Opinión

La vocación de ser poeta

TRIBUNA

Roberto Alifano | Lunes 13 de noviembre de 2023

Desde el momento que descubrió la poesía y aun se lo conocía por el nombre de nacimiento como Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, su principal consigna fue dedicarse a ella y escribirla. El entorno natural de Temuco, sus bosques, lagos, ríos, montañas y la belleza femenina lo cautivaron; allí, siendo estudiante, escribió gran parte de los textos que luego integraron Crepusculario, su primer libro, donde canta al paisaje y al amor de una muchacha:

Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste, como yo, nos mira.
Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.
Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.
Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día…

Se lo había distinguido con ese don celestial y entendió que lo más importante era consagrarse a la encantadora, subyugante disciplina de sus versos. Para completar los estudios, ya reconocido como poeta, se estableció en la ciudad de Santiago. Los conflictos con su padre ferroviario, que no admitía su vocación lírica, lo llevaron, en 1920, a firmar sus composiciones con el seudónimo de Pablo Neruda.​

Aunque nunca aclaró el origen de su nombre artístico, tampoco desmintió la conjetura que lo había determinado a escogerlo; es probable que en honor al escritor checo Jan Neruda,​ del cual habría leído un cuento que le causó una honda impresión. Sin embargo, la obra de aquel Neruda se publicó entre 1857 y 1883, y es poco probable que el joven haya tenido acceso a las traducciones de entonces. Debido a esto, otra teoría indica que su apodo está inspirado más bien en el protagonista de la novela Estudio en escarlata, de Arthur Conan Doyle, donde, en uno de los capítulos, el personaje Sherlock Holmes dice ir a escuchar el concierto de una famosa violinista, llamada Guillermina María Francisca Neruda, casada con el músico sueco Ludwig Norman, conociéndosela entonces como Wilma Norman-Neruda. Alguna vez indagué en esos nombres y, como buen lector de novelas policíacas, el poeta dejó flotando una duda.

En 1921, ya como Pablo Neruda, obtuvo el primer premio de la “Fiesta de la primavera” de la Federación de Estudiantes de Chile con un poema tan impetuosamente juvenil, que prefirió olvidarlo para siempre y confesó luego que se diluyó entre los versos de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Se conjetura que el poema “La canción de fiesta”,​ fue publicado posteriormente en la revista Juventud, donde quedó registrado, además, un comentario sobre Fervor de Buenos Aires, el primer libro de Jorge Luis Borges, con quien mantenía por esos años una fluida relación epistolar. Allí también publicó otro conmovedor poema dedicado a su madre:

Cuando nací mi madre se moría;
Madre, he llegado tarde para besarte
para que con tus manos me bendigas…

Lo cierto es que desde aquellos años Pablo nunca dejó un solo día de trabajar en sus versos. Cada mañana, cuando asomaba el sol y hasta el mediodía, en un desapercibido rincón de su casa de Isla Negra marmorizaba sus versos. Afirmaba Pablo que los sitios gratos a la vista no son los más propicios para escribir porque suelen distraer de las palabras; su pequeño escritorio daba de espaldas al mar; ese Océano Pacífico, siempre rugiente que el aedo, prefería escuchar con su rústico mensaje, íntimo e incesante. Acaso su exquisito oído musical trasmutaba en poesía el incesante decir de las olas que se estremecían sobre las piedras.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como pasto el rocío.
Es tan corto el amor y tan largo el olvido…

O aquella sonata, preciosamente musical, incluida en su Residencia en la Tierra, titulada “No hay olvido”:


Si me preguntáis en dónde he estado
debo decir “Sucede”.
Debo de hablar del suelo que oscurecen las piedras,
del río que durando se destruye:
no sé sino las cosas que los pájaros pierden,
el mar dejado atrás, o mi hermana llorando.
Por qué tantas regiones, por qué un día
se junta con un día? Por qué una negra noche
se acumula en la boca? Por qué muertos? (…)

Uno de los dones del que escribe estas líneas fue conocer a Pablo y haberlo frecuentado por un generoso tiempo. Recuerdo que una soleada mañana de otoño, mientras caminábamos a orillas del incesante y rotundo Mar del Pacífico, me confesó: “En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hace tanta falta”.

Fue así que otro día, cuando llegué a Isla Negra en una mañana de domingo muy ventosa, Pablo estaba enternecedoramente feliz en la playa acompañado por el pianista y compositor Acario Cotapos, otro de sus entrañables amigos y viejo compinche, remontando un barrilete (o volantín, como se dice en Chile), que ambos habían diseñado. Me sumé a ellos y disfruté de ese vuelo sublime donde los admirados artistas, recuperando sus épocas infantiles, disfrutaban a placer completo.

Recuerdo que se sumó después para saborear el exquisito caldillo de congrio, Volodia Teitelboim, hombre de confianza y amigo entrañable de Pablo; otro de los habituales visitantes de Isla Negra. A su lado estaba siempre Matilde Urrutia, su mujer, y Homero Arce, el secretario, que gozaba de esos encuentros donde el arte era la expresión que regía cada momento.

Escribir sobre Pablo Neruda en un lenguaje que no sea el de la pasión, es imposible para mí; además, sería indigno. Siendo fiel a sus consignas, agregaré que para este padre de poetas, los poderes de la palabra no eran distintos a los del amor y la pasión. Toda su obra, tanto o más que una busca de territorios psíquicos, meramente líricos o políticos, fue la reconquista de un paraíso perdido. Para el gran Neruda, el hombre, aun el envilecido por la compleja sociedad que nos abruma con sus disparates, es un ser maravilloso porque a veces puede ser poeta, y eso ya justifica su paso por la vida. Como creo, en alguna forma y con toda modestia, me justifica a mí al evocarlo ahora con genuina emoción.