Cultura

Ritual de la inocencia, de José Luis Puerto: para ser y estar en el mundo

LIBROS

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 09 de noviembre de 2023

Reconforta abandonarse a ciertas lecturas, capaces de detener el tiempo y el espacio. Formas de escritura poéticas que parecían perdidas pero cuyo olvido es imposible, pues pertenecen a la universalidad del canto. Porque, no lo olvidemos, en el principio fue la poesía como una forma más de musicalidad. Por algo la lírica es un género que acompaña a quien entona notas —en forma de letras o de motas sobre un pentagrama—, quien se vale de las armonías celestes para erigirse en sus transmisoras o canalizadoras, manifestando así su presencia terrenal aunque etérea.

Una de esas lecturas felices es Ritual de la inocencia, de José Luis Puerto (Reino de Cordelia, 2023). Los poemas allí contenidos buscan ser el ramaje con el que el individuo pretende aferrarse a lo esencial por inmutable, huyendo de tanta incertidumbre que es, por su naturaleza, engañosa y transitoria. Puerto se convierte en jardinero del espíritu, encargándose de cuidar y hacer florecer lo que nos compone como individuos y nos liga al mundo y al cosmos, mistérico milagro. De este modo, canta a lo pequeño y a lo grande como parte de una misma cosa, igualándolos en importancia. Porque a veces lo diminuto se transforma en inmenso y viceversa —lo apreciamos en el poema Rumor de hablas: “El escalón más bajo / Del mundo, los que sufren, / El humus que más quiero”—. De un frágil pájaro —en Muerte del petirrojo: “¿Y qué celebraremos / Ante tanta inocencia arrebatada / Precisamente hoy, / Ante el temblor ahogado para siempre, / Ay, de este petirrojo?”— a una flor seca —en Cardo, “Es la belleza de la sequedad, / Aquella que carece de prestigio”—, todo contribuye a ese ritual en búsqueda de lo puro, que nos humaniza y diviniza al mismo tiempo, porque somos parte del misterio de la vida.

En el prólogo y epílogo de la obra, Puerto toma a dos autores de referencia como sostén de su propuesta: en el primer texto —denominado como el libroserá Claudio Rodriguez, de quien recordará que la labor del poeta es “un hondo oficio de inocencia”. Una tarea ahora más que nunca en peligro, debido a este mundo “tan materialista y pragmático”. Como vemos, será Rodriguez quien inspire a Puerto el título de su obra ante tal afirmación. Éste, se refiere a la creación poética como un “ritual que hemos de proteger, si queremos que la poesía siga existiendo y esté impregnada de esa sacralidad que le pertenece, para poder seguir siendo palabra iluminadora y humanizadora, esa palabra intensa que nos salve”. Contiene la tarea del poeta, por tanto, una gran trascendencia y responsabilidad. Es la voz que nos despierta o reconcilia con aquella parte de nosotros que nos da sentido, por cuanto formamos parte de un todo que está dentro y fuera de nosotros y debemos proteger y construir, nunca atacar ni destruir. En el segundo texto, Puerto remitirá a la poeta judía Nelly Sachs, la cual pide que “poetizar” sea “un viaje a la transparencia”. Como vemos, uno y otro referentes aluden a lo mismo con distintas palabras: la esencia poética como acto limpio, desprovisto de impurezas que puedan contaminar el origen del que provenimos y del que somos parte: la Naturaleza. En esa tarea, Puerto retoma el ejemplo de Sachs a través de uno de sus poemas para referirse a la escritura como búsqueda y “oración” con que recomponer “las sílabas mutiladas”.

Es la palabra sujeto y objeto de buena parte de los poemas del libro, por cuanto resultan necesarias en el escritor para transmitir sus ideas y, a la vez, encontrar la forma de rastrear la tradición y misterio de la vida. Algo que tantos autores han buscado incesantemente a lo largo de la Historia. En el poema La vida de las lenguas queda meridianamente claro: “La palabra florece / En sílabas dichosas / Que proceden del mundo del origen”. Igual en Escrituras antiguas: “Trazos de los enigmas y los sueños. / Los pulsos de la sangre / Expresados en líneas”. Pero no sólo la grafía ideada por el individuo guarda memoria de nuestro origen remoto, sino también otros signos grabados sobre soporte, representando las imágenes del mundo. En Estela vadiniense se dice así: “Un sueño de caballos y de bosques / Vive aquí en esta piedra. / ¿Quién la grabó? De dónde / Proceden los impulsos / Que tallaron figuras y palabras / Para aplacar el triunfo de la muerte?”. También está en la música, como en Zarabanda: “Su música reside / En esa resonancia / Del que corazón que late y que golpea / Los tambores del mundo”. O en las construcciones —lo leemos en Torre de catedral: “En su silencio guarda / Algún secreto que nos pertenece”—. En Alma antigua, el principio perdido puede estar a su vez en la propia persona que, desde la madurez, se pregunta por su otro yo de la infancia : “¿Dónde está mi alma antigua, / La de los días niños / Del primer paraíso que viviera?”. En ocasiones y de forma simbólica, se atribuyen a los animales las capacidades humanas, erigiéndose portadores de esa parte luminosa del mundo. Así, en Caligrafías de los pájaros, se afirma: “Caligrafías de los pájaros. / Escrituras de luz. / En las hojas del cielo / Se escribe lo que importa, / Esa historia de todos / Que ocurre aquí en la tierra / Y que habla del abrazo / De la fraternidad, / De vínculos, de un vuelo compartido / En el que todos nos salvamos”.

Resulta muy difícil conseguir un nivel de escritura que permita transmitir con suma claridad conceptos tan complejos como los que en estas páginas se abordan. Puerto hace fácil lo difícil, logrando que el lector penetre en sus poemas de la forma más accesible y diáfana, haciéndole comprender asuntos que tocan incluso aquello que parece estarnos vedado como individuos, limitados por nuestra naturaleza material y mortal y en nuestra obsesión por racionalizarlo todo, buscando encontrar una explicación a lo que difícilmente lo tiene —en Formamos parte: “Lo que late en el cosmos, lo que alienta, / Es lo más misterioso, / Lo que no comprendemos”—. Por ejemplo, la idea de Dios, como En las manos: “Pese a que no sepamos / Ni dónde está ni quién / Pueda ser siquiera / Ni si acaso si existe”. La poesía, a diferencia de la ciencia, escapa con su carácter telúrico de lo que generalmente se torna frío y aséptico. A pesar de ello, el poeta no reniega de utilizar su bisturí, aquel con el que analiza filosóficamente las cosas, pues el espíritu del poeta y del científico beben de la misma fuente originaria: el anhelo, la necesidad de comprender lo que les rodea y de ser uno con él.

En ese acto de querer conocer y comprender debe evitarse toda arrogancia o descreimiento hacia lo que no se puede palpar, pues con dicha actitud se reniega de una parte básica del mundo que también aporta y enriquece. La felicidad reside en ese reconocimiento de nuestra insignificancia como tesela de ese gran mosaico. Para lograr la felicidad hay que asumir la humildad de nuestra pequeñez, como Puerto reivindica. Conformarse con lo que diariamente el mundo nos da: “Nada te pertenece, / pero no te preocupes, Que nada necesitas, / Solamente latir y respirar / Y sentir lo creado / Resonar en tu alma”. Así hacen aquellos animales en los que el ser humano apenas repara, pero cuya mirada puede hacernos más sabios. Lo podemos comprobar en el poema Llegan Abejarucos: “Se les oye entonar / La canción de la luz / Que se expande dichosa por los cielos. / Llega la melodía / Pura de la memoria, / Las cítaras inaudibles / Para el que no acostumbra a estar atento”. También en Pardales, donde el autor equipará a estos pájaros con los humanos: “No necesitan más. / Tan al contrario que nosotros, Insaciables, voraces, / Insatisfechos, ay, con todo / De lo que disponemos… / Por eso carecemos de ese júbilo / Que poseen sin más / Quienes de la intemperie, / Sin más preocupación, hacen morada.” La naturaleza inmóvil y silenciosa también habla, aporta su aprendizaje, como en Contemplación desde Numancia: “Este espacio ordenado, / Expresión de la vida, / Al amparo del curso de la luz, / Se vuelve metafísico, / Pues algo vibra en él / Que llega a la mirada que contempla / Para volverla cómplice / De tanta creación iluminada”. Igualmente en Aura de lejanías: “La melodía de los Montes / Guarda silencio, calla, / Su música es secreta, / Solo para quien sabe, / Solo para quien vive en el silencio”. Incluso el fluir de los ríos, cuyas aguas en su recorrido desembocarán en un final como nuestras vidas, siguiéndose el juego metafórico ideado por Jorge Manrique.

Es este Ritual de la inocencia un homenaje y manual para aprender a ser y a estar en el mundo. Solo se precisa saber escucharlo y atender a sus notas de atención. Un modo de ver las cosas que, de ser equivocado, puede empujar al final de un mundo demasiado preciado. Porque, para valorar y apreciar las cosas, hay que empezar por saber vivir. Hagamos caso, pues, a los versos que encierra el poema Ardamos, respiremos: “Se nos regala un tiempo, / Este, / No hay otro más para nosotros. / ¿Y lo malgastaremos?”.