Toda la clase política sabía que el pacto entre el PSOE y Junts se produciría porque Pedro Sánchez haría cuantas concesiones fueran necesarias para asegurarse los 7 escaños del prófugo golpista Carlos Puigdemont, imprescindibles para que la investidura saliera adelante. A nadie ha sorprendido el resultado de las negociaciones. Estaba cantado. Con tal de seguir sentado en su poltrona monclovita, Pedro Sánchez se mostraba dispuesto a todo: a herir la decencia de España con los secesionistas catalanes, a plegarse ante el PNV, a entenderse con los proetarras de Bildu. El hecho de que Junts y el PNV sean partidos claramente a la derecha, no le ha impedido asegurar cínicamente que él encarna un Gobierno “progresista”.
La semana que viene, según declaraciones de destacados dirigentes socialistas, se producirá la investidura y el Rey Felipe VI encargará la formación de Gobierno a Pedro Sánchez. El nuevo presidente deberá enfrentarse, para aprobar las leyes en el Congreso de los Diputados, con el riesgo de traición en el que es adalid Yolanda Díaz Iscariote; deberá entenderse con los 15 partidos de Sumar, entre ellos Podemos y el Partido Comunista; con los secesionistas catalanes de derechas -Junts- y de izquierdas -ERC-; y con los independentistas vascos de derechas -PNV- y de izquierdas -los proetarras de Bildu-. Menuda papeleta. Gobernar por decreto tiene sus límites y Pedro Sánchez se verá cuestionado, porque no parece fácil contentar a la vez a todos sus socios parlamentarios; salvo que se margine la Constitución y se gobierne dictatorialmente, que es lo que algunos avezados analistas presumen que ocurrirá.
La Transición, en fin, el espíritu de la Transición, el de la concordia y la conciliación entre los españoles, ha concluido. Volvemos a las dos Españas y no son pocos lo que temen que serán las dos Españas a garrotazos como las del cuadro célebre de Goya.