Opinión

España, S. XXI: Talavera de la Reina

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 31 de octubre de 2008
En un solar como el hispano, tan adensado de historia, pocos lugares superan en gravidez del pasado a la Plaza Mayor de Talavera. La grácil colegiata de Jiménez de Rada, el recio hospital de la Misericordia y el Ayuntamiento en que su regidor Fernando de Rojas entre visita y visita de reclamantes enhebrase la trama de una de las obras del corto catálogo de la inmortalidad literaria, conforman un espacio con muy escasos paralelos en Europa, hogar preferido de la perfección.

Conscientes de la responsabilidad que implica ser custodios de semejante herencia, los sucesores actuales del autor de La Celestina despliegan un ilusionado quehacer, en el que cultivo de las tradiciones es a la vez fermento de renovación. Con un equilibrio entre los representantes de los grandes partidos, su identidad de objetivos descubre una vez más –y afortunadamente- que la estéril crispación de nuestro Parlamento no se traslada a los ámbitos municipales caracterizados por el ahincado trabajo y compromiso con sus conciudadanos. En el haber de la corporación socialista que rige Talavera desde ha algún tiempo, figura como principal activo la conversión de la antigua Ebora en el foco esencial de la economía manchega a la fecha y en su segundo centro demográfico, tras la semi-murciana Albacete. Por todas las crujías de su armazón socio-material se desborda una savia creadora visualizada por el observador más superficial. A la espera de que ese AVE tan vagoroso en los despachos ministeriales como anhelado en las ciudades y pueblos de nuestro postrado oeste cobre perfiles de verosimilitud, la configuración de Talavera como piedra angular de La Mancha del siglo XXI se ofrece en el presente como un ejemplo alentador de desarrollo trepidante al paso que armónico. Junto a su llamativa e imperialista arquitectura reciente la geografía conventual y hospitalaria sí como, por supuesto, la propiamente eclesial conforman un paisaje urbano enriquecedor, lleno de fuerza y contraste.

Punto estratégico de primer orden –llave, en buena parte, de Toledo y Madrid desde el Sur-, muy cerca de los terrenos por los que hoy se verifica la expansión más importante de Talavera tuvo lugar ha doscientos años una de las seis o siete batallas más trascendentes de la guerra de la Independencia. Como es bien sabido, a finales de julio de 1809 dichos campos fueron el escenario del primer duelo verdaderamente internacional de la devastadora contienda. El que a raíz de ella fuese nombrado por el gabinete inglés duque de Wellington, al mando de un poderoso contingente luso-británico, se enfrentó en unión con las tropas españolas comandadas por el atrabiliario general Cuesta a un ejército dirigido nominalmente por el propio José I y, en la realidad, por sus los mariscales Victor y Jourdan. A lo largo de tres días de lucha sin cuartel, la pugna quedó sin vencedores ni vencidos, aunque la retirada de las fuerzas napoleónica abriría por un momento en el seno de la España “patriota” las mayores esperanzas de una segunda y definitiva reconquista de Madrid. No aconteció así, y el conflicto tardó un lustro en concluirse. Mas no por ello la batalla de Talavera dejó de contarse como un hecho de armas de capital importancia en la vertiente bélica y también en la político-diplomática de la contienda. A partir de ella nada fue igual en las relaciones hispano-británicas, sentando el “Duque de Hierro” las bases de su ascendiente incontestable sobre las autoridades fernandinas al mismo tiempo que las de su sólido prestigio militar en las filas francesas.

Pilotado por un joven intelectual, Jaime Olmedo, de bien merecido crédito en los ambientes académicos más exigentes, el Ayuntamiento talaverano –labor encomiable de D. Francisco Castaño, su principal gestor cultural- conmemora estas semanas tan decisiva efemérides de manera condigna a su relieve en nuestro inmediato pasado. En la barahúnda de celebraciones de igual índole que anega en la actualidad el solar hispano, dar noticia de un exvoto de la calidad del mencionado –rigor intelectual, austeridad presupuestaria, capacidad de convocatoria popular- resulta ser un acto de estricta justicia y bien entendido patriotismo.

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