Opinión

Ecos del huracán Otis

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 09 de noviembre de 2023

Contar y no acabar. Quince días después del huracán Otis de categoría 5 –destruyendo Acapulco de punta a punta, cargándose en 4 horas de titánica furia a 80 años de política turística del punto pionero en ese rubro, como lo fue el afamado puerto– la narrativa opositora rijosa y mal informada –porque así quiere serlo– contrasta con las acciones rotundas y documentadas del Estado y de la sociedad en su conjunto apoyando al siniestrado lugar. Se pergeña, sí, la triste realidad y el nada prometedor futuro inmediato y mediato de la afectada localidad y su región, agredida por ese “monstruo de la naturaleza” descrito así por un desdichado lanchero sobreviviente, cuan distinto de los muertos desaparecidos tragados por el océano embravecido y cuyos cuerpos no se hallan.

Desde luego, que no ha sido nada sencillo afrontarlo, debiendo considerar: a) que la tormenta tropical que anticipaba huracán de categoría 1, en 9 horas lo era ya de 5. B) que los informes no anticiparon con más tino que se redireccionaría hacia el puerto y era para su gente una quimera evacuarlo son destino cierto. C) el fenómeno atmosférico golpeó fatal a todos los estamentos sociales, barrió parejo de arriba a abajo y de abajo a arriba con el patrimonio de todos los niveles. Ni el rico ni el pobre se salvaron. Quién más, quién más aún, lo ha perdido todo o lo suficiente como para saber que toda reparación será costosísima frente a la devastación sufrida y que todos tendrán que poner recursos, no solo el gobierno como algunos esperan o insinúan. Y d) la magnitud del desastre fue tal que toda ayuda resulta insuficiente y muy dificultosos su arribo y distribución para una urbe portuaria de un millón de almas incomunicada por su infraestructura desecha.

Lógico fue que ante el estupor, la postración que va de la mano del coraje, el azoro y la terrible sorpresa después de semejante porrazo propinado a Acapulco y su región, fuera pasmosa y fatal la inmovilización de las autoridades de primera instancia, para luego ir reaccionando y –no con la rapidez que hubiéramos deseado todos– desplegando toda la fuerza del Estado (no puede negarse) y todo el empuje de una sociedad solidaria, donde muchos nos sumamos donando y llamamos al resto a hacerlo, sin haberse impedido el saqueo inicial por un vacío de poder. Saqueo no encaminado a paliar el hambre, a menos que alguien explique cómo se tragarían los infelices una pantalla, un móvil o un frigorífico.

La narrativa opositora ha medrado con la tragedia de una manera asaz miserable, mediocre a más no poder. Desde inventar historias falsas de bloqueos y condicionamientos para que la ayuda llegase a la ciudad afectada y su región, desmentida por tantos voluntarios que ingresaron sin ser coaccionados, hasta dirigentes políticos como quien encabeza al partido Acción Nacional, Marko Cortés, asegurando que el gobierno mexicano sabía de la magnitud del metéoro sin podernos explicar porqué se lo calló. Y luego dice que el gobierno no sabía nada y así nos fue. ¿Entonces? su extravío lo vuelve candidato al diván. Rezamos por su precaria salud mental. Ya lo perdimos, como a su cordura y su sensatez. Se vale ser opositor, pero no idiota. Su candidata presidencial, la estrambótica Xóchitl Gálvez, desde su cómodo escaño senatorial gimotea que a la gente no se la atiende, pero a ella no se la ha visto levantar ni un cristal en Acapulco. Esa politiquería ramplona dudo mucho que funcione para sí en las urnas en 2024. Acapulco clama por ayuda, no por el postureo y la chulería de ambos.

La narrativa opositora lucrando con la tragedia, va centrado en tres puntos, estacionada en la posverdad: a) que el presidente se atascó camino de Acapulco ante vías intransitables, callando que era imposible llegar por mar o aire y sin reparar, muy amañados, en sus posteriores acciones de ayuda: auxilio y despliegue de las Fuerzas Armadas, a los técnicos levantando 10 mil postes y luminarias de una ciudad en tinieblas, o la entrega de enseres domésticos, comida preparada y abrir puente aéreo o condonar impuestos por tres meses. B) que el gobierno sí sabía desde antes del huracán categoría 5 y no avisó, lo cual es mentira. La velocidad con la que cambió su naturaleza era imposible, repitámoslo, imposible preverla, evitar su transformación y que chocara con tierra. ¿Qué no se cree el número de muertos? Recuérdese que son los reportados al gobierno. Y quien tenga más cifras, que las divulgue y todos quedaremos más informados y sin atender rumores o lo que a algunos les gustaría oír para lucrar. C) que no hay fondos disponibles al eliminar el de Desastres. Los hay, no serán suficientes y los opositores actúan como si no se anunciaran o ejercieran. Mezquinos.

Tampoco se oye a la oposición al presidente, proponer algo interesante para el puerto. El gobierno federal ofrece cantidades, pero es verdad y eso debe quedarle claro a todos, que a los particulares de todos los niveles y alcances sociales será algo que les toque afrontar, en buena parte con un insuficiente capital para la reconstrucción de todo el puerto. Y todo el puerto, es todo el puerto. Esa es la gran tragedia de esto. Nadie se salvó. Incluida la infraestructura recién renovada con ingentes cantidades de dinero público, hoy destruida o seriamente dañada.

Centrándonos en las cifras que arroja el huracán Otis al golpear la costa mexicana, siendo el primero en su tipo en el océano Pacífico a hacerlo así y que no disminuyó su intensidad al aproximarse a ella, impactando en una zona densamente poblada, advierten el descomunal golpe que asestó y la gigantesca, titánica labor que significará la reconstrucción de Acapulco –que será viable en 5 años, dicen, 2 para la zona hotelera si bien nos va y en dinero, nadie se atreve a adelantar una cantidad certera– y, en todo caso, no son buenas noticias para una ciudad que depende casi enteramente del turismo. Y al país, espere usted también que esto sea un golpazo a su economía, que no necesitaba, sufriéndola un puerto que apenas levantaba cabeza después de la pandemia que lo semicerró.

Los estudios del Copernicus Emergency Management Services de la UE zonificando con imágenes satelitales al puerto, señalizando las partes más destruidas, arrojaron como balance de la huella de devastación dejada por Otis, que de las 4000 construcciones dañadas, –la mayoría de ellas eran viviendas– hay 1420 completamente destruidas, 2631 registran daños y hay 168 con afectaciones consideradas como menores. De entre tales, hay 3830 viviendas residenciales –apartamentos o casas– con estropicios y otras 275 mil viviendas con diversos daños; hay 254 hectáreas inundadas y 11 más con graduales o deslizamientos de tierra. Con daños hay 8 puentes y pasos elevados, afectados más 16 kilómetros de carretera, ya sea deterioradas o destruidas. Se computan 1438 hectáreas habitables que desaparecieron y entre el 80 y el 95 % de los hoteles sufrieron daños, atravesadas sus estructuras cual cuerpos por espadas por las ráfagas de vientos huracanados, sumando 600 de ellos. Solo el 10% cuenta con seguro amplio. Esto se traduce en 34 mil familias evacuadas a 631 refugios. Sume usted otras cantidades estratosféricamente macabras: 494 hectáreas afectadas en derredor del aeropuerto internacional de Acapulco, 59 hectáreas también de zonas deportivas, 4964 más, de bosques – selva baja caducifolia arrancada por la potencia brutal del huracán, tanto del anfiteatro como de la zona contigua a Acapulco– dejando una suerte de aspecto semidesértico donde, otrora, se alzaban paradisíacos palmerales y matorrales espesos y entrelazados, hoy mostrando paisajes yermos, desolados y arruinados, significando el 95 % de deforestación y un cúmulo de basura equivalente a dos años. Y las playas, erosionadas.

Todavía no terminamos: hay 541 hectáreas agrícolas estropeadas y 6 mil 200 más de urbanización, igual. Si detallamos, por su parte la Secretaría de Turismo local comunicó que hay destruidos de forma directa 248 hoteles, 321 restaurantes, 12 centros nocturnos, 43 bares y similares, 45 agencias de viajes, 2 parques acuáticos, 3 centros de convenciones, 9 empresas de transportes de turismo por tierra, 261 empresas de guías de turistas, 20 tiendas de artesanías registradas, 17 servicios recreativos, pudiendo añadir la destrucción de equipamiento urbano en cantidades colosales, catalogando 635 edificaciones de infraestructura sobre las costas, como destruidas, inutilizadas. La ciudad toda, parece bombardeada.

Por eso, resulta tan fastidiosa la timorata oposición, con sus burlas, sus tonos de fastidio ante la lentitud inevitable distribuyendo ayuda y llamando a no donar, por la dimensión del desastre evidente; callándose los millones que, robados por el PRI en Acapulco y en México, incluidos los del Fonden que orilló a eliminarlo por opaco, hoy ayudarían tanto a tantos. Lo menos que merecen esos opositores es un simple: mucho ayuda el que no estorba. Sí, son unos miserables y unos desgraciados con tanta mendacidad mostrada ante la tragedia. ¿Vivimos una transformación de cuarta? Cierto es que tenemos una oposición de quinta.