Tras la reseña de Plegaria para pirómanos, entrevistamos en exclusiva a su autor, Eloy Tizón. Esta madrileño de 1964 ha escrito otros tres libros de cuentos (Técnicas de iluminación, Parpadeos y Velocidad de los jardines), tres novelas (Seda salvaje, Labia y La voz cantante), y el ensayo literario Herido leve. Treinta años de memoria lectora.
En su ensayo Herido leve leemos: «La distancia que media entre la literatura pre-moderna y la literatura moderna es la misma que media entre el escarabajo de Poe y el escarabajo de Kafka. Siendo el mismo insecto, no pueden ser más dispares. El primero es un objeto tornasolado y brillante, chapado en oro, lujoso. Samsa, en cambio, es un monstruo oxidado que cojea en los pasillos». Encuentro brillante e incisivo el diagnóstico. Pero siendo Edgar Allan Poe y Franz Kafka excepcionales escritores de narraciones breves, ¿resaltar ahora el escarabajo kafkiano no supondrá aparcar la tradición clásica de escribir cuentos (que abarca cumbres como las de Nikolái Gógol, Guy de Maupassant o Jorge Luis Borges)? ¿No sería beneficioso –y tranquilizador para el actual creador de relatos– propugnar, en un género tan abierto, la pacífica y, me atrevo a decir, enriquecedora coexistencia de los dos insectos?
Desde luego que sí. Estoy de acuerdo con su observación. No se trata de anteponer una estética a otra, sino de disfrutar y aprender de ambas. Sería ridículo por mi parte arrojar sospechas sobre obras de autores tan sobresalientes. Lo que sí creo que puede ser pertinente es contextualizar y entender que el relato, como los demás géneros literarios, es un organismo vivo, en perpetua mutación, con reglas que se reinventan y modifican a lo largo de los años, y que la tradición –que hay que conocer, estudiar y disfrutar– también está sometida al flujo del tiempo y a las tensiones del canon; a sucesivas miradas lectoras que pueden añadir nuevas capas de significados. Los dos escarabajos, el de Poe y el de Kafka, son primos hermanos.
Para usted, de los cuentos que se escriben a esta altura del siglo XXI «solo merecen la pena aquellos que tienden a ser excesivos, desabrochados y con algo de fiebre». Alejándose de la vieja aspiración de escribir relatos perfectos, manicurados y esféricos, en los que «nada sobra y nada falta», para sus propios cuentos cabe cualquier definición menos la de normales. A excepción de «El fango que suspira», donde el narrador combina segunda persona del singular, primera persona del plural y tercera persona, en los ocho relatos restantes de Plegaria para pirómanos la voz narradora opta por la primera persona (en «Mi vida entre caníbales» desdoblándose además en singular –yo– y plural –nosotros–). ¿Hasta qué punto cree que escribir relatos desde la primera persona colabora a la hora de subvertir las normas clásicas, a que el relato se desabroche y arriesgue con materiales menos convencionales?
Es una buena pregunta. Quizá la tercera persona sea la voz predominante en las narraciones infantiles, mitológicas y clásicas. El yo se impuso más tarde. Muchas novelas decimonónicas están dirigidas por ese director de orquesta invisible, que mueve todos los hilos y es capaz de introducirse hasta el fondo de la conciencia de los personajes para saber qué piensan, qué sienten y con qué sueñan, e incluso tener acceso a su más recóndita intimidad. «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados», leemos en el Evangelio según san Mateo. El narrador en primera persona, en cambio, no tiene un conocimiento tan exhaustivo. Abarca menos terreno. No lo sabe todo, duda, deja lagunas poco fiables en su historia y ese balbuceo me permite introducir un germen de vacilación que me atrae mucho. Esto hace que, de manera instintiva, tienda a escribir en primera o segunda persona antes que en tercera: sintiéndolo mucho, yo no cuento los cabellos de mis personajes.
Abunda la presencia de ese singular personaje suyo llamado Erizo en seis de los nueve relatos de Plegaria para pirómanos. En cuatro («Grafía», «Agudeza», «Ni siquiera monstruos» y «Cárpatos») narra él mismo sucesivos episodios de su vida. En dos («El fango que suspira» y «Anisópteros») asoma como referencia –más o menos extensa– durante historias contadas por otros. Tales apariciones, directas e indirectas, podrían ser consideradas como capítulos de una narración autobiográfica. Cuando un personaje como Erizo, en buena medida, aglomera un libro de relatos originando una (tan inevitable como moderada) polémica sobre si estamos ante una colección de cuentos o frente a una novela… ¿Cómo se lo toma Eloy Tizón? Este recurso de uno o varios personajes aglutinantes, dentro del fenómeno de renovación que propugna para el género, ¿debe ser asumido ya, durante la escritura, como algo interiorizado por el autor de cuentos?
El personaje de Erizo nació de forma natural, nada forzada, durante la fase temprana de escritura del libro. En mis primeros tanteos, empecé a escribir cuentos independientes, pero pronto me percaté de que aquella voz era muy similar, y adherida a la voz surgió el nombre y la figura de su portador: Erizo. Su presencia me permite hilvanar todas las historias (¿o casi todas?), por lo que creo que es pertinente hablar, más que de libro de cuentos, de ciclo de cuentos. Plegaria para pirómanos es, en efecto, un conjunto con voluntad unitaria, que bebe tanto de la novela en su ambición totalizadora como de la poesía a través de sus destellos de belleza. Ese terreno intermedio, tal vez resbaladizo, híbrido, propicio a la experimentación, es para mí el terreno ideal a la hora de escribir.
Yukio Mishima: «La literatura auténtica nos muestra con dureza y sin el menor eufemismo el horrible destino que pesa sobre el ser humano. Cuanto más alta es la calidad de la literatura, tanto mayor es la intensidad con que nos transmite la idea de que el ser humano está condenado». Encuentro que Plegaria para pirómanos es un libro tan bello como pesimista. Tras corromperse como escritor y guionista al tímido –y abandonado– Erizo aguarda un inesperado final. Ancianas muriendo; egos desatados impidiendo que el arte triunfe; infancias desdichadas; amores que no pervivieron; una cartografía de la soledad… son otros temas de este nuevo libro suyo. Al final de «Mi vida entre caníbales» leemos: «Poco a poco nos vamos vaciando, cada vez menos posesiones, más solas, de manera que al final no tienes nada, absolutamente nada, pero tienes el cuento». ¿Sobre las ruinas de la más absoluta indigencia siempre emergerá la consolación del arte?
Es una frase dura, pero creo que sí comparto su espíritu. El arte posee esa virtud única de servir de contrapeso a muchas amarguras vitales. Numerosas biografías de escritores son colecciones de desastres (la del propio Mishima es la prueba), y sin embargo, sobre esas cenizas, se eleva la dignidad y la belleza del canto. Si la vida fuese idílica, el arte probablemente nos sobraría. ¿Para qué crear, si ya somos felices? Bastaría con vivir, sin más. Y no es eso lo que nos ocurre. Existir no nos basta. Necesitamos algo más que la mera subsistencia. Escribir no nos protege de nada, no es un escudo ni un chaleco antibalas, pero sí añade estancias, agrega habitaciones, ilumina zonas oscuras del cuerpo y de la mente, nos permite compartir con los demás nuestras angustias, preocupaciones y esperanzas, lo cual, en definitiva, nos hace llevar una existencia más plenamente consciente y humana. Y eso ya es mucho.
Me han entusiasmado los nueve cuentos que conforman Plegaría para pirómanos, pero especialmente conmovido quedo con «Confirmación del susurro», relato desarrollado durante la estancia del cantautor Leonard Cohen en el Mount Baldy Zen Center, monasterio budista donde durante cinco años se dedicó a la meditación y que abandonó, ya ordenado monje zen. ¿Alguna coincidencia o vicisitud de tipo personal le han impulsado a la hora de prestar su voz narradora a Cohen?
Muchas gracias. Le agradezco el entusiasmo. Mi conexión con Cohen viene de antiguo, desde que en la adolescencia descubrí en la radio sus composiciones. Es difícil no sentirse conmovido ante esa voz de gruta y esa presencia categórica en el escenario. Tuve la suerte de verle, en su última gira, ya anciano, y su carisma seguía siendo impresionante. Todo el mito que le rodea, su vida en la isla griega de Hydra, sus espantadas y adicciones, su conexión con García Lorca y Granada, sus amores complicados con Marianne y muchas otras, hacen de su figura una silueta imborrable. Aunque menos conocidas, sus novelas también me parecen magistrales, especialmente El juego favorito, una especie de autobiografía lírica sobre sus inicios en Montreal. Todo, de alguna manera, me conduce siempre a Cohen. Permanece asentado en mi memoria emocional. Y creo que un hecho accidental me dio el último empujón que necesitaba para fantasear sobre él: sus retiros en el monasterio de Mount Baldy y el confinamiento que padecimos durante la pandemia. Ya sé que no tienen nada que ver uno con otro, las circunstancias son muy distintas, pero estar encerrado en casa me llevó a pensar en el paralelismo con otros encierros. Y ahí apareció él, con su elegancia un poco demodé, sus trajes y sus sombreros y su teclado Casio de mercadillo barato. Ya estaba en su mundo.
Eloy Tizón ha dejado escrito: «Hay una tipología de los cuentos de premio, que suelen ser piezas mañosas, hábilmente facturadas desde el punto de vista de la orfebrería literaria, con clara tendencia al efectismo y sin que falte la sorpresa final, con la pretensión de noquear al lector». Contra ese modelo de cuento vistoso, en el fondo académico y sobre todo inofensivo, ya caduco, se rebela usted. ¿Qué quedó del célebre gancho cortazariano a la mandíbula del lector de cuentos?
En mi opinión, no mucho. Y lo digo con respeto, que conste, pues Julio Cortázar fue uno de mis deslumbramientos juveniles y me siento en deuda con él. Muchos de sus cuentos, creo, todavía se mantienen frescos. Sin embargo, no sucede lo mismo con sus imitadores y plagiarios, que degradaron el cuento hasta una especie de formulismo algebraico aplicado con plantilla. Lo lamento, pero mi sensación es que ese paradigma de cuento cerrado, con sorpresa final incluida, que noqueaba al lector por su efectismo de barraca de feria, ya pasó y no va a volver. Quizá siga siendo premiado en certámenes locales, no tengo ni idea, pero ya tiene poco recorrido literario. Al llamado realismo sucio o minimalismo estadounidense de los años ochenta (Tobias Wolf, Richard Ford, Raymond Carver…) le debemos la revalorización chejoviana del cuento abierto y flotante, sumido en la indeterminación y la nada de las vidas contemporáneas. Sin duda es un modelo menos tranquilizador y vistoso que el otro, pero se adapta mejor al tiempo que vivimos y refleja de manera más honrada nuestras contradicciones, pesadillas y deseos. Por eso se ha impuesto y continúa vigente.