Opinión

La invención del norte

TRIBUNA

Óscar Díaz | Martes 14 de noviembre de 2023

El norte guarda un encanto especial: en España la gente suele querer irse a vivir a él y en geopolítica el norte global mantiene una situación de privilegio, pero ¿dónde está el norte? ¿Donde acaba el sur, tal vez donde hace frío o más bien donde observamos un determinado tipo de paisaje y/o paisanaje? ¿Quiénes son los nórdicos? ¿Rusia pertenece, por ejemplo, al norte, como se afirmaba antes del s. XIX, o ya no y la división ahora tiene que ver con el este y el oeste? Probablemente la respuesta sea «según se mire». En La invención del norte. Historia de un punto cardinal (Acantilado, 2023, con otra brillante traducción de José Aníbal Campos), Bernd Brunner aborda estas y otras cuestiones, y saca a relucir la entera cosmovisión que ha almacenado esa latitud simbólica.

Quizá para deshacer el nudo tengamos que centrarnos no en el lugar real, sino en el significado que el término nos despierta: «en adelante, deberíamos imaginar el ‘Norte’ siempre con comillas, como un concepto o un constructo relativamente flexible» (p. 18). El norte, entonces, puede decirse de muchas maneras, es un concepto relacional: igual que feo o grande siempre se afirman respecto de algo, el norte también, varía epocal y personalmente. De todos modos, la historia provee de suficientes elementos como para rastrear una constante, a saber, que de ese punto cardinal no podía venir nada bueno (el profeta Jeremías, Hildegarda de Bingen, etc.): hombres infernales, condiciones hostiles, monstruos, desgracias y el frío viento; y también tierras misteriosas, como Hiperbórea, la Atlántida o Frislandia. Incluso en ficciones, como Juego de Tronos, cabe observar esta parafernalia y el hálito contenido en la sentencia «el rey en el norte». Aunque los mapas aparejados al comercio ayudaron poco a poco a que esta imagen oscura se transformara en una representación más amable.

En ocasiones, el norte también se ha visto como un descanso del sur, así, por ejemplo, se manifestó Herder al leer la Edda, que permitía socavar la preeminencia de la mitología grecorromana con la alternativa de otro abanico de deidades, capaz de traer aire fresco y una renovación de los modelos literarios. En este último punto coincidía con escritoras como Madame de Staël, para quien la literatura del sur de Europa estaba embebida del modelo homérico frente a la sombra que el supuesto Ossian proyectaba sobre el norte, por lo que recuperar esa tradición nórdica para Francia podría suponer un cambio de rumbo en el pensamiento. Si bien es cierto que esta fiebre por lo nórdico no fue homogénea, y autores como Goethe no compartían tal entusiasmo. Aunque seguramente el momento estelar y que marcó el imaginario del norte fueron los vikingos, por los cuales se llegó a afirmar, como narra Brunner, que la reina de Inglaterra estaba emparentada con Odín o que la semilla de Ragnar Lodbrok vivía en la línea real de Hanover. Y, en general, se quería enlazar la historia cultural norteña a esa era vikinga que, sensu stricto, abarcó desde finales del s. VIII hasta bien entrado el s. XI.

En estas páginas uno entra y va poniéndose capas de varias pieles; se alista en largos y duros viajes por suelo danés, noruego, sueco o islandés; acompaña las migraciones de algunos de esos pueblos; comprende con Tácito o Heródoto; confronta el tenebroso discurso de las razas; se ciega con la dialéctica entre luz y oscuridad; sucumbe a las sagas y al genio de Snorri Sturlusson; descubre la apuesta por un Jesucristo nórdico y la diatriba contra su procedencia judía; localiza la apropiación nazi y fascista de estos tópicos; o recorre las basculaciones entre la romantización y el hygge. Bernd Brunner urde una trama de episodios e hitos histórico-culturales que traen a la claridad el mito de unas latitudes cerradas. Aquí hallarás todo lo que siempre quisiste saber sobre el norte y nunca te atreviste a preguntar.