Atraviesa la política española unas semanas decisivas. Se podría quizás comparar lo que nos está ocurriendo con la furiosa embestida de las olas producto de un rabioso temporal, se diría que remite éste cuando el agua se desvanece, dejando tras de sí unos charcos de blanca espuma; pero no es eso lo que ocurre, detrás de una llega otra ola, a veces más contundente que la anterior. Sólo el viento y la lluvia que nos golpea la cara y el cuerpo nos anuncian que la tormenta continúa azotando.
Al acuerdo que firmaba el PSOE con ERC, le siguió el suscrito con el prófugo, que ha contado con características tan singulares que ha enterrado en el olvido al anterior; y a éste, sólo 24 horas después, el suscrito con el PNV, que, ante la virulencia desatada sobre la opinión pública de unos y otros por el pacto de Bruselas, se diría como introducido de matute, como quien no quiere que se hable mucho de él, emparedado entre Waterloo y la amnistía, pero al cabo compuesto por buenas morcillas y chorizos de la matanza, las “txarri-bodas” que acostumbran hacerse por estas fechas de San Martín en los caseríos vascos.
El documento suscrito por el PSOE y el partido del prófugo que -aunque resulte amnistiado no dejará de tener esa condición, porque su ignominiosa evasión en el incómodo habitáculo del maletero de un coche no parece a estas alturas discutible- es un pacto principalmente político. Se plasman en él los acordes y desacuerdos -que diría Woody Allen-, muchos de los primeros de enorme gravedad, como lo es, fuera de toda duda, la admisión sin que se le formulen objeciones por el firmante socialista del relato victimista que forma parte de la épica soberanista desde antiguo. Sorprende, también -todo el documento constituye un permanente asombro- que el partido socialista se haya excluido él mismo de la ecuación de fuerzas políticas que votaron la aplicación del artículo 155, y que sólo resulte responsable del pretendido desaguisado el PP. Barrido por las urnas, tampoco resulta mencionado Ciudadanos, ya se ve que lo que se ha llevado el viento no es tampoco sujeto de la historia.
Contiene el papel firmado por el número tres del partido que dirige Sánchez la tutorización de un relator internacional que ya ha sido objeto de suficiente consideración por los comentaristas de los medios informativos. Un “acompañante” -a decir del ministro en funciones Bolaños- que si ya resulta una ignominia para la política española, que pasa así a formar parte del elenco de democracias fallidas o en construcción dificultosa de los países tercermundistas (recuérdese que en la transición española nadie solicitó desde la oposición o el gobierno semejante recurso), pero también una oprobiosa descalificación del llamado a ser investido, ya que los socios que emergen de la suscripción del compromiso no se han abstenido de calificarlo de mentiroso. No deja de resultar arbitrario que en esa mesa de negociación -relator incluido- sólo siete diputados puedan representar a la totalidad de los catalanes, cuando no llegan ni al 15% de los que envía esa región al Congreso, siendo así que el partido más votado allí fue el de los socialistas.
En cuanto a los desacuerdos se refiere, la lista merecerá riadas de comentarios -lo está haciendo ya-, pero forma parte del argumentario que el PSOE está manejando. Algo así como que “aquí no pasa nada”, que cuando llegue el momento de que se sienten a negociar -habrá que decidir de común acuerdo la figura del “acompañante”, y eso llevará su tiempo-, les contarán que, de autodeterminación nada, que más autonomía votada previamente por el Parlament; que del 100% de los impuestos tampoco, porque eso mismo se lo tendrían que conceder a las restantes Comunidades Autónomas, y que el Estado tendrá que pagar las pensiones y los asesores. Y en eso andarán, mareando la perdiz durante dos años, por lo menos.
A cambio de los nuevos episodios del juego del gato y el ratón -veremos cómo se van repartiendo los papeles del roedor y del felino en los diferentes momentos de la legislatura- recibirá Puigdemont, si los jueces no consiguen dificultarlo, la recompensa de la amnistía y la de todos sus “soldados” -un insulto adicional, éste contra el ejército español-, y el retorno triunfal del prófugo desde Waterloo para presentar su gloriosa candidatura al cargo que él pisoteara cumplidamente en su tiempo de President.
Y Sánchez recibirá una investidura y dos años seguros de Moncloa. Al menos dos, pues ya es de imaginar que al PNV le costará votar a Feijóo en una moción de censura -aunque las autonómicas vascas de 2023 quizás deparen nuevos compañeros políticos de cama-. Por otra parte, la sombra de Bruselas es alargada, y se cierne sobre España en los grises designios de la devolución de una parte significativa de los fondos recibidos, y de los ajustes por el exceso de déficit una deuda pública que cuesta más dinero, y unas pensiones que habrá que ordenar. En cuanto a la respuesta de la Comisión Europea al atropello de la amnistía, mejor no esperar nada: ahí sigue Hungría, y a los populistas polacos ha sido preciso ganarles las elecciones.
Pero el que, a la chita y callando, está poniendo una pica euskaldún en el corazón de España es el PNV. El pacto que ha suscrito con el PSOE es bastante más concreto que el de los independentistas catalanes. Su festejo de la matanza porcina estará bien aderezada con cerdos ibéricos de la mejor calidad -no es otra cosa el Concierto más el Cupo-, y la “cláusula foral” que consagra la bilateralidad de este nuevo Estado confederal que emerge de los acuerdos no creo que se la discuta el PP cuando le toque la vez.
Por todo lo dicho, convendrá que, a la vista del oleaje y del temporal, nos sujetemos con firmeza al espigón de nuestras convicciones y presentemos nuestro esfuerzo a los embates de la naturaleza desatada por este Poseidón que adquiere la forma de un político resistente. Pero no tanto como para llevarnos por delante. Espero.