre de 2023

La incertidumbre es una de las sensaciones más presentes e inquietantes de nuestro tiempo. Habitamos un mundo que cada día se muestra con una máscara distinta y genera una labilidad emocional, que al estar expuesta a hechos insólitos, nos lleva a vivir en una montaña rusa de contradicciones. Probablemente, más de uno de nosotros hemos experimentado temor ante el futuro inmediato o de mediano plazo, ampliado ahora por el uso indiscriminado de la información difundida en los medios televisivos y en las redes sociales; lo cual, si se vuelve excesivo y no se logra manejar, puede llegar a dominarnos y hasta obstaculizar nuestro desarrollo personal. ¿En cuanto a la esperanza, extensiva al mundo, tenemos aún algún derecho a ella en tiempos de guerra o, como razonaba la poeta mejicana Sor Juana Inés de la Cruz, “el futuro es solamente para Dios”.

Hacia fines de la década de 1980, en la Primera Cumbre de Ginebra, Mijaíl Gorbachov y Ronald Reagan iniciaron las negociaciones para poner terminó a la escalofriante “Guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética”. Cayó el Muro de Berlín, renació Rusia y a partir de allí, ampliando una tregua, los norteamericanos decidieron desmontar las dictaduras que en nuestra región ellos mismos fomentaron. Consecuentemente, las guerrillas se esfumaron de nuestra región y casi todos los países del mundo adoptaron las economías de mercado ante el fracaso de las románticas transacciones centralmente planificadas desde el socialismo.

A varias décadas de esa decisión, los paradigmas de la Unión Soviética y de Cuba en nuestra región, naufragaron en una olla de presión. Las románticas revoluciones marxistas vía “lucha de clases” fueron asuntos del pasado. Algunos políticos, con ideas de izquierda, se inclinaron luego por las fórmulas económicas desarrolladas en países capitalistas y se llegó a una suerte de socialismo con representatividad europea, que son menos una actitud de revolucionaria que una forma de progresismo populista. En algunos casos, como el de la Argentina, las alianzas partidistas montadas en la tecnología pulverizaron las intenciones de revueltas sociales; en otros casos, se escudaron en los inofensivos idealismo de decadentes caudillos que aún en estos tiempos pretenden gobernar, operando con picardía -y a veces sin escrúpulos- al margen de un mundo que ya casi no respeta la ética social y se escuda en ideas, generadoras de confusión, expuestas a las consignas de gobiernos tan reaccionarios, como los de Medio Oriente, que bajo el terrorismo, someten a sus pueblos.

En tanto Cuba siguen adelante ya casi sin aprobación popular y cada vez más deshilvanada. Venezuela, asfixiada, busca negociar con la potencia del Norte y Ecuador y sus recientes elecciones significaron un revés, tal vez definitivo, para un sector beneficiado por esas agrupaciones políticas. ¿Qué significa esto? Simplemente que ya no hay experimentos revolucionarios de izquierda, como tampoco de derecha, que ilusionen con transformaciones rotundas. Y -oh paradoja-, las únicas movilizaciones populares del siglo XXI han traído cambios adversos para sus pueblos y se aproximan más al chavismo de Maduro o la Nicaragua de Daniel Ortega, cuyos logros son el apriete y la expulsión de una buena parte de sus habitantes. Cuba, en tanto, cada día se deteriora más sin encontrar solución a una crisis montada bajo el obsoleto régimen comunista, y desolada se sostiene mediante una fuerte presencia policial.

Es así como las izquierdas arcaicas de nuestra América se encuentran cada vez con menos seguidores, defendiendo con escasos argumentos las decadentes dictaduras del Caribe y con un campo de expansión cada vez más limitado, alineados ahora bajo el “Grupo de Puebla”, un foro político y académico integrado por representantes de una falsa izquierda, fundado en 2019, con la presencia de deslucidos representantes, como el hibrido presidente Alberto Fernández​, que ya no representa nadie y el hábil negociador Lula Da Silva, que hacen señales de solidaridad a la impresentable Venezuela de Maduro. Sin embargo, a decir verdad, aún con pocos dedos de sentido común la mayoría de esos congresales no creen que esté mejor un país cuyos exiliados en las capitales vecinas mendigan ante en los semáforos. Esos emigrantes perseguidos, son en su mayoría personas educadas, no contaminadas por ideologías y cuyo delito es rechazar a un jerarca que habla con pajaritos y afirma que Jesús fue un palestino crucificado, nada más ni nada menos, que por conquistadores españoles.

En un sendero parecido, pero con sentido más espiritual, los sacerdotes combativos del campo social, que responden al Papa y predican en las villas y barrios populares, siguen proponiendo una teología disciplinada que, en casos como el argentino es reemplazada por vetustos manuales de activismo peronista y han dejado en paz a algunos mártires que descansan en el olvido. Como émulos de Savonarola, solo pueden anunciar ante los pobres, una catástrofe bíblica como la de Sodoma.

Para ser sinceros y acaso piadosos, salvo contados países, todo se aplebeya; en algunos casos de manera humillante. Las izquierdas han fracasado y junto a la derecha, se muestran obsoletas. Otro simple recorrido continental deja ver que en Colombia, envuelto en la corrupción, agoniza el gobierno de Petro y no se percibe que esa corriente ideológica tenga retorno. México, con un López Obrador obligado a negociar hasta el desayuno y con gente pobre que escala muros para buscar comida, navega en dos aguas inconciliables; en Bolivia, el empecinado Evo Morales, flotando en el aire, se empeña en volver para derrotar a sus traidores compañeros de correrías, con nada o escaso apoyo. Brasil, ha caído en la modesta altanería de un ubicuo Gobierno que lleva adelante una prolija política, dando pasitos de bebe para no disgustar ni pisotear a sus resignados opositores y, menos aún, a los Estados Unidos. La izquierda de Chile, en su saludable, correspondiente alternancia, ha dejado solo a Boric, con apenas un veinte por ciento de aprobación y ante una crisis contundente, que lo tiene contra las cuerdas en la Reforma Constitucional. En Ecuador, como ya señalamos, Correa se desmoronó y perdió ante un político novato, aunque bien intencionado, y en la Argentina, la candidata a presidente de la izquierda, Miriam Bregman, alcanzó un melancólico 3 por ciento de votos. Esto hace que una mayoría de desinformados complacientes vean en Cristina Kirchner, su vástago Máximo y los elocuentes muchachos de La Cámpora, con Sergio Massa como candidato a presidente -a punto de serlo- haga equilibrio en una baldosa floja, enfrentado con un candidato entusiastamente elocuente.

Todo es una muestra de que la agonizante izquierda y el maltrecho progresismo tendrán que inventar algo distinto si quiere sobrevivir en estos tiempos de avanzada tecnología donde las industrias se valen de otros medios para producir y publicitar sus productos. Los ritos y las ideas que despertaban entusiasmo en nuestros pasados años juveniles, se han esfumado, caídos en desuso y se evaporan en una tormenta de humo. Hoy no encuentran brújula posible para orientarse. La oposición capital y trabajo, burgueses y proletarios, que enseñó el marxismo, ya no es la misma; tampoco la que otrora aplicaron los pragmáticos de la doctrina, llámense Lenin o Mao, Troski o Stalin; Allende o Fidel Castro. Para bien o para mal las cosas chocan contra una realidad distinta: todo cabalga sobre la tecnología y la gente se entretiene con las redes sociales sin salir a la calle. La revuelta de estos tiempos son movimientos pluralistas que ya ni se propone la creación de una sociedad nueva y universal, sin clases sociales; tan solo intenta sobrevivir y salvar la ropa bajo el lema “sálvese quién puede”. Las formas políticas que adoptan los gobiernos no son fines en sí mismos sino medios para sobrevivir a la evolución histórica; por consiguiente, no son un modelo universal aplicable a cualquier país. La palabra revolución como cambio estructural y definitivo pertenece a una época que idealizó al mundo como un proceso sin fin. Y ahora, penosamente, llegó a su fin.

Sin embargo, lo más alarmante es que un progresismo populista, enmascarado en una izquierda obsoleta, intenta hacer equilibrio en la vereda de enfrente ante un liberalismo con motosierra, que, en muchos aspectos extraña las dictaduras uniformadas que imponían con el terror de las armas un límite de espanto. Nada tiene vigencia y la apolillada política, amenaza con extenderse a través de propuestas demagógicas, que también ya mostraron su flanco podrido. En la Argentina, verbigracia, no hay salida posible. El costo del Estado, con un déficit fiscal incontrolable, supera todo lo imaginado, la pobreza creció hasta más de un 40 por ciento y los subsidios abarcan demasiados sectores; tanto, que la emisión de dinero sin valor cada día socorre menos bolsillos; la inflación, es por tanto, imparable y el Ministro de Economía, candidato a Presidente, ni reglando dinero a mansalva se evade de un nocaut anunciado a pesar de que gane en la urnas.

Enfrente, un arrebatado candidato libertario de ultra derecha, se ilusiona, acompañado por los popes de la desarmada coalición Juntos por el Cambio en investirse presidente. Es lo único que queda. Mirando en derredor está el desierto de los Tártaros.

Mi amigo, el bien recordado y admirado poeta chileno Nicanor Parra, marmorizó una certera frase en sus Artefactos: “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”, muy aplicable al momento político que se vive en esta decadente argentina, donde lo único que pretende la dirigencia es mantener privilegios a través de una complicidad insostenible que tarde o temprano tendrá que rendir cuentas.