Opinión

El Sup Marcos y otro adiós a las armas

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Carlos Ramírez | Jueves 09 de noviembre de 2023

La irrupción, en enero de 1994, de un grupo guerrillero en la zona sur chiapaneca de México cimbró la precaria estabilidad del régimen del PRI y dejó entrever el fin del mito de la inmoribilidad –valga el neologismo-- del sistema político mexicano. El último alzamiento militar en México había ocurrido en 1929 con la rebelión del general José González Escobar, aunque por con poca duración por el poder de respuesta del Estado. Luego se dieron protestas masivas en las calles, represiones gubernamentales y tensiones en el poder, pero el PRI mantuvo la presidencia hasta el 2000, logró un fugaz regreso en 2012-2018 y como régimen prevalece en el gobierno del presidente López Obrador, un político cincelado en el PRI.

En la madrugada del 1 de enero de 1994, el EZLN como grupo guerrillero armado se lanzó a las calles a tomar municipios en Chiapas, la frontera sur de México con Centroamérica, y anunció el inicio de una revolución armada que marcharía hasta la capital de la República para destituir al presidente Carlos Salinas de Gortari y convocar a un nuevo proceso político. A pesar de la estridencia retórica, el grupo alzado avanzó unos cuántos kilómetros y no llegó siquiera a la capital del Estado porque fue contenido, a sangre y fuego, por el Ejército constitucional.

Esta larga introducción quiere llegar a un punto muy concreto: el EZLN logró apoyo popular para existir, aunque a condición de bajar las armas y mantenerse como grupo político; propuso una reforma constitucional para reconocer los derechos indígenas, pero no logró el consenso de los partidos y le rechazaron su caracterización de nación indígena; luego tomó el control de varios municipios y los decretó como autónomos de la estructura del régimen constitucional, todo ello sin que el Estado usará su fuerza legal y armada para aplastar el movimiento.

A finales de octubre, hace unos días, el EZLN comenzó una nueva batalla de comunicados para decir, en síntesis, que pasaría a otro tipo de organización política y anunció la disolución de los municipios autónomos y el regreso territorial al Estado constitucional. El legendario líder guerrillero Marcos ya se había autosuicidado --otra licencia retórica en modo de neologismo-- y dio a conocer su resurrección como subcomandante Galeano. Ahora, el mismo Marcos-Galeano --con la edad a cuestas, pasado de peso y muy alejado de la realidad del debate-- se presenta como capitán Marcos, suponiendo que el grado de capitán es menor al que ostentaba como subcomandante.

La guerrilla de Marcos fue un enorme ejercicio de política retórica, basada en comunicados que lo mismo amenazaban con pasar otra vez a la fase de guerrillera armada, aunque luego mezclados con diálogos con algunos bichos del campo y todos ellos con el lenguaje indirecto de la poesía.

Luego de negociaciones con el Gobierno de Salinas de Gortari que desactivaron las armas y después de acuerdo con el Gobierno de Ernesto Zedillo, Marcos aprovechó la alternancia partidista en la presidencia de la República con la victoria del conservador PAN y la derrota del PRI y en 2001 viajó sin armas de la frontera chiapaneca a la capital de la República para impulsar en el Congreso los acuerdos de reconocimiento de derechos indígenas e impulsar la noción de naciones indígenas, un viaje, de manera paradójica, cuidado por los cuerpos de seguridad que habían sido impugnados y desprestigiados por el líder guerrillero.

El Congreso mexicano aprobó todos los derechos indígenas, pero se negó a reconocer a las comunidades originarias como naciones, y Marcos regresó derrotado a Chiapas y se perdió en la selva a lo largo de 22 años, aunque mandando de vez en cuando algún comunicado de divertimento por su construcción parabólica de reminiscencias religiosas. Poco efecto tuvo cuando informó del fallecimiento simbólico de Marcos y el nacimiento en el imaginario colectivo de él mismo como subcomandante Galeano. El año pasado envió caravanas de indígenas a recorrer el mundo para que dieran el conocer la palabra zapatista, pero ya sin la resonancia mediática que durante cinco años mantuvo en vilo al gobierno mexicano obligándolo a negociar con un guerrillero que platicaba con un escarabajo al que bautizó como Durito y en las aventuras entre los dos se permitía por ahí soltar de vez en cuando alguna opinión política de alguna amenaza.

Marcos sorprendió al mundo y causó muchos efectos en Europa por el apoyo de grupos radicales italianos, pero también se colocó en el ambiente cultural de España por los textos y luego el libro del escritor Manuel Vázquez Montalbán, pero también sin penetrar en la lucha política e ideológica en la península.

La semana pasada murió simbólicamente el subcomandante Galeano y de sus cenizas surgió el capitán Marcos, suponiendo el grado de capitán inferior al de su comandante y con algún mensaje que pueda significar el hecho de rescatar el imaginario colectivo que encerró durante muchos años el nombre de Marcos.

La guerrilla formal de Marcos duró de enero a marzo de 1994, y antes del asesinato del candidato presidencial priista Luis Donaldo Colosio había aceptado firmar la paz con el enviado especial del presidente Salinas, el politólogo y funcionario Manuel Camacho Solís, con quien se reunió varias semanas en la Catedral católica de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas.

México cambió en exceso en estos treinta años: el país se hundió el desprestigio con Zedillo, en el 2000 ganó el PAN la presidencia de la República y la mantuvo hasta el 2012, luego regresó de manera fugaz el PRI con Enrique Peña Nieto --hoy exiliado en España-- y López Obrador ganó la presidencia en su tercer intento. La sociedad mexicana prácticamente se olvidó de Marcos y del EZLN, y este grupo guerrillero en realidad perdió el rumbo político y abandonó la agenda nacional, conformándose sólo con varios municipios declarados en autonomía administrativa --no judicial--.

Ahora Marcos, degradado a capitán, viene de regreso y dice que pronto dará a conocer una nueva jornada de lucha, pero con el país en realidad metido en el debate electoral entre el modelo progresista-populista de López Obrador y la inverosímil alianza del PRI con su adversario histórico, ideológico y religioso, el PAN, y los despojos de un PRD sin ninguna presencia comunista, socialista, cardenista o lopezobradorista, los tres en Santa alianza para más o menos darle batalla electoral al aparato político de López Obrador en las elecciones presidenciales de junio de 2024.

El regreso de Marcos --uno de los tantos retornos-- apenas se registró en algunos medios, pero no generó debate político o preocupación social.

indicadorpolitico.mx

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